30 de junio de 2006

EL JARDIN ENCANTADO


A Alberto Campuzano, mi compadre


Érase una vez un castillo hermoso donde vivían felices una pareja de enamorados. En los parajes llenos de verde que rodeaban al castillo había un pequeño jardín, cercado por un muro que tenía una puerta de madera. En el centro del jardín había una estructura que sostenía un columpio donde la dueña solía mecerse rodeada de flores dejándose encantar. Un día, ella resbaló del columpio y murió. Su esposo no pudo soportar su pérdida, clausuró el jardín y nunca más quiso que se abriera, trataba de olvidarlo. Su pena conjuró un hechizo provocando que el jardín se mantuviera como muerto al igual que él. Sus plantas pasaron años esperando una primavera que nunca llegaba y así transcurrieron las demás estaciones mientras los tallos se resistían por dentro. La sobrina del desdichado viudo llegó al castillo porque su madre la había abandonado, ella también estaba triste y su tío se ausentaba mucho, solamente regresaba al castillo cada invierno. La niña descubrió la llave de la puerta que daba al jardín clausurado, decidió que sería su secreto y lo cuidó con amor, sembró nuevas flores y puso todas sus esperanzas en la llegada de la siguiente primavera. El cielo comenzó a verter lluvias finalmente y las plantas del jardín volvieron a reverdecer llenándose de flores. Ella estaba a punto de dormir y deseó con todo su corazón que su tío regresara pronunciando las palabras mágicas– ¡Jardín encantado, tráelo de vuelta! El tío dormía en su otra residencia lejos de la niña y en sueños vio a su amada esposa sentada en el columpio mientras le decía– ¡Amor, estoy aquí en el jardín con la niña! Se levantó alterado, saltó de la cama y decidió volver de inmediato al castillo. La niña estaba sentada en el columpio, se mecía con fuerzas y reía. Su tío arribó al castillo en su carruaje y con gran curiosidad corrió hacia el jardín y entró, al ver lo que la niña había hecho, se enterneció. Ella había conseguido que el jardín volviera a sonreír, logró neutralizar el hechizo sin quitarle su encantamiento. Su tío corrió hacia ella y la abrazó, se abrazaron. El castillo recuperó las antiguas monotonías de la verdadera dicha y su amo adoptó a la niña. A partir de ese momento, el jardín encantado floreció cada primavera fruto de la magia que sólo posee el amor definitivo. Ya había olvidado cuando estuvo hechizado y sus flores bromeaban cantando Colorín Colorado, este cuento se ha acabado.


