8 de julio de 2006

Agosto


Los años de la familia transcurrían entre eventos católicos finamente programados y las vacaciones eran los únicos momentos de autonomía para los más jóvenes. A Paula le parecían payasadas toda esa rezadera y penitencias, la hostia sagrada y el bla bla bla religioso; sólo le interesaba la llegada del mes de agosto cada año. Sus padres le daban permiso para ir a la casa de su abuela en la playa. Había dispuesto un cuarto para Paula por la parte de atrás de la cocina, así le podía dar una estancia independiente a su nieta en plena pubertad.
Ella tenía quince años ese verano, ya gozaba de un cuerpo voluptuoso para gusto de los hombres que la miraban continuamente. Era virgen, pero quería dejar de serlo: todas sus amigas ya lo habían hecho menos ella. Su piel le pedía algo, pero tenía miedo de la petición y de sus consecuencias.
Las familias de Caracas venían cada año por la temporada de verano, el pueblo se llenaba de jóvenes. Todas las noches acostumbraban reunirse en el gran malecón a la orilla del mar, acudían con ropa bien ligera o traje de baño, estacionaban sus coches, ponían música a todo volumen y se tomaban muchos, muchos tragos.
A Paula le encantaba su grupo de amigos incondicionales durante la temporada, lo había construido con esfuerzo durante muchos años y se vanagloriaba de tenerlo. Se jactaba también de la relación con Simón, su novio clandestino; sus padres lo rechazaban porque decían que era una mala influencia para ella, aún así le gustaba y estaba muy enamorada.
Esta joven pareja hacía su agosto, porque sólo entonces podría decirse que era su mes, y alimentaba su enamoramiento en esos treinta días. Verse a menudo hubiera sido genial, Paula quería florecer el resto de los meses junto a él pero sus padres les temían a las relaciones antes del matrimonio y ella mucho más.
Aquella noche Paula y Simón hicieron lo mismo que todas las anteriores, bajaron al malecón caminaban abrazados uno detrás del otro como suelen hacer los adolescentes. Se alejaron de su grupo mientras sonaba una canción de moda y corearon: “yo lo que quiero es ponerte a ti...yo lo que quiero es ponerte a ti, en cuatro, en cuatro”, se rieron juntos y Paula bajó la mirada. Caminaron por la orilla de la playa para ver las estrellas sin las luces de los coches, se quitaron las sandalias para sentir la arena en los pies y Simón las sujetaba con su mano derecha porque en la otra retenía la mano de Paula. Acostados en la arena se abrazaron con ternura, Simón decía algo de la forma que hacían las estrellas al juntarse con una línea, las veía difusas por los efectos de la marihuana. Paula escuchaba el rugido del mar sin prestarle mucha atención al cielo y sin enterarse de que Simón estaba drogado. Distraídos, ensimismados cada uno en su asunto, no se fijaron que se acercaban dos policías caminando por la arena. Notaron su presencia cuando sintieron el linternazo en sus caras y la orden enérgica:
–¡Jóvenes, identificación!
–Nunca se lleva identificación a la playa en las noches, señor oficial, y menos cuando la casa está casi en frente –les dijo Simón a los policías, riéndose como loco –no estamos haciendo nada malo, sólo viendo las estrellas.
Paula abrazó a Simón, nunca le habían gustado los policías, si existía un policía honesto en un millón era porque la vida creaba exageraciones de manera natural.
Los policías se molestaron por la risa burlona de Simón, a Paula le pareció que ya lo conocían, pero se dijo –¡No, no es posible!–. Dijeron algo sobre actos inmorales en espacios públicos y se los llevaron detenidos; caminaron custodiados hasta un cuartel pequeño que se encontraba al final de la bahía. Su grupo estaba al otro extremo del malecón y les impidieron avisarle. A Simón lo encerraron en una pequeña celda, uno de los policías se despidió sonriente de su compañero y se fue caminando tranquilo por el malecón. El policía que se quedó con Paula le había hecho un gesto de “ya vete” al otro, un minuto antes de que se marchara, devolviéndole la sonrisa.
