29 de noviembre de 2006

También yo

Nunca he sabido -de manera objetiva- por qué somos así los seres humanos: basta con que nos digan “última llamada” y todos corremos a realizar las tareas que podríamos haber hecho antes. ¿Desafío al tiempo? ¿Ejercer cierto control sobre la vida, practicarlo con descaro en el último momento sólo para demostrar que sí podemos? Un deseo de locura se instaura a través de lo no realizado, comenzamos a sentirnos como en una aventura donde si no nos apuramos quedamos por fuera. El miedo a no pertenecer al grupo que obtuvo lo que nosotros andamos postergando, eso da fuerzas, las da para alcanzar las metas más inusitadas y después vanagloriarse de ello.
Hice una fila larga y cuando digo larga es muuuuy larga, tenía cientos de personas delante de mí, estábamos allí para ver la exposición de Egipto en el Museo Nacional de Antropología. Efectivamente, había surgido una urgencia colectiva: a todos y al mismo tiempo, justo el día en que clausuraban la muestra. Tenía meses colocada en el museo, abierta, disponible, pero eso de tener la cosa disponible se vuelve más seductor cuando uno vislumbra, cuando al fin comprendes: “ellos sí y yo no”, y en ese mismo instante nace el deseo irrefrenable de igualarse.
Nosotros afuera y en fila, rostros humeantes a pleno día, al otro lado del acceso, los faraones en sus sarcófagos no se enteran que ya pasaron a otro nivel (desde cuando). Pienso que la momificación es una especie de engaño premeditado, finges que no te has ido para los que se quedan, pero en verdad ya lo hiciste: te fuiste.
Esa señora aquí atrás parece que no sabe dónde está; también a ella le nació la urgencia ¡qué cosas!: quién sabe si la impulsaron las mismas razones que a mí. Cara sonriente, paraguas rojo, zapatos de hechicera: toda ella una Mary Poppins. Comenzamos a hablar más para distraernos que por interés mutuo. Encendí mi cigarro, ella estornudó, supongo que el humo le cosquilleó la nariz, realmente me importó un comino y seguí con las bocanadas y la plática.
Su vida feliz en el restaurante, me la contó toda con lujo de detalles, al fin, teníamos tiempo, que si los manteles a cuadros, que si los floreros desgastados y hasta su esposo de muy buen parecer. Imaginaba su cara siciliana gritando por la ventanita que daba a la cocina donde estaba ella:
–¡Melanzane, mujerrrrrr, melanzane!
Ella sonriente, melanzanes van y melanzanes vienen, simplemente gozosa: una sonrisa por cada plato. El tipo seguro que le gritaba, seguro.
Se veía tranquila a pesar de la muchedumbre y las horas de espera, entendí que ya tenía entrenamiento en soportar. Yo, por mi parte, sí me considero una novata, creo que estoy en el estado larvario de la paciencia. A la hora, ya echaba chispas por la piel y estaba en pleno ataque de ansiedad ansiosa (bien vale la redundancia).
Dos horas, tres, cuatro, mis pies con rechinidos de puertas gastadas en cada paso; no crean que la fila se movía mucho, era un minipaso cada treinta minutos, secuencias lentas de minipasos. Yo en mis minipasos y Mary Poppins atrás con su carota sonriente; no sé que era más irritante, si su cara o mi inoportuna maña de ver el reloj.
Anunciaron por el parlante:
–Estimado público, les informamos que el museo cerrará el acceso en una hora, lamentablemente sólo pasarán a ver la exposición aquellas personas que estén formadas en el pasillo interno. Gracias.