29 de mayo del 2005


LA CURA


Quería zafarse de todos sus males, pero sus órganos le cobraban facturas que lo podrían por dentro. Recordaba su pasado como se ve el álbum de fotos de un extraño. Ya no podía saber si su vida era suya o le pertenecía a ese frío juego de frascos sobre el buró. Las inútiles horas sobrevenían con apatía desde que su vida desentonaba entre una dosis y la siguiente. La enfermedad era su único problema, recapacitaba, sin ella sería nuevamente un hombre feliz. Todo cuanto le interesaba de su vida, había pasado a segundo plano y ahora sólo le urgía curarse. Cada uno de sus intentos parecían no moverle, es como cuando el otoño se detiene y las hojas ya no caen. La desesperación vivía a su lado, era lo único que no lo había abandonado hasta ahora. Su casa tenía un ambiente triste, su mujer se había ido, su perro se salió un buen día y no hizo nada por encontrarlo, las plantas en el jardín agonizaban igual que él. Arruga la cara con horror y lo invade el pánico. Mientras piensa en su enfermedad, sus brazos comienzan a transfigurarse, ya no los siente, se mueven hacia dentro, como un calcetín que muestra la otra cara. Alterado corre hacia el espejo quien no le reconoce, sale de su cuarto y con sus manos viradas trata de tocar su rostro. Su cuerpo se retuerce de dolor y él casi desmayado, consigue regresar al buró y quiere beber todos sus frascos. Se mortifica antes de conseguirlo y pierde la noción del tiempo, se precipita en una caída estrepitosa. Se despierta aturdido, no sabe cuanto tiempo ha pasado así, su cuerpo parece transformado, se siente mejor. Corre de nuevo al espejo, ahora con más fuerzas y ve su cara en el reflejo, era como un otro y entretanto era él. Interroga cada parte de su cara, busca la verdad, sólo consigue saberse el mismo hombre, pero sin sufrimientos. Sale a la calle y tira la puerta, decidido a hermanarse con el mundo, llega a la esquina y trata de alejar los pensamientos de siempre de su mente. Las ideas como en estampida, regresan y regresan. Ahora sabe que se ha curado y camina como cualquier hombre sobre la banqueta. Disfruta su paseo, su sonrisa alumbra su cara y la avenida. Siente que la vida le ha regalado una oportunidad de sentirse saludable, mueve sus brazos, brinca y corre, luego vuelve a brincar y no se cansa. Su nueva vida le abre muchas puertas y quiere saber cual decidirá tomar, finalmente la elección siempre conduce a una renuncia. Los castigos se han ido y la culpa retrocede frente a esta sensación alegre que ya casi había olvidado. Retorna gozoso a casa y de tanto pensar en su nuevo cuerpo, se agota un poco y se duerme. Amanece como si nada, como si este evento fuera automático y no hubiera que ordenárselo a nadie. ¿Qué hacer con todo el tiempo por delante, es como miles de páginas sin escritura, esperando la tinta ansiosamente? - se interroga insistente antes de mover sus pies fuera de la cama. Esta sensación de historia a punto de comenzar le produce agotamiento y se mete en él. Comienza a incomodarse de estar abatido y del lienzo en blanco que es su vida. La casa sigue igual, nadie ha regresado y sigue solo. Ahora ya no le duele el cuerpo, le duelen los espacios vacantes y las cosas regadas por la habitación, las cosas de siempre, sus cosas. El otro lado de la cama lo mira con ojos iracundos, como quien reclama ser invisible. Se enreda en las sábanas que no lo dejan huir. Se exaspera y la respiración le golpea en el pecho. Desespera y su cuerpo le responde. Corre por toda la casa advirtiendo una amenaza recurrente y trata de evadir el espejo que lo investiga de lejos. Mientras, sus brazos se encorvan.

28/02/05


EL POZO



A mi familia de México: mis amigos
A Javier Castellanos


Estaba dentro de un pozo oscuro en un país ajeno, tenía paredes babosas y muy erguidas. Al principio pensé que era la única criatura que habitaba ese pozo, pero poco a poco fui familiarizándome con sus moradores. Había animales de muchos sitios, unos venían de muy lejos, otros de cerca y algunos habían nacido allí. Yo quería saber que pasaba con su situación metidos en ese pozo, porque yo no estaba muy feliz y me sentía atrapada. Comencé a conocerlos y realizar una pequeña encuesta de opiniones, que de antemano sabía que resultaría incómoda para ellos. Lo sabía porque a nadie le gusta el exilio.

Al primero que conocí fue al cara de niño, era un ser diminuto y oriundo del lugar, pero tenía un problema, producía fobias en los otros. En su vida anterior fuera del pozo, vivía con miedo porque no quería decepcionar a los demás, por fuera aparentaba una gran seguridad disfrazada de intelecto, pero por dentro los miedos lo paralizaban. Estaba contrariado porque quería ser un bicho lúcido, pero la gente lo tomaba por irresponsable, impuntual y algo apático. Su vida transcurrió así mucho tiempo, hasta que sintió que no podía remediar lo que le pasaba y que lo mejor que podía hacer era ausentarse y vivir en el exilio, en el pozo. Todos los que llegan a ese pozo se creen solos como yo, poco a poco se reconocen acompañados en sus circunstancias y hasta escuchan chismes de otros animales que han podido salir, eso los anima. Eso sí, hay compañías que inspiran y otras que derrotan.

Mi segunda entrevistada fue una mariposa que insólitamente vivía en su tercera crisálida dentro del pozo, a todos le gustaba su compañía porque retozaba, jugaba y hacía reír, pero luego de un rato se ponía demandante y egoísta, quería la atención de todos y sentía una necesidad casi humana de cuidados, en fin no había asumido que ya podía volar, ¿cuántas crisálidas le harían falta a la pobre para entenderlo? Yo estuve muchos años unida con un cordón a su crisálida y como ella precisaba cuidados y yo necesitaba darlos, permanecimos unidas por mucho tiempo. Ya no estamos unidas, se mudó a otro lado del pozo y no la extraño, la verdad.