En el cuartel había dos espacios separados por una gruesa pared, la celda donde estaba Simón y la pequeña oficina, en la cual el policía le ordenó a Paula que se sentara en la silla frente a su escritorio; la alejó de su novio y ella sintió que uno de sus párpados adquirió autonomía, le temblaba solo.
El policía no le quitó la mirada de encima mientras se acomodó en la silla del otro lado del escritorio: un rey hizo posesión de su merecido trono. Se dirigió a Paula con un tono culpabilizante que le recordó su ambiente familiar:
–Lo que hicieron estuvo muuuuy mal, muy mal... ahora tienes que portarte bien.
Paula se mordió el labio sin querer y se sacó sangre. El policía agregó:
–Tienes la manera de que esta noche termine de la mejor forma posible... –seguía sonriendo mientras hablaba, alternaba risa y palabra –¿quieres eso, no, que ya termine?
–Pero si nosotros no hicimos nada, señor oficial, sólo veíamos las estrellas.
Los poros de su piel comenzaron a sudar incontrolablemente, el policía le ordenaba quitarse la camisa para revisar si tenía drogas escondidas en alguna parte.
–No puedo quitármela –le dijo angustiada al policía –¡Abajo sólo cargo traje de baño, señor!–. Su novio le había prestado una de sus camisas mangas largas y había acudido así al malecón.
El oficial tenía una pistola, su uniforme lucía desgastado y la panza se le desbordada fuera del cinturón. Uno de sus ojos estaba todo negro, le faltaba la parte blanca, le había tocado un policía tuerto. De nuevo, afirmaba que sus exageraciones no eran de ella, sino que eran caprichos de la vida.
–Un policía tuerto, hazme el favor –se repetía en su cabeza.
–Mira niña, mejor es que colabores, no vaya a ser que se te dañe la noche más de lo que está –añadió el policía –la pasabas bien con tu novio hace un rato, por qué no arreglamos este problema. Mira, él está encerrado y no saldrán de aquí hasta la mañana, tenemos tiempo.
Paula comenzó a hablar sin parar ni un segundo, de cuando en cuando el policía le decía –cállate, hablas mucho– pero seguía... su boca hablaba sola y ella no podía mantener el mando de la situación. Ya no podía dejar de hacerlo, hablaba y hablaba. De repente le entró la conciencia de su boca y la controló, comenzó a preguntarle sosegada si tenía hijos.
–Seguramente tiene una hija como yo, de mi edad –le dijo.
–Cállate, cállate, carajo –respondió el policía molesto.
Colocó la punta de su pistola en la rodilla de Paula y comenzó a deslizarla hacia arriba por su muslo. Ella saltó de la silla como si le hubieran quemado el trasero con una plancha caliente y volvió a hablar rápido, cada vez hablaba más, más y más rápido.
–Cállate, te dije, coño, cállate, sssch, ssch.
Al otro lado de la pared se escuchaban las patadas que Simón le pegaba a la reja para tratar de abrirla, gritaba muy duro y Paula se angustiaba más.
–Ojalá dejara de gritar –se decía.
–¡Si le haces algo te mato, te lo juro que te mato! –gritaba Simón lo más duro que podía.
El policía comenzó a desesperarse como Paula, los gritos de Simón lo desquiciaban. Asomó la cabeza hacia la celda y dijo:
–Cállate, cabrón, que tú estás hasta el cuello, maldito drogo de mierda.
Agarró su brazo y la arrastró hacia fuera del cuartel, la sentó a la fuerza en un murito que separaba la pared del cuartel de la arena de la playa. Recapacitó en la frase que había dicho el policía, “el maldito drogo de mierda” se le repitió en el oído como un eco.
–El mar tiene vista al cuartel –pensó después viendo la playa, igual que mi casa en Caracas, un hermoso condominio con vista al barrio marginal.
El policía reclinó su cuerpo y se sentó junto a ella con ademán amistoso. Su cuerpo de hombre parecía confiado de recibir lo que tanto necesitaba. Paula quería huir, pero tuvo miedo, podía matarla mientras corría o matar a Simón cuando se hubiera escapado. Ya le había echado un vistazo al arma del policía, lucía brillante y muy capaz de matarla.
Clavó su mirada reconociendo cada detalle de la pistola, el policía la movía dentro de su funda nerviosamente y rozaba el centro de su entrepierna con el cañón.
–Mira, ¿que tal si nos divertimos un rato? luego olvidamos todo y se van a casa.
La boca de Paula asumió la coordinación nuevamente, y sin que ella pudiera hacer nada para silenciarla, le habló de Dios al policía. Había estudiado toda su vida con las monjas y su cuerpo había interiorizado el discurso aunque su mente no lo creía.