Qué podía ser peor, la sentencia de último minuto y yo a diez minipasos de la puerta hacia el mentado pasillo. Diez minipasos, calculando según el recorrido anterior llevaba más de una hora ese trayecto; comenzaron a asfixiarme los cálculos, por qué no podía ser como ella, así: ¡una durmiente feliz!
Cada tanto añadía una parte a su anécdota; tal vez será un poco mitómana la mujer, pobre, quizás su marido sí la maltrataba y le atrofió el cerebro; y absolutamente sonríe, qué pecado, sonrisa, siempre sonrisa. No se puede gastar la vida sólo sonriendo, sonrisa, sonrisa, qué es eso; la fila avanza un minipaso, ya estoy más cerca y ella, sonrisa, sonrisa. Quería empezar a trepar gente, subirme a las cabezas de la gente, treparme por arriba, uno, otro, avanzar lugar y meterme a la fuerza. “Señor, arrímese que está estorbando”, me meto así no más, a lo bestia.
Bestia, sí, soy larva, ¡larva total! En capullo o espuma como los sapos, que ponen espuma, o capullo de mariposa tal vez. Le hablo a Mary, más vale que me distraiga sino explotaré; una larva explotando suena horripilante, mejor hablo.
–¿Y por qué cerró el restaurante señora?
–Ay, mija, enviudé, eso pasa.
Uy... ya metí la pata, metí mi pata de larva con patas, quién me manda a preguntar, mejor me quedo larva muda, mejor, pero no...
–Qué pena, señora, mil disculpas.
–No te preocupes, a esta edad ya no se repara en la muerte, simplemente se sabe que llega, uno sólo espera.
Y los que no sabemos esperar... ¿qué? ¿qué hay de las larvas que no saben esperar?
–Qué cosa... y venimos a ver muertos en el museo como si fuera un espectáculo, será que los egipcios la esperaban, digo a la muerte... ¿usted qué cree?
Ahí está otra vez sonríe, sonríe.
–Yo qué sé, yo vine para distraerme, cuando uno está sola, tiene que distraerse porque si no...
Mary volteó de momento, dejó la frase cortada... y ésta qué ve... ¿qué ve? Sonríe, qué será que vio. Yo miré con mi cara de larva impresionada, se calló la señora y yo miré hacia dónde ella miraba. La fila había avanzado mucho, sólo nos faltaban dos lugares para el pasillo de la fortuna. Había logrado distraerme con su historia del marido muerto y ya casi estábamos por entrar.
Revisión de bolsas, aparatos antimetales, vip, vip; del otro lado, finalmente: el pasillo interno. Mary se despidió y yo sentí mi capullo, la espuma, mi condición apremiante de larva.
Corrí hacia La Sala de los Sarcófagos, con el cuento del marido muerto, se me antojaba uno, verlo, aunque fuera producto de un engaño premeditado, sí, se engañaban, lo hacían, igual que ella, que si espera la muerte, que si distraerse, que su dichosa sonrisa.
Inscripciones egipcias traducidas al castellano, qué ocurrencias las del curador. Paso la mano por el sarcófago, la cuidadora de sala dice “por favor, no lo toques”. Yo larva, ella exige, con eso no se puede, seguro ella sí los toca cuando nadie la ve.
Me pongo en un ángulo discreto lejos de su mirada que se parece a la sonrisa de Mary: me obligan, ambas me obligan. Vuelvo a pasarle la mano...el deseo cumplido, la urgencia satisfecha. Logré estar, ya pertenezco a los que estuvimos; el marido muerto de Mary ya no me importa, ni su sonrisa. La cuidadora no me ve.
Ya no puedo esperar, sigo larva, larva hasta mañana: la siemprelarva. Decir que estuve como ellos, sólo espero mañana para decir que estuve, sí, yo: seré igual, igual a ellos: ¡qué sabroso! Tantas horas de minipasos... El esposo de Mary se ha ido al igual que ella y la cuidadora. Se irán los faraones, pero yo no, yo larva, sigo aquí, larva satisfecha y presente, ay mañana... cuando les diga: ¡yo también!