El tercer entrevistado fue el buen camaleón, creativo y nervioso, era de estos reptiles que o los amas o los odias. Usaba su carisma y su mimetismo para agradar a la gente, le gustaba ser gustado, pero se sentía frágil y se metía en muchos aprietos, siempre contaba sus penurias, quizás para ser oído o quizás para espantar su inestabilidad.

También había una saltamontes que me impresionaba entraba y salía a rebotes del gran hoyo, a veces nos acompañaba un rato, vivía allí por unos días, pero siempre lograba salir, decía que tenía afuera motivaciones muy fuertes y lo creo. Un buen día, ya no regresó más, era vivaracha y ocurrente, me gustaba su compañía y la recuerdo con cariño.

Ella me recuerda la quinta audiencia, fue con la mantis religiosa, ser curioso de patas largas, de aspecto frágil e ingenuo. Siempre con una actitud desvalida acompañada de una gran sonrisa. Vivía en el pozo, pero algo en ella la hacía pensar que estaba afuera, nunca entendí, lo único que sé es que sigue ahí y aún sonríe. Su sonrisa es amenazante para mí, me recuerda que se puede nadar en las orillas y en la superficie sin conocer las profundidades, algo que hice muy bien en mi tierra natal.

Un mosquito siempre estaba girando en el aire, parecía mareado, esperé que se estacionara cerca de mí, para interrogarlo. Me decía que ya no quería vivir en el pozo, pero no sabía como salir, extrañaba la buena sangre y tenía tiempo conformándose con la sangre de una chinche que sabía muy mal. Lo animé a volar hacia la luz, porque en lo más alto del pozo siempre veíamos amanecer y atardecer.

Me enteré que el viejo cigarrón se fue del pozo porque se cansó de estar en el exilio, dicen que se devolvió a su granja y que está muy feliz.

Así pasé de entrevista en entrevista, de cara en cara, trataba de no ver a las cucarachas y a las moscas, a ellas no quería interrogarlas, pero estaban ahí siempre criticando y ruidosas.

Al fondo del pozo, pero no por eso menos importante, estaba un gran coco, era un ser que estaba y no estaba, era como un fantasma de coco, sufría mucho y por eso tenía una cara larga y seria. Creo que estaba y no estaba porque yo a veces lo podía ver y a veces no. Quizás a todos los demás bichos les pasaba lo mismo, pero nunca les pregunté si lo veían. Antes de llegar al pozo lo vi muchas veces y trataba de alejarme, estaba abrazado a una ranita roja, creo que ella ahora no está porque logró zafarse y ahora juguetea en una selva verde muy verde.

A medida que avanzaba en mis entrevistas me quedó muy claro que del territorio de origen no depende el lugar donde se decide habitar, finalmente en el pozo convivían diferentes gentilicios y conflictos.

Quería comunicarme con el buen cigarrón o con la saltamontes alegre y decirles que hicieron para poder salir de aquí. Grité para ver si me escuchaban, pero parecía que no me oían. Decidí que si yo era una araña patona podía tejer una fuerte tela que me sirviera de trampolín, así lo hice, luego de mucho pensarlo, lo confieso, ¿quién me asegura que no caería en otro hoyo? Sentía tristeza porque dejaría en el pozo a muchos habitantes, incluso al cara de niño, a quien nunca le tuve fobia. Recuerdo que corrí a decirle que no me daba miedo y que si quería saltar conmigo tendría que ayudarme con mi trampolín, hace tiempo no tejía nada y se me había olvidado. Él venció su desconfianza y quiso que nos ayudáramos. La verdad entre dos es más sencillo, nos tardamos dos días, y quedó tan bien, para qué describirlo, sólo puedo decirles que saltamos duro y que no caíamos en ningún otro pozo, ahora somos seres libres. Yo me dedicó a tejer lindas telarañas y a disfrutarlo y el cara de niño vive en un jardín hermoso y ha logrado ser un bicho más seguro, trabajador y sonriente, justo lo que quería.