–Dios todo lo ve, ahora nos está viendo– le dijo.
El policía se paró de la banqueta sobresaltado, caminó tres pasos lejos de ella dándole la espalda, se volteó bruscamente y colocó el cañón del arma sobre su cachete.
–¿Estás loca, de qué hablas? Dios no existe, pendeja.
–¿Y si existiera? ¿No nos estaría viendo?
–Mejor ya cállate o te amordazo, has lo que te digo, quítate la camisa, sólo quiero verte.
Paula se le quedó mirando y usando su razón retomó el control sobre su boca volviendo al tema de los hijos:
–Seguro que tiene una hija como yo, imagine que uno de sus compañeros le dijera que se quitara la camisa.
–¡Qué mierda, qué dices, pues sí tengo una hija... a ti que te importa!
–Sólo estoy conversando sobre los hijos– añadió Paula calmada mientras miraba a ninguna parte y pensaba si Dios existía de verdad como afirmaban sus padres y las monjas.
–No sé que tienes tú, carajita del carajo, mejor no me busco rollos. Tu novio es un dañado y seguro que tú también.
El policía jaloneó a Paula hacia adentro del cuartel, abrió la puerta de la celda para soltar a Simón y Paula lo abrazó tan fuerte que le sacó el aire. Le extrañaron las confesiones del policía, pero ella nunca había visto a Simón drogarse.
–Te hizo algo –le dijo Simón.
–Estoy bien –respondió –sólo estábamos conversando.
El policía sintió una punzada en el ojo bueno, recordó que le habían prohibido acercársele a su hija desde hacía 5 años. Notó con rabia que ya no tenía la erección de hacía cinco minutos.
–Cuento tres y no los veo, más vale que corran rápido, porque puedo arrepentirme y matarlos –les gritó el policía.
Salieron corriendo muy rápido hacia el sitio donde antes estaban sus amigos con los coches. Ya no había nadie conocido, unas personas les explicaron que se los habían llevado a la Delegación del pueblo. Caminaron hacía allá y cuando llegaron, los metieron presos, porque según los policías eran los que se habían fugado del cuartel. Estaban todos juntos, presos pero juntos, eran diez en total.
–No seremos fuertes, pero somos muchos –dijo Simón mientras abrazada a Paula del lado de adentro de los barrotes y se sonreía, parecía muy acostumbrado al ambiente.
–Hay que denunciar al tuerto de la playa –le dijo Paula –apenas vengan por nosotros.
Simón la miró y se quedó callado. Recordó los coches que se había robado y las drogas que les vendía a los amigos que tenían en común, incluso a los policías. La idea de Paula no le agradó.
Salieron de la Delegación casi a la madrugada del día siguiente, un vecino le avisó al papá de Simón y llegó con sus identificaciones. Paula le contó a su suegro lo que había pasado con aquel policía tuerto en la playa y él fue a quejarse de inmediato con el Prefecto. Ella nunca se lo hubiera contado a sus padres, porque seguro la castigarían o podría terminar en un convento. Pasado un tiempo, Paula fue donde su suegro para ver qué había pasado, ya estando frente él le preguntó:
–¿Suegro, qué le dijo el Prefecto?
Dijo, –tomaré en cuenta la denuncia, pero en este pueblo no hay ningún tuerto y menos entre mis policías... ¿Señor, la tal noviecita de su hijo no estaría drogada?
–¿Habías fumado, mijita? porque Simón no usa drogas –le dijo el suegro mirándola con el rabillo del ojo.
Paula se sintió culpable no sabía de qué: la escena se le hacía conocida, explicar y explicar mil veces sin que le creyeran. Le dolía el cuerpo y el arrepentimiento de algo que no había hecho. Buscó a Simón durante muchos días, según su criada nunca estaba en casa. Se enteró que le habían prohibido verla; sus amigos incondicionales ahora la miraban raro. Todos en el pueblo decían que ella era la “manzana podrida” del verano.
–¿Será que Dios sí existe?– se preguntó Paula mientras se encerró en el cuarto independiente de casa de su abuela. Añoró tanto los rituales religiosos de casa, rezó a solas por primera vez pidiendo que agosto se acabara pronto. Deseaba con todas su fuerzas que sus padres le prohibieran ir a la playa el próximo verano. Planeó robar las hostias consagradas en el colegio para lograrlo.