28 nov 2006


26 de noviembre de 2006

Tradiciones

A mi hijo Nabil


La noche tiene un olor peculiar, huele a lluvia, a humedad, no hay casi ruido en la calle, me gusta cuando eso pasa, parece que se detuvieran los movimientos y que sólo importara... Siempre he pensado que las noches son una bendición, se puede meter uno en su oscuridad, deambular por los recuerdos y escoger uno para revivirlo y revivirlo.

Cuando era niña me gustaba encerrarme en el closet a jugar, pensaba que ese espacio tan estrecho era un gran mundo sólo para mí, lleno de mis juegos y fantasías. Allí nadie me decía qué hacer ni me limitaba, podía ser el personaje que yo quisiera; mi cuerpo hacía cualquier tipo de movimiento, esos que afuera serían imposibles, allí en ese espacio... todo era tan fluido.
Ese mundo tan grande construido con varios mundos diferentes dentro de él. En la esquina derecha estaba la casa de mis muñecas, siempre despelucadas porque me daba por cortarles el pelo según dizque para que estuvieran a la última moda (las pobres quedaban terribles); a mí me parecía súper exótico tener muñecas diferentes a las de las otras niñas, las mías tenían mi sello particular, tan raras como mi mundo: como yo.

Del lado izquierdo estaba el mundo animal, tirados por doquier - con cierto orden - estaban animales que jamás hubieran convivido juntos en la naturaleza, los veía conversando, disfrutando del buen clima e incluso hasta procreando raras especies (un poco mutantes); el pequeño elefante que le arranqué la cabeza y le puse la de la gallina: era un "elefanllina" y así. Acontecían disecciones en mi closet, vaya que sí, y el compartir partes entre los animales (lindo gesto de su parte), nacían a cada instante proles tan originales como mis muñecas “posmodernas”.
Encima de mí colgaba unas cuerdas que hacían las veces de los cables de un teleférico, en él se transportaban mis seres de un lado al otro del closet en una gavetita especial, se transportaban también mis fantasías y a veces (la mayoría) yo misma. Era un viaje por un mundo alegre, lleno de posibilidades, sin etiquetas.
Este teleférico era una versión local y muy mía del gran teleférico que se veía desde la ventana de mi cuarto, ese que une la ciudad de Caracas con la cima del gran cerro. Mi closet se conectaba con la montaña de manera mágica; algunas veces, cuando mis pequeños animales o mis muñecas se disponían a viajar del lado izquierdo al lado derecho de mi closet y yo con ellos (y se daba la magia) podía sentir en mi nariz el fuerte olor del pasto salvaje y de los pinos del Ávila.
Siempre metía un envase con agua dentro del closet, para darle unos chapuzones bien ricos a mis animales; podían respirar bajo el agua igual que yo, sí, yo respiraba en el agua cuando era niña ¡maravilloso!, cuando crecí perdí mi don. En aquel momento sí podía hacerlo y como yo podían mis muñecas y mis animales.
Crecí y regalaron todos mis juguetes a una prima más chica, su mamá los había puesto en su closet y un día me dijo que, mientras ella dormía, mis juguetes hacían mucho ruido y no la dejaban dormir bien. Yo le dije “prima, hazles un teleférico, ponles un envase con agua, córtales el pelo a las muñecas porque no les gusta tenerlo así normal sabes como las otras, seguro les creció mucho”. También le recomendé meterse un rato cada día en su closet y cerrar la puerta (uno puede recomendar ciertas cosas cuando tiene la experiencia).
Así lo hizo y pudo dormir bien los días siguientes: ella me lo dijo y yo le creo, aún le creo. Tenía 15 años cuando pasó, cuando me lo confesó, de alguna forma ese momento marcó un comienzo. Entendí que seguiría la tradición familiar que nació conmigo (para eso son las nuevas generaciones); me reconforta saber que he existido para algo tan digno.

Desde entonces cuando llueve y la noche adquiere un olor peculiar, me parece que se detuvieran los movimientos y sólo importara pertenecer a mi familia. Veo el closet de mi habitación, sonrío y simplemente: pertenezco.
28/09/05