Como dicen: “uno es más feliz mientras más se parece a lo que quiere de sí mismo”.

3/02/05
Imagen en contexto original

EL JUICIO FINAL



Al entrar en casa, veía donde estaba cada cosa con ojos de estratega, registraba en mi memoria las diferentes posiciones de los objetos; luego miraba hacia adentro de mi cuerpo y verificaba, con el mismo frenesí, donde se ubicaba cada situación acontecida. Me sentía como mi propio oficial en jefe, revisaba las coordenadas del enemigo, tenía mi dedo sobre el botón y me preparaba a lanzar mi creación mortal, una bomba súper justificada que podría destruirlo todo, si yo quería. Siempre me detenía un minuto antes de apretarlo, descansaba mi dedo índice al lado del botón y allí siempre lo dejaba, como aguardando que las relaciones bilaterales se rompieran y lograra apretarlo primero que el enemigo. Soñaba con ese momento, la voz del enemigo destruido estallaba en mi cabeza diciendo: ¡me venciste! Ese procedimiento cotidiano me daba confianza, le otorgaba un matiz digno de alabanza a ese mundo traicionero donde había decidido residir.

Con el paso del tiempo, la casa donde habitaba se fue ampliando y para no sentir que se me escapaba de las manos, apliqué la misma maniobra de siempre, orden y control; en fin, reglas muy rígidas, el único mecanismo que “mete en cintura” a la gente, a la vida... al enemigo. Acaparé y ordené una pila de amigos, parejas, trabajos, proyectos, todo y cada uno de los aspectos y personas descansaban de manera prescrita sobre mi escritorio, muy bien señaladas y en espera de una nueva revisión. Cada pila representaba un ámbito dictaminado con mucha sutileza, nunca me permitía mezclar asuntos, todo ese orden tenía una razón específica evitar que las tareas ejecutadas o por formalizar se alocaran y pudieran volverse peligrosas, arrogantes e irrealizables. El orden sacaba de mi mente la idea del fracaso, la mantenía distante, ajena, así podía contemplar de lejos algo que nunca me pasaría: un desastre natural de consecuencias devastadoras para el alma. Había vivido hace mucho un gran cataclismo, las fuerzas de la madre tierra se habían ensañado contra mí y de manera irremediable habían dejado mi espíritu lleno de gritos, dolores, gente desaparecida, niños llorosos y muchos escombros.

Sin lugar a dudas, la aprensión es materia superior, así dicen en estos tiempos, todo es mejor si se previene, bien hacen mostrando por los periódicos que “guerra avisada no mata soldados”. Cuando tenía muchas cosas que resolver, le dedicaba un tiempo específico a cada pila, hoy me toca platicar con tal amigo y al minuto posterior lo llamaba; al día siguiente, veía la pila contigua a la anterior, hoy voy con ésta, me decía, veía que se trataba de una tarea de la universidad y la hacía. Mi actividad alrededor de las referidas pilas tenía una cadencia, un ritmo premeditado muy cautivador. Su manipulación me inducía una gran fascinación, porque al vivir en un presente controlado podía asegurarme a mí misma que el futuro arribaría sin ninguna máscara.


Durante años, las horas pasaron con un control extraordinario maniobrado por mí y sólo por mí, hasta que apareció el amor. El primer amor llegó sin aviso, apretaba duro mi dedo índice y, con ese gesto que no guardaba secretos, cautivó cada centímetro de mi piel haciéndome sentir un poco desorientada, ¡vaya qué plan! me dije. Todo parecía diferente y de momento habitaba en una casa tomada, los objetos anteriormente ordenados, emprendieron una resistencia desreglamentándose de una manera casi escandalosa, mientras gritaban alocados ¡chin pún! ¡chin pún! Yo no supe ni qué pensar al principio, quería que todo se quedara como estaba, pero despacito, despacito, el desbarajuste tomó visos amorosos y hasta me empezó a gustar. Algo aterrorizada confieso, solventé la desorganización arremetiendo contra aquellas pilas ordenadas sobre el escritorio, me dispuse a mantenerlas cautivas en el despacho, las dejé encerradas y a salvo de los nuevos contratiempos que trajo aquel amor.