Creado 8 de junio del 2006 (corrección luego del taller: 10 de junio 2006)
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5 de julio de 2006

El amor que cura (qué cura)



El amor qué cura
 

En vez de sangre corría miedo por sus venas. Algo perpetuo, como un gran tsunami que la ahogaba desde adentro hacia afuera. Era un sentimiento nefasto, decía que ya no era ella, andaba escondiéndose todo el tiempo, revisando las esquinas que dejaba atrás con cada paso, a veces se despertaba con sobresalto, ¡sus pesadillas eran tan genuinas!

Su mal se extendía, ya no le hacía falta estar dormida para sentir miedo, su cerebro no distinguía si las imágenes eran reales, sólo hacían que el cuerpo se le erizara. Había inventado miles de cosas: parches de pasiflorina con tila, remedios florales que cambiarían su estado de ánimo, masajes antiestrés, clases de yoga y karate en una estéril alternancia, puedo decir que lo intentó todo, hasta los extremos más placenteros: someternos a dosis altas de erotismo que nos dejaban relajados por tan sólo un segundo.

Lo único cierto es que los años pasaron y el miedo no se le fue. Empecé a preguntarme si yo era el espejo de su miedo o si se trataba de un mal congénito: bien dicen los galenos que la genética es irreversible. Una mañana abrió sus ojos acostada junto a mí y todavía tenía la imagen de aquel tipo extraño masturbándose en los asientos del cine me dijo, trataba de huir mientras él sostenía su brazo con fuerza y le decía jadeando – ¡dame un segundo…ya casi acabo! El sabor amargo seguía en su boca al levantarse de la cama mientras gritaba, cepilló sus dientes tan duro que le sangraron las encías. 5 a.m. de la madrugada y yo peleándome con ella sin saber si finalmente se había ido el tipo o seguía persiguiéndola, nunca supe bien que le pasó.

Me declaré incompetente, sin salida. Ya no habían diferencias, ni matices, ella se convirtió en un lugar oscuro e inhabitable donde yo no cabía. Solía sostener que si algo podía curarla era mi amor, pero terminé dudando de su certeza. El psicoanalista decía que su miedo era débil porque no la paralizaba, en efecto nunca dejó de tocar.

