16 de abril de 2007

Trilogía cursi

Luego de escribir "Juicio Final" terminé creando "El día más largo del año" (están en los archivos "Cuentos de otros tiempos y espacios"). Quería jugar y así nació la tercera parte que une los dos cuentos anteriores: "Tan fuerte como el amor". Fue muy divertido experimentar mezclando tramas de los cuentos y personajes. Necesitan leer los dos anteriores para que tenga su chiste...


TAN FUERTE COMO EL AMOR
A Paris


Unos chismosos (que abundaban en el Infierno) me informaron del arribo de una nueva residente con una calidad migratoria bastante rara. Todos obteníamos permanencia indefinida aquí, pero ella tenía autorización para salir legalmente del infierno una vez al año y subir a la tierra. Sentí muchos celos de ella y pensé: –Tengo que conocerla... ¿cómo habrá logrado ese privilegio?

En los suburbios infernales, el tiempo libre y la recreación eran muy esporádicos, te la pasabas día tras día cargando calderas calientes con unas tenazas enormes y vertiendo carbones encendidos en las cárceles tortura-almas. Decidí que al finalizar las tareas asignadas, caminaría hacia el sector norte con cara de que iba a trabajar, a lo mejor tenía suerte y lograba encontrarme a la chica nueva.

Cuando ya me hallaba caminando, distinguí a una mujer con un vestido oscuro que estaba reprendiéndole fuego a un árbol (los bosques demoníacos siempre parecían cerillos ardientes). La verdad, tenía mucho tiempo que no veía a alguien tan guapa por estos lados aparte de mí.
Encerrados, sin alma y con tanto calor, las personas se volvían como ciruelas pasas. Yo había conseguido un trato con el Diablo que me permitió tener esta hermosa cara, inclusive en las condiciones antes mencionadas, creo que cuando se instruyó sobre mi caso en la tierra, vio en mí como a una pariente, seguro porque mi habilidad de control le recordaba la suya. Eso sí, él era el maestro en eso de ejercer el poder, yo sólo fui su aprendiz.

La dama en cuestión, me vio mientras me acercaba, algo en su mirada estaba como embrujado efectivamente. Quise buscarle conversación, pero ella sólo permanecía frente a mí con esa cara triste de ojos desganados.

Luego de tanto hablar y hablar, que no me costaba mucho, logré sacarle las palabras de la boca. Me confesó cómo el amor había tocado su corazón en la tierra y que ella, en un arrebato de impaciencia, había invocado un conjuro que la mantenía enclaustrada en el infierno 364 días del año. Me hice la loca (porque ya sabía la respuesta...¡los chismes volaban como las brujas!) y le pregunté:

– ¿Y qué te pasa el día 365?

Su cara se le puso aún más triste con mi pregunta, pensé que eso era imposible. Dijo con tono bajito:

–Ese día subo a la tierra a esperar a mi enamorado con la boca húmeda en la puerta de su oficina, pero él nunca, ¡nunca! ha llegado por mí.

Me afligí mucho por la forma en que contó su historia, me sorprendió mi reacción porque desde hace años estaba insensible. Con ese primer acercamiento nació una amistad poderosa, cosa rara en el Infierno, donde las cuchilladas por la espalda son tan comunes como las piras. Yo nunca había tenido una amiga en la tierra, porque siempre me defendí de no pasar el límite y sentirme vulnerable. Parece que tantos años en el endiablado calor suavizaron mi ego metálico, porque ella, la dama triste, se convirtió en mi mejor amiga y aliada.

Estuvimos mucho tiempo planeando como hacer para volver a la tierra, ambas queríamos una segunda oportunidad (eso sólo había sucedido en casos contados con los dedos de una mano). Ella quería subir a Paris porque un alma en pena, justo antes de tirarse de la Torre Eiffel, había visto al enamorado de la dama triste por esos rumbos. Yo deseaba sentir el amor como ella lo describía, porque al querer controlarlo todo en mi antigua vida, nunca dejé que ese sentimiento entrara y se quedara viviendo dentro de mí.

La pasión de ella por lograr lo que deseaba y todos mis conocimientos en estrategia militar habían dado frutos finalmente: ¡teníamos un plan sinistro para engañar al Diablo! Fue cuando juntas exclamamos ¡ju, ju, juy! y brindamos con el mejor vino que trajo Baco a la reunión.