Los años siguieron llegando y mi existencia se mantuvo escindida, la casa y el despacho, el despacho y la casa, nunca, nunca, la casa-despecho. Un buen día, me harté de ver la puerta del despacho que mantenía la risa de un lado y la tristeza del otro, como si esas emociones fueran expresiones de dos rostros ajenos a mi persona. Renuncié, deserté en medio de aquella batalla de bandos contrarios y me fui a buscar una casa nueva y otra vida, no sin antes asegurarme de que aquel amor se mantendría innegable, distante pero innegable. Ese amor me regocijó a la distancia porque ya no podía controlarlo.

Cuando por fin encontré otra casa que ordenar y ya había colocado mi fabuloso botoncito detonante, apareció el segundo y último amor; ¡uy! ni me dio tiempo de descanso. Se repitió el mismo mecanismo: aparición repentina, advertencia de ataque y estrategia defensiva. Esta vez sucedieron algunas maniobras diferentes; luego de la despedida no subsistió ningún sentimiento afectuoso, debido a un precedente que fue muy determinante: ¡el segundo amor sí tenía secretos! De manera vertiginosa, se convirtió en un enemigo íntimo y mi defensa se incrementó; comencé a arreglarlo todo de manera más obsesiva y era capaz de percibir hasta el mínimo cambio en las coordenadas cotidianas de los objetos y las emociones. Era tan asertiva al señalarle cada desacato a las reglas, siempre conseguía que se cumplieran y las cosas no se salieran del riel.

Poco a poco, el segundo amor emprendió la retirada y se metió en una pequeña trinchera dentro de mi casa, estaba blindado hasta los dientes. Entendí con el tiempo que nunca atacaría ni saldría de allí; mi táctica de guerra estaba bien instituida y finalmente yo iba ganando... La trinchera empezó a desdibujarse dentro de mi casa y la verdad ni supe dónde quedó. Me confié. Un día fatal, cuando estaba casi a punto de entrar en el baño, divisé un objeto extraño, rojo y brillante sobre mi escritorio, sí mi escritorio...entré en cólera porque había bajado la guardia y, justo en mis narices, se estaba llevando a cabo una sublevación. Me agazapé en el baño, pensé en la manera de salir victoriosa de tal situación. Hice recuento de mis armas y me di cuenta que en el baño no había ni una solita arma escondida, craso error. Arrebatada por la ira, descubrí que tenía mi boca y mi lengua, las palabras mortales podían abrirse paso entre mis dientes y convertirse en armas blancas. Me alegré y planeé a puerta cerrada todo lo que diría. Al otro lado de la maciza puerta, estaba el segundo amor, insurrecto, independiente y amenazante, hasta podía imaginarme su pérfida risita. Transcurrió un instante así, tenso, como sin circulación de aire. Creo que hasta se detuvo mi respiración y de pronto, ¡pin poj! me cayó la puerta encima sin ninguna ordenanza preestablecida, sólo apachurró el baño entero y me desnucó.

El segundo amor se emancipó, rompió las cadenas que lo ataban dentro de aquella trinchera, decidió pelear por su libertad y se adueñó de toda mi casa, ahora su casa. Yo llegué a mi nuevo hogar, acá nada del entorno es “organizable”. No puedes tocar las cosas porque te queman, las normas vienen de “Abajo” y no puedes dejar de cumplirlas, porque si lo haces, te castigan horrendamente. Cuando habitas en este lugar sólo tienes tu cuerpo, porque el alma ya no te pertenece. Yo siempre aborrecí las caras desorganizadas y con partes faltantes, me parecían feas, eso lo conocía de antemano el miserable viejo que me trajo acá cuando me mató el amor.

Ya lo sabrán ustedes, pero igual les explico: ¡más sabe el Diablo por viejo que por Diablo! El maldito, me amenazó con chamuscarme las pestañas si no seguía sus políticas internas, así que dadas las intimidaciones no discutí, no peleé por un espacio para mis confiables pilas ni para mi escritorio. Me he portado como el Diablo exige, soy una triunfadora y mi cara, al menos, seguirá siendo ordenadamente mía por los siglos de los siglos, Amén.