1 de noviembre de 2006

21 de junio



A su merced, JE

Era solsticio de verano cuando el sol brotó por entre las nubes. La cita estaba acordada desde la semana anterior y ambos esperaban ansiosos el día del encuentro. Ella llegó arregladita, olorosa e insinuante a su oficina, había idealizado ese día deteniéndose en las formas de besar, en los olores que se desprenderían al abrazarlo, simplemente deseaba sentirlo. No sabía que pasaría, pero su corazón latía muy fuerte cuando arribó a la puerta. Estaba abierta porque un vecino salía, decidió pasar y, cuando llegó al primer escalón, ya él venía bajando con su mirada esquiva. Llegaron arriba, ingresaron a la oficina y de momento el hombre de sus fantasías la agarró por el cuello y la besó, dejándose llevar por su locura. Ella se sorprendió porque él siempre había mantenido la distancia, pero ese día, al parecer, simplemente su cuerpo lo dejó en evidencia, lo traicionó. Ella se sonrió tímidamente, se sentó en una silla y dejó que todos sus sentidos se conectaran con los de él. Lo recorría con su mirada, trataba de tatuarlo dentro de sus ojos y, entre tanto, él le leía sus primeros poemas. ¡Qué escena tan romántica! –pensó. Quería escuchar, sentir y sentir, no poner ningún límite a aquella pasión que hace mucho guardaba dentro de su alma.
Se acercaron luego de la lectura y comenzaron a besarse, de momento todo era apasionado y luego los acercamientos adquirieron toques de una ternura irresistible. Se besaron como queriéndose tragar uno al otro, los olores se despertaron y entraron en contacto. Ya estaba grabada la particularidad del encuentro se quedó impregnada en la memoria, es algo imborrable –recapacitó espantada. Sus pasiones siempre le habían traído problemas y ahora tenía delante de ella al hombre que innumerables veces había acariciado en su mente, con la diferencia de que esta vez era real, estaba sucediendo.
Él estaba nervioso caminaba por toda la habitación buscando más libros de poemas, hablaba excesivamente, deseaba contarle todo lo que hasta ese día había mantenido en silencio. Ella quería dejarse llevar, sentir profundamente y lo hizo, se sintió un poco nerviosa, torpe, pero aún así siguió besándolo, compartiéndole su alma en cada toque de sus labios. Sabía que era un hombre prohibido, siempre lo supo, sin embargo, le gustaban las emociones fuertes, las intensas, aunque por eso había sido señalada y abandonada muchas veces. Esta vez quería sentirse viva, sin importar las secuelas. Algunos hombres no resistían su apasionada proximidad y simplemente huían temerosos, pese a eso, él sólo estaba allí, con miedo o no, pero allí junto a ella. Durante el encuentro se trató de controlar, tampoco era su idea entregarlo todo en la primera cita, si bien no le faltaron ganas de hacerlo. Él estaba impetuoso, quería comerla a punta de besuqueos, desnudarla y hacerle el amor en cualquier sitio de la oficina. Los latidos de su corazón podían oírse fuera del pecho, todo ella palpitaba. Hace tanto que no sentía eso –rumió para sí misma dentro de su cabeza –era un buen momento para volver a sentirse electrificada.
Pasaron las horas y él tenía una cita de trabajo, se despidieron sin querer dejarse, pero no había más nada que se pudiera hacer. Ella salió de la oficina con una gran sonrisa y se la pasó recordando ese momento y soñando con repetirlo. Puede que él se disculpe, que no la llame más, que diga “todo esa locura fue un error”, pero su piel ya lo tenía incorporado. Se la pasó durante el día pensando y pensando, reviviendo la escena como en una película, la divina y suculenta escena.
Cuando llegó la hora del atardecer sintió pena, se despediría del sol que estaba agonizando. Prefirió no saber si él la escogería a ella. Pensó en sus besos que aún le oprimían la punta de la boca, sintió miedo de perderlo, de no verle más. La sola idea desquició su cuerpo por completo y conjuró un fuerte hechizo gritando hacia el cielo: “De hoy en adelante estaré muerta, sólo renaceré cada solsticio de verano y viviré apasionadamente hasta que las horas de luz se sofoquen detrás de los volcanes del Distrito Federal”. Su deseo fue tan fuerte que se evaporó con el primer asomo de oscuridad.
Él la buscó afanosamente en los meses siguientes, pero nunca la encontró, estaba desconcertado y se marchó a París. Cada 21 de junio de los años sucesivos aconteció un terrible desencuentro. Él se sentaba en una banca de los Jardines de Luxemburgo y la recordaba con cada poro de su cuerpo mientras que ella, al otro lado del atlántico, lo esperaba con la boca húmeda en su antigua oficina.

21 de junio del 2005
Obra de Vlady, tomada de:

Pleonasmo suicida

Se trataba de una noche de curación en que pretendía curarse, el cura-lo-todo lo miraba y él lo hacía de regreso con sus propios ojos. Eran unos ojos de suicida que veían su propia muerte en los ojos del otro, la muerte que sus propios ojos deseaban en su deseo más profundo. Si él tuviera las manos blancas, si tuviera en los labios las palabras correctas, si fuera mujer, sí, sí sí…le decía rumiando como vaca, su cerebro de bovino rumiante. El cura-lo-todo puso sus manos sobre ese cuerpo moribundo al que le traería la suerte, mientras su paciente de ojo trastornado veía en sus uñas, miles de pezuñas hirientes. Últimamente todo era una película barata, su vida era aquel pedazo de fierro que se le clavaría metálico en el pecho, aquella pastilla somnífera que le traería el sueño definitivo, la soga en la viga que no se rompería con su peso que no es el peso de una soga: el ratón-mascota muriendo en su caja como un presagio de muerte. Eso explicaría después a sus dolientes familiares su dolor herido, el por qué del adiós del suicida sin carta de despedida.

3 dic 2005
No merece foto porque ese tampoco