Cada día movía sus manos con más lentitud sobre el chelo, pero aún así, las melodías salían volando como siempre. La música le proporcionaba lo que yo no supe darle, una trinchera donde esconderse. La noche de ese día tocó un concierto de Dmitry Shostakovich, pensaba que estaba dedicado a mi pero luego me di cuenta que todo lo hacía para ella misma; por las cuerdas comenzaron a resbalar gotas de sangre y sus dedos tenían ranuras como la tierra recién arada, –sólo somos una herida profunda– me dijo mientras la veía lastimarse.


El amor que cura
 

Estoy rodeada de la espuma del Mar Rojo de la playa de Hurghada, él la trajo sólo para mí…viene seguido a verme. Las paredes están suavecitas por todas partes, llenas de espuma y está tan calentito aquí. Parece que se hicieron colchones alrededor de mí con tanta espuma.

En cada visita le digo que su amor me curó, me dio la tranquilidad que hace tiempo no lograba. Él sólo me mira con los ojos llenos de lágrimas: ¡es que me quiere tanto! Cuando lo tengo en frente sólo llora, antes nunca lo había visto hacerlo, por eso digo que ahora me quiere más y yo a él por haberme curado. Ya no vivimos juntos, porque duermo sola en esta habitación de espuma maravillosa, él dice que así lo decidimos los dos para estar mejor y yo le creo porque de hecho estamos mejor ahora. Siempre pensé que no soportaría más, le tenía miedo a todo y me ponía muy nerviosa estar enamorada de él. Fue una bendición que me tocara una pareja tan amorosa, por fin pude curarme.

22 nov 2005

2 de julio de 2006

Parpadeo

A la Mina

Aquellas sabanas me quedaron cortas, quise salir a conocer el resto del mundo, los otros animales decían que hay más tierras, que si corría hacía allá vería nuevos paisajes, nuevos animales y un horizonte que cuando te acercas se aleja más y más. Me gustaba la idea, me pareció un reto. Me gustaban los nuevos estímulos, es como tener el cerebro siempre funcionando y funcionando, alejado de la flojera y de las rutinas que tanto me aburren.
Tenía algo de sueño y pestañeé, de momento corría sobre el agua tan rápido, crucé el Atlántico y no me hundía, corría, lo increíble es que nunca me paré de correr, pude correr mucho y siempre a la misma velocidad, increíble, me dije increíble para una chita como yo. Llegué a las nuevas tierras era un sitio maravilloso, había abundancia de alimentos, de agua, todos los animales se la llevaban bien y vivían en armonía, aunque había depredadores muy peligrosos, así era todo muy natural. El espacio era amplio nadie tenía que vivir hacinado ni pelear con el otro por un poquito de tierra, había de todo para todos, un lugar apacible donde vivir, allí quise quedarme y me quedé.

Los años pasaron y yo seguía corriendo, aprendiendo de lo nuevo que veía, de las nuevas costumbres de los animales de esta tierra que luego me parecían tan familiares; pestañeé y empecé a cambiar la forma de mi cuerpo, me hice más pequeña, más delicada y menos salvaje. Por estos lados era más útil ser así. Mis grandes colmillos se cambiaron por unos más discretos, mi cara y mi cuerpo de chita se redujeron y con ese sólo pestañeo me convertí en una hermosa gata doméstica. Los terrenos nuevos eran más apacibles ahora, vivía en una casa grande, más bien en su jardín, me gustaba vivir así, ella venía y me ponía mi comida, a veces me daba unas croquetas de salmón y otros días una comida algo más húmeda y de extracto de res. Siempre tenía a dónde treparme porque hay árboles por todas partes, pero ya nadie me perseguía ni había otros depredadores que estuvieran dando lata a cada rato. Ese patio era una sabana grande sólo para mí, una sabana controlada, acá soñaba con mis largas carreras persiguiendo gacelas, pero desde la seguridad de mi caja de arena y de mi plato lleno de comida tres veces al día. Cero estrés, pues.