20 de junio del 2005


SOBRE CIEGOS FELICES


La cándida niña, la de mi ojo derecho. Se me figura desorientada, a punto de cometer una locura. Quiero aconsejarla, alejarla del dolor que tu mirada infringe. Quiero desamarrarla, borrarle el recuerdo de tu cara jubilosa la noche de la luna. No se deja, es como una adolescente precoz que se entrega apasionada y quiere verte y verte. Tal vez ella haga lo que quiera y yo no pueda controlarla, tal vez quiera saltar fuera del ojo e irse contigo a pesar de tu verme, de tu verme empapado en dudas. Me quedaré sin mi niña, se quedará mi ojo derecho vacío y con fondo negro, mientras ella lejos de mi cuerpo trata de convencerse que tu mirada si la mira con amor, que tu mirada la contiene. Tal vez lo logre y te enamores, y cuando eso pase yo sienta que me perdí a la niña y a tu mirada, pero no pretendo seguir viendo con ambos ojos una amor inexistente, si ella quiere que se largue, que luche, ese es su problema, yo prefiero ser tuerta feliz que una visionaria optimista y hippie.

La niña se ha ido, ya se fue contigo y de vez en cuando me escribe, dice que ya la miras, que de vez en cuando tu ternura sale por tu ojo izquierdo. Tal vez la niña de tu ojo izquierdo venga hasta mí y no me encuentre, tú me robaste la mía y dejaré que la tuya siempre siga buscándome y así se quede sin encontrarme, quedarás tuerto como yo, seremos tuertos felices. Mi niña ya no está y la tuya me busca, mientras tanto aprendo a leer con mi niña izquierda que espero nunca encuentre el amor. Porque si es así y mi niña izquierda se enamora y se va también tendré que convencerme finalmente que el amor es ciego porque yo estaré ciega por culpa del amor, por tu culpa y la de las niñas persistentes. ¡Vaya ironía!

Se despide, la ciega feliz


Jardines de Luxemburgo

Siento que la vereda se acaba, los pasos certeros comenzaron a pasearse por el fango ansioso y pesado del misterio. ¿Quién podrá imaginarse el angustioso final?, quién lo escribe sino tu pesadez y tu desgano. No es que sea pesadilla, pero puede ser un sueño inquieto de esos confusos y desvalidos. No me desorienta, sigo con el rumbo de esta noche, de lo vivido, de lo que me falta. Sigue la plaza abatida de pisadas, la gente continúa andando y yo detrás. Hoy pesaba la soledad, hoy se confundía, pasaba de actriz a escenografía, y yo en primer plano entraba en mutis sin irme. Hoy pesaban las bancas repletas de parejas, la alegría de las caras y las flores, de los jardines. Te extrañé, extrañaba la parte tuya que me acompaña sin tu permiso, la risa tan tuya que prende de la mía, las partes tan nuestras que se contagian. Siento que se muere mi espera, que se acerca el día de sellar sin palabras, del adiós silente y nauseabundo. Hoy te quería cercano, te deseaba sonriente y pegado a mí. Hoy te extrañé, miserablemente te extrañé, en la riqueza de miseria que me arropa cuando no te veo. A qué carajo, mi tristeza. Quería que te quedaras conmigo, si soñaba, pero como en toda realidad construida oníricamente, llegó el momento que más trasciende, el despertarse. Desperté sin tu compañía, desperté cuando el parque se hacía inmenso y yo sólo quería desaparecer. Desperté, me desperté.

Paris, abril 2002


Xochimilco





A Gregory Pereira


Era Xochimilco, hace unas horas, yo miraba el cielo e irremediablemente te recordé. Había allí, un cúmulo algodonado que cubría - con tropiezos - la desnudez de la luna, igual no importa: se veían sus partes, las de sus vergüenzas. Yo pensaba en lo insignificante que somos de tamaño, y en la parte irónica, me sacudía lo grande de nuestros miedos, angustias y tristezas. Como pueden caber todas esas vainas en semejantes cuerpecitos. Yo mejor diría que la luna me mira, siempre allí a paso de almanaque, sólo es Ella, no espera nada, sólo mira. Hoy me entrego al nombre, Selene, la luna, no importa, cómo le decimos, quién sabe como se llama, pero eso no importa, sólo mira, me mira y a ti. Vuelvo a tu pensamiento, el mío que te tiene y te resume, y subyuga y a mí. Lo que no me trajo el amor, hoy me lo regala Ella. Lo devela si las nubes se lo permiten. Hoy, me digo: no te extrañaré, si puedo verla a cada tanto y recordarte y algodonarme. Me decido, me algodono, elijo, me detengo en lo que siento. Te siento. Pasará Ella, Ellas y el tiempo, su vasallo. Mi cuerpo decide y te espera, ojalá algún día quién sabe con qué excusa ni cómo ni dónde, la veas, a la Luna, y elijas agasajarte y algodonarte y recordarme.