Había aglomeraciones secretas una vez al mes, ni tan secretas, el Diablo tradicionalmente todo lo sabe, pero las permitía por aquello de la perdición de los vicios. Disfruté que no sabía todo esa vez, porque nuestro plan seguía en secreto.

Un día que teníamos calculado, la dama triste emprendió la caminata hasta la casa del mismísimo Diablo, una hoguera aristócrata llena de lujos y dónde la temperatura alcanzaba cifras irresistibles para los humanos. Yo la mandé a ella, aunque el guión de la conversación con el Diablo era de mi autoría, me pareció que su cara bella y triste no despertaría sospechas. Una vez que estuvo parada en la puerta como le indiqué y casi sin aire por el calor, se dispuso a tocar. Salió el mayordomo a recibirla y le dijo:

–Espere aquí – expeliendo su aliento de azufre.

Escondida y nerviosa, yo aguardaba el desenlace detrás de una colina cercana. El Diablo se sintió ofendido y muy molesto porque el aviso de visita había interrumpido su lectura de revistas pornográficas y se arrastró bruscamente hasta la puerta en su versión corporal de serpiente (no sin antes bajarle la temperatura al salón para no chamuscar a una de sus lacayas, no le gustaba quedarse sin mano de obra).

Medio asustada viendo su disgusto, la dama le dijo:

– ¡Su Maleza, deseaba consultarle un plan que permitirá mejorar las relaciones con Dios!

El Diablo le contestó riendo cínicamente, pero indagador:

– ¿Por qué razón extraña supones que yo deseo arreglar algo con ese pendejo?

Pensó un rato y le dijo con voz segura:

– ¡Unas buenas relaciones con Dios le permitirán a vuestra merced incrementar en la tierra con una mayor facilidad los secuestros, el uso de drogas, las violaciones y la guerra! Le explico. Si hacemos pensar a Dios que su labor con los humanos, aquello de llevarse las almas, de tentarlos y demás ha terminado, él se relajará y como es tan bueno, bajará las defensas. Allí nosotros, bueno yo y mi asociada que he estado entrenando afanosamente, repartiremos el mal como nunca antes se ha visto y lograremos que en unos años la tierra arda y Ud. podrá adueñarse de ella. Mi amo, ¿no le tienta la idea?

La corona del Diablo echó un fogonazo y su mirada ardía con entusiasmo.

–Me parece una idea interesante, yo ya lo había pensado –dijo el Diablo inmerso en su acostumbrado egocentrismo– Sólo que siempre me pareció que los lacayos menores no podrían hacer un trabajo así y los demonios que mando a la tierra se convierten en holgazanes y terminan haciendo muy poco... ¡pinches demonios!

Aprovechó la dama su titubeo y siguió insistiéndole por un rato en la misma idea hasta que lo tentó, no sin antes decirle que tendría que romper el embrujo que ella había conjurado sobre sí misma antes de llegar al Infierno.

–Llama a tu asociada y el conjuro ya está desmantelado; esta misma tarde las mando a la tierra: “qué mejor arma de seducción que la belleza femenina” –se sonrió sacando su lengua viperina y la echó del salón con un soplido hediondo.

La dama triste corrió hacia la colina donde la aguardaba y me contó todo, lo habíamos conseguido. Tal como lo expresó el Diablo, esa misma tarde estábamos en la tierra y mi amiga me convenció de ir juntas a Paris, decía que era un buen sitio para encontrar el amor y para proseguir con el plan.

El Diablo nos mandaba demonios a cada rato para controlar nuestros avances y le decíamos mentiras aquí y allá; no pasó mucho tiempo para que empezara a sospechar, habíamos obtenido la señal esperada para iniciar con la segunda fase. Nuestra idea siempre fue montarle una trampa y que se sintiera prevenido.

Para esta etapa, teníamos que contactar a Dios y convenir un pacto con él. Sabíamos que si alguien podía ayudarnos en este conflicto de poderes, esa era el Supremo y nadie más. Caminamos por la orilla del Sena hacia la Iglesia de Notre Dame, entramos y justo allí frente al altar principal, pronunciamos la invocación y ¡zaz! apareció Dios vestido como un mendigo. Le contamos toda nuestra historia y del engaño que habíamos fraguado para el Diablo.

–Definitivamente en vuestro plan hay algo de maldad... ¡no se pasa por el Infierno sin llevarse un regalito siniestro! –dijo Dios, todo desconcertado.

