18 de septiembre de 2006

Voluntad



Las esquinas estaban formadas por dos líneas unidas en un mismo punto. Cuando miraba el recorrido de cada línea alejándose del punto de su encuentro, notaba que ésta se unía con otra al final del recorrido formando otra esquina. Cada esquina era tan igual a la anterior y así y así, que su terquedad me repugnaba a la vista, sin embargo había algo que me hermanaba con este habitáculo conformado de esquinas. Me parecía familiar.
La atracción por lo que creía una dinámica de las esquinas me empujaba a pensar en ellas de manera constante, agudizaba el análisis centrando mi meta en hallar las causas y las consecuencias de su supuesta organización.
¿Qué podría ser más interesante?, sabiendo que se repetirían las esquinas las unas a las otras -eso no necesitaba explicación, era un hecho absoluto- entonces, sólo me restaba conocer de dónde venía tanta persistencia y qué pasaría después con su obcecada repetición.
¿Las esquinas serían capaces de mantenerse así con el paso del tiempo, fijas, ecuánimes? ¿Permanecerían un tiempo grande o su condición era algo temporal? Reflexionaba en que la estabilidad del sistema es algo vivo aunque no cambie su apariencia, es la única manera de mantenerse permanente. Ver una esquina que sigue a otra por ejemplo, cómo “algo” que ya pasó te da una experiencia y así, anticipando muy seguro la esquina siguiente o esperando el embate de ese destino vivo y creativo, me reía del desenlace: comprobar que no hay innovación, sino un patrón ya sabido por mi mente. ¿Mi pensamiento le inyectaba vida a las esquinas o tenían vida propia? ¿Ese habitáculo no tenía tanta vida como yo creía, algo en él había muerto o estaba muriendo por más que mi cabeza tratara de revivirlo?
Estas incógnitas implicaban un acto de sabiduría de mi parte, sacar de toda esa agonía monótona algo que valiera la pena, algo por qué luchar, un reto, una hilacha de vida vibrante aunque sea estática o no. Alguna palpitación de vida podría estárseme pasando por alto. Caminaba con sigilo por toda la dimensión del habitáculo, captando su esencia y buscando, siempre buscando “algo” que me permitiera revivirlo, que me diera fortaleza y le diera solidez también al habitáculo. La búsqueda, sí, cada parte de mi pensamiento en desespero incesante.
De tanto análisis tropecé con una de tantas esquinas sin poder evitarlo, noté que se me habían arrugado los dedos dentro de los zapatos debido al choque. Por más desconocidos que me parecieran estaban ahí, no eran parte del entorno ni del habitáculo, tenían una vida independiente: mis dedos se estaban moviendo, en efecto, se movían.
La vida de ellos estaba trazada con otras reglas y, por más que los zapatos los definieran y los limitaran, tenían vida “sin lugar a dudas”. Estaban vivos y separados del habitáculo, no seguían las directrices de las necias esquinas ni siquiera las limitaciones impuestas por las hormas de mis zapatos. ¿A qué obedecía este imprevisto o, mejor dicho, este descubrimiento? ¿Por qué habría vida en mis pies si el habitáculo agonizaba?
Mi cabeza estaba ahora en un nuevo escenario, descubrirme con unos pies vivos dentro de un habitáculo más grande agonizante y que moriría si yo no pensaba en la permanencia de sus esquinas. Moví entonces cada parte de mi pie con cautela, primero uno, luego el otro, me separé de la esquina. Comencé a centrarme en la tendencia de mis dedos, eran libres, se movían para allá y para acá, en un despilfarro de movimientos sin consecuencias fatales, nada de lo conocido se arruinaba por su comportamiento. El habitáculo seguía allí a pesar del movimiento de mis pies, no había un futuro nefasto causándome preocupación.
Vino el razonamiento que era lógico en estas circunstancias, ¿qué soy de mis pies? Cuando retomé el habitáculo, cuando me percaté de que seguía ahí después de mi pregunta, ya nada era lo mismo. No me interesaba su agonía ni sus esquinas, ni siquiera me interesaba la recién descubierta libertad de mi pies, sólo me interesaba chocarme con las esquinas y sentir mis pies independientes.
Repetidas veces choqué y me pregunté ¿qué soy de mis pies? En una de tantas preguntas, surgirá la respuesta, estaba seguro.
Se volvió incansable el mecanismo y justo antes de caer en la rutina o destrozarme más las puntas de mis pies, surgió la respuesta a tiempo. Apareció un segundo antes de hacer que mis pies chocaran con la siguiente esquina. Los dedos de mis pies comenzaron a encogerse sobre sí mismos, no habían chocado con nada y sin embargo se retorcían y yo gritaba aturdido. Traté de estirarlos y luego de unos minutos dolorosos se relajaron.
¿Yo era parte de mis dedos y de mis pies?, sí lo era. El habitáculo estaba separado de mí y yo de él, así de contundente. No dependía de sus esquinas ni del choque adictivo, porque mis pies tenían una vida separada, libre. Me di cuenta que siempre fue así, me di cuenta, siempre fueron libres mis pies, agarré valentía y salí del habitáculo.
Terminó la experiencia. Fuera del habitáculo, no me aventuré a pensar que más podía ser yo, sabes, más allá de mis dedos y de mis pies libres, el nuevo impulso no dio para tanto en aquel momento.
Con el tiempo, mi nueva condición de ser fue el comienzo de más revelaciones acerca de mi cuerpo. No lo sabía de antemano, pero poco a poco busqué destrozarme los pies en cada nuevo evento fuera del habitáculo y, un día como hoy, finalmente dejé de identificarme con ellos por voluntad propia.


Caracas, 5 Septiembre 2006
Imagen en contexto original, Foto de Luis E. Andrade