DF, 22 junio 2002


LA SONRISA DEL ARRIBA DE MI ARRIBA


¿Qué es lo que ha salido de mí esta vez, qué es lo que se queda, qué se está hinchando o muriendo, si es que ya no ha muerto? Me cuesta vivir sobre este nuevo cuello, es un cuello que no me sostiene, plástico, artificial, mullido con el confort moderno que quiere agradar pero arremete sin decencia. ¿De qué se tratan las acciones de este nuevo año de mí, de qué se quieren aprovechar de mí, salvar de mí, apartarme de mí?

Soy una sonrisa mórbida a lo alto de este cuello infértil, estoy allí como sostenida a medias como semi-muerta, será que ya me gasté, me reí demasiado, vi lenguas ajenas, calles nuevas, mostré los dientes a extraños y cuando me dije, ya es la hora de la carcajada, comencé a descontar mis piezas: pérdidas peri-mortem. Así estuve un rato como alicaída, sin razones, hasta que una sola acción (la desagradable) me rompió la cara, más abajo el cuello y la espalda, me rompió en la base que me sostiene, me dejó muriendo realmente y me busqué otro cuello, un nuevo cuello. ¿Para qué llegó? ¿Qué me delataba que cuando me reía en serio parecía de mentira?

Entonces allí, en ese espacio breve en que dudé, cayeron las comisuras a cada lado, se delató la herida, se vio la prótesis que articulaba mi existencia, me deshice y devine en falsedad y así se reiteraron la desgracia, los accidentes y la melancolía (me le antojé al fantoche, apareció el arlequín que nunca divierte a la reina).

(Sigo en esta silla sin respaldar, ¿no notan que las sonrisas en cuellos falsos lo necesitan: "respaldar"? No es cosa fácil saberse en cuerpo herido, inestable, vulnerable. Todas las personas se mueven amenazantes, los objetos parecen en posición de ataque).

En este nuevo cuello, me desgasto desde lo alto. Quizás cuando me lo quiten me caigo hacia un lado, hacia el hombro derecho, hacia el izquierdo, adelante, atrás, sin desprenderme del todo como una fruta que se abraza al árbol esperando la piel roja que antecede a la caída. Quizás cuando se vaya este cuello, me lo quite, me sostengo alegre de nuevo por un rato, recupero los dientes en un nuevo cuello, su destello, para que en un segundo, otro segundo, sobrevenga otro aviso de muerte o casi muerte. Quizás recupero lo que nunca he tenido un cuerpo firme, con soltura, seguro, uno que me muestre orgulloso a lo alto, en el arriba del arriba de sus demás partes.

Sigo en este nuevo cuello, lo habito y él a mí, sólo me detuve, morí de nuevo una vez más, pronto se irá y ya veré si mi nuevo cuello, el que sigue al nuevo cuello y al de antes de él, es el cuello: EL CUELLO CON MAYÚSCULAS.

El que siempre deseo que llegue (para eso no hay nota de anticipación, sólo se tiene, llega, cuando se construye).

Aeropuerto de Düsseldorf, Alemania
27/01/06 4:45 p.m.


Manías de Gato


“He venido hasta esta edad
sólo para descubrir
que no soy quién soy...
...que la máscara me sobra
por todos los rincones”
Freddy Fernández


El tigre ignora sus garras
perdió fiereza
mientras peleaba
con los barrotes

Hace mucho
un maestro de circo
lo volvió adicto a su jaula
a la caja de arena

Hoy se disfraza
con los maullidos fingidos
que le sobran
a sus rayas

3.08.05


(De un tigre dormido a otro que se le parece)