Anoche estaba sobre el buró y pestañeé, me fui inflando, inflando, era un globo enorme, sí una chita que se volvió gata que se volvió globo y de un hermoso color rojo. Me gustó ser llevada por el viento, hacía cosquillas, me llevaba y traía, un dulce paseo sin apuros, sólo la velocidad del viento y el destino que él había elegido para mí. Me paseó sobre Europa y le dije que allí se detuviera, casi instantáneamente frenó, si fuera un barco diría que me anclé en puerto seguro. Desde la tranquilidad de la brisa ligera con ninguna posibilidad de tormenta, divisé a mi hermano y a su familia, a mis amigos casi hermanos, a mis antiguos amores, todos estaban ahí haciendo sus vidas, seguían con sus vidas mientras yo los veía desde lo alto. Deseé visitarlos y pestañeé. Parada en sus puertas en mi versión humana veía como se mezclaban la sorpresa y la alegría, así en las caras de ellos, sólo viéndome en la puerta: parada y satisfecha. La gran familia, tener una gran familia es un serendipity, ¡el hallazgo más afortunado del mundo!

Luego de haberlos visto a todos, pestañeé, volví a ser globo y regresé al buró de mi dueña, lo único que había cambiado era mi posición, ahora sólo descansaba con las patas abiertas y hacia arriba, ella me hacía cosquillas en mi peluda panza, diciendo: ¡much, much, much, tan linda much!
Era bueno que mi vida corría a ritmos diferentes, de repente una quietud, luego un viaje muy pasional seguido de una quietud y así. ¿Quién se podría aburrir? Ya comí, hice mis necesidades y las tapé con la arena. Sacudí fuerte mis patas, no me gustan los granos de arena atascados entre los cojinetes. Corrí al árbol que daba a la azotea y debajo de la sombra me acosté a descansar, no sin antes corretearme un poco la cola y quedar exhausta.
Entre un pestañeo y otro, me vi frente a un gato...¡miau! un súper gato galán, siamés de ojos azules y pelambre grisáceo que me lamía tan divinamente. ¿Cuántos gatitos vamos a hacer? le dije. Me contestó con un sólo ¡miau!, pero qué ¡miau! tan sexy. Su pata se colocó sobre la mía y, en otro de mis pestañeos, ya éramos una pareja hermosa, dos hijos y una casa: humanos en una vida de humanos un tanto diferente. Éramos humanos integrados, necesito explicarte eso, a ver, a ver, ajá ya sé, cada uno estaba integrado al cuerpo del otro, también éramos parte de los cuerpos de nuestros hijos, éramos las paredes, los pisos y hasta los techos de la casa, metidos, inmersos, siendo parte de ella, de ellos, de todo. Eso era lo que yo siempre había llamado una integración duradera.

Pestañeé y sentí que su pata dejaba la mía, se la chupaba con tanto gusto, que me dio envidia y también me chupé toda. Al día siguiente mi dueña llegó con una caja de arena más grande, una camita para dos gatos y un nuevo plato de comida que decía Rufus. Con el tiempo descubrí que Rufus solía ser globo y volar, tenía el hábito de vivir como humano y sentir, frecuentaba aquella integración de casa, pareja y familia; pero lo sorprendente no es que hiciera todo eso, si no que deseara hacerlo conmigo. Eso nos hizo pestañear muy fuerte a los dos, pá que te decimos que no si sí.

13/09/05
J.E.T.M.

Sobrevivientes




A los viajeros

Traía mucho tiempo libre aquella vez, pero no tenía ganas de disfrutarlo. Había tanta gente, caminaban para allá y para acá –Puta estaba aturdida, la neta ¡me engenté! Estoy mejor ahora, me siento mejor, pero a veces me atrapa la nostalgia o no sé que chingadera y de repente ya estoy en algo oscuro de nuevo–.
Ese día entré a la librería para huir del desmadre. Las librerías siempre me han gustado, recuerdo que en mi casa cuando era niña, había libros por todas partes y mis padres siempre estaban leyendo. En aquella época me parecían aburridísimos, pero ahora me laten, me late ser una lectora compulsiva. Leer es una rutina que me gusta, hay rutinas que no son tan malas, más bien creo que hasta las necesito.
–¡Ah! por cierto, ese día me compré un libro de poesías con mis últimos ahorros, ¡guao! no sabes qué libro pá bueno. Eugenio Montejo escribe como los dioses–.
Subí a la cafetería a tomarme algo, yo sola con mi libro nuevecito, como la mayoría del tiempo: yo y mis libros. Es curioso parece que entre los libros y yo hay un mundo de cosas que decirnos, me complace que yo los escucho, quizás parezca de locos, pero así soy. No había quedado con nadie, estaba yo sola y mis reflexiones. Empecé a escribir a la par que leía, en la mesa junto a mí estaba una chica bien rara, leía también y de momento pensé –¡Somos igualitas!–.
El poema me gritó duro muy duro y volví mis ojos al libro: “Cuerpo lleno de barcos que se alejan no sabemos adónde. El temor al silencio que viene de las islas y al desamparo de los horizontes cuando ya no hay adiós sino naufragio”. ¡Vaya! respiré hondo, me faltaba como el aire, la miré y se voltio como si intuyera mi mirada. Clavó sus ojos en mí, espero un momento y luego me dijo –No hay problemas, así es esto–. Me quedé impresionada, qué querría decir. En fin, sólo me sonreí y ya; estaba yo otra vez con esa cara de quién entiende, la misma mía, sí esa, la que ya has visto.
Me puse a pensar en qué onda con el pasado, ¿sería qué naufragó, quedó por allí desvencijado, perdido, tirado por las orillas de mi vida? Lo que sí hubo fueron sobrevivientes, esa era yo: ¡una sobreviviente! Revisé el barco antes de alejarme, todavía había cosas oportunas. Me dispuse a descubrirlas, sí en su utilidad y, en un tono casi romántico, me enamoré del naufragio de mi vida después de las olas altas y de las encalladas.
Tenía el libro semiabierto con algunos de mis dedos en aquel poema, señalando la página. Un recordatorio del naufragio, esos eran mis dedos señalando el aquí pasó de forma marcada y a la vez difusa, se parecía a las imágenes de todo lo vivido. Sólo me llevé las cosas útiles, eso hice. Seguí con mis dedos dentro del libro, bajé y salí a la calle. Estaba en la parada del pesero, con mi libro aún marcado. Sentí que se acercó alguien y me tocó el hombro; ¡pinche susto! ya sabes que esta ciudad está peligrosa. Era ella, aquella chica, con su mirada de libro, viéndome de esa forma como ven los que han sobrevivido a un naufragio. Me reconocí en la intensidad de sus ojos. Sentí un impulso muy fuerte y solté la página del libro de forma instantánea: solté mi naufragio. La chica se alejó, pero me dejó el efecto oportuno de las mareas: lo cambiante y su misterio.

24/08/05
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INSTRUCCIONES PARA EL EXCESO DE SUSPIROS












A José

Después del viernes me quedé con una sobredosis de suspiros- quisiera poder regalártelos dentro de una caja- sacarlos de mí para que los tengas tú - cuando quieras la abres los escuchas y sueñas que me tienes finalmente. Te pienso a cada rato y me la paso suspira y suspira yo solita- ya no sé puede vivir así- quizás me quede sin aire- por precaución es mejor que los empaque y te los mande rápidamente- revisarás tu buzón y mantendrás esa parte de mí cerca de tu risa de tu mirada- así se sentirán en buena compañía. Acá estoy en una parada de bus- sigo con mi exceso de suspiros- todos me miran porque salen de mi boca teñidos de rojo- dicen que nunca habían visto semejante reacción química y yo me pregunto si me vieran cuando te beso y me pongo con piel roja- alma roja- corazón rojo- pelo rojo- eso sí que los impresionaría.
Acabo de mandarte el envío- más veloz que yo nadie- espero que lo abras- tal vez se escuche el estruendo de mis suspiros hasta Caracas o tal vez desencadene en ti algo maravilloso y te pase lo mismo- aquello del exceso de suspiros- si es así agarra una caja empácalos y me los mandas rápidamente. Revisaré mi buzón y mantendré esa parte de ti cerca de mi risa de mi mirada- colocaré tus suspiros en mi boca y cuando vuelva a suspirar demasiado y sienta la acostumbrada sobredosis de los ahora mis suspiros antes tuyos espero que ya no hayan más cajas en esta ciudad ni más envíos y que podamos suspirar uno frente al otro- así cuando se consigan nuestros suspiros finalmente sabrán que ya se buscaban desde antes tú y yo felices y nuestros suspiros felices que más podemos pedir. Reflexión profunda del cinco de diciembre del año en curso lo que es igual al dos mil cinco el mismísimo día en que por suspirar en exceso olvidé mi identificación y los signos de puntuación adecuados y tú por lo mismo te perdiste en tu propia colonia.
Te adoro- suspiro- y te adoro- y suspiro otra vez- vaya cosa sobrenatural esta suspiradera.

5.12.2005
Pintura de nombre "Suspiro", Jennifer Balkan
www.jenniferbalkan.net


LA TRADICIÓN


Isabel acababa de llegar a la casa de María cuando la observó corriendo hacia el patio trasero. Alcanzó a distinguir que una de sus mejillas estaba roja y malherida. Allí se quedó parada frente a José que yacía como si nada frente a su mesa de carpintería. Isabel llamó la atención de José diciéndole con voz suave y como si ya conociera del tema:
–No seas malito, cuando le pegues a María, pégale una cachetada en una mejilla y luego pégale una más fuerte en la otra mejilla. Así cuando todo haya pasado, yo podré decirle algo que la consuele.
–¿Qué le dirás? –preguntó José entre molesto y curioso.
Isabel hizo una pausa y añadió con tono compasivo:
–Le diré... Manita, ¡qué buena onda que no somos ateas, si no...!

9 de junio del 2005


CASA PROPIA


Estaba metida en un frasco blanquecino con base cuadrada que subía hasta un cuello estrecho rematado en unos rebordes circulares, gruesos y fríos. La seguridad me aliviaba, pero se volvía un tanto limitante. Trataba de explicar las situaciones de mi vida desde una perspectiva conservadora que me negaba a mi misma. Pasado unos meses la botella se volvió dócil tirando a un color inestable de momentos azulado, era una masa de vidrio caliente que se deja modelar sin anticipar ninguna forma futura. La incertidumbre había aniquilado el antiguo espejismo de protección porque se tornó incompetente. El calor se mantuvo por mucho tiempo y necesitaba urgente una habitación con figura definida. Te encontré y nació la expectativa. Me viste y pensaste que esa forma alterable era un gran defecto, que no podrías poner nombre a aquello que disfrutas, que no sabías que me definía y seguiste de largo, no te detuviste, no te detuve. Deseaba tanto que alguien pudiera detener los cambios, paralizarlos, darme tranquilidad. No tenía más remedio que contemplarme mientras el tiempo pasaba, cada vez me divertía más al verme reflejada en esas paredes tan versátiles y dejé de sentir miedo porque mi casa no tenía forma. La botella comenzó a endurecerse sin que me diera cuenta, la habitación agarró una forma abombada con boca abierta y lucía un tono rojizo. Ahora resido en un magnífico frutero y me siento satisfecha, de vez en cuando me colman la casa de olores y texturas diferentes y entonces brinco de agrado, pero debo confesar que mi mayor felicidad se dará en la próxima temporada de mangos.

28/04/05


FLORECEN LAS PRIMAVERAS




A Francisco Belaunzarán Zamudio





UN PISTILO DE MI ALMA
LE DIO CABIDA
A TU POLEN



8/02/2000