Luego de mucho explicarle las razones que nos llevaron a querer regresar a la tierra, lo convencimos y cedió. Nos dijo:

–La única manera de derrotar al Diablo es con el arma más fuerte que ha existido: El Amor Genuino.

Una vez terminadas sus palabras se vio un chispazo y desapareció. Ya sabíamos lo que nos dijo, así que su opinión reforzó nuestras ideas y nos sentimos más seguras.

Al día siguiente, emprendimos la búsqueda del hombre de la dama triste por todo Paris, hicimos un retrato hablado y paseamos como detectives preguntando en diferentes sitios. Ella recordó que a su amor le gustaban los jardines, así que buscamos una guía turística y los recorrimos absolutamente todos, sin éxito alguno. Estábamos hartas, lo que había pasado era muy intenso; nos abrazó una sensación rotunda de fracaso, creímos que nuestro plan había tomado un giro que no podríamos resolver.

–No nos desanimemos. El tiempo está aún a nuestro favor –dijo mi amiga. Y tras una pausa, añadió –¡Hoy es 20 de junio, quién sabe que me pasará mañana sin mi hechizo!


Dios tenía un plan secreto para poner a prueba su corazonada, sabía que, muy dentro de nosotras, estaban latentes las virtudes del amor. Yo le dije a mi amiga:

–Me quedaré un rato más aquí, quiero pensar.

Permanecí en el último sitio que habíamos recorrido: los Jardines de Luxemburgo y ella se fue a la casa que habíamos rentado desde hacía poco tiempo. Me puse a contemplar las flores, el calor estaba llegando poco a poco y los días asoleados se abrían paso entre las nubes. Me senté a reflexionar sobre los últimos acontecimientos y sentí una sensación de plenitud algo extraña, a pesar de que ninguna de las dos habíamos encontrado lo que deseábamos.

Se acercó a mí un hombre barbado y elegante; –¡Tú sí me mereces! –pensé mientras lo veía. Estaba buscando fuego para su pipa, yo saqué velozmente mi encendedor y se lo presté. Terminamos sumergidos en una conversación fabulosa sobre Paris, disfrutamos tanto. Me contó sobre la Ópera Garnier donde se paseaba el fantasma de la obra de Lerroux. Los ojos le brillaban cuando hablaba de todo lo relacionado con la ópera, le fascinaba ese género musical; mientras yo pensaba que mataría por ir a verla juntos. Ya cuando estábamos por despedirnos, me dijo:

–Los 21 de junio son días especiales para mi.

Continué en mi embelesamiento seguro hablaba sobre la llegada del verano. Nos despedimos y regresé radiante a la casa.

El Diablo y Dios observaban todo lo que nos sucedía y conspiraban por separado. Mi amiga estaba dormida, así que no pude contarle nada. En un ataque de emoción, comencé a bailar la salsa que sonaba en mi cabeza, quedé exhausta y me dormí junto a mi sonrisa.

Amaneció el día 21 de junio, el sol brillaba como nunca. Me sorprendí porque la gente salía a las calles con ropa más ligera, aunque todavía hacía bastante frío, eran como amantes desesperados que sólo quieren sentirse plenos en el día más largo del año. Cuando fui al cuarto de mi amiga ya no estaba, pero intuía a dónde había ido y agarré el bus para encaminarme a los Jardines de nuevo.

Soñaba con volver a ver al caballero de la pipa, a quién ni siquiera le sabía el nombre, entendí que era cierto eso del amor a primera vista, suspiré inevitablemente y eso me dio risa. Cuando llegué al lugar donde suponía estaba la dama triste, la busqué y no la encontraba, mientras tanto echaba vistazos disimulados a ver si lo veía. Al fondo de un sendero lleno de flores, vi una silueta que le daba de comer a las palomas, llamó mi atención y me le acerqué...casi caigo al piso desmayada: era él. Me escondí por vergüenza: –¿Qué le digo? –recapacité. Mientras vencía el miedo, pero ubicada muy cerca, lo vi sentarse en el mismo sitio donde habíamos compartido ayer, pensé –Lo hace por mí, me está esperando –eso me dio más miedo.

Él tenía la cara iluminada y sus ojos extraviados estaban llenos de dulzura, sin lugar a dudas, estaba recordando algo muy hermoso con cada poro de su cuerpo. Me quedé paralizada en mi escondite, con aquella imagen incrustada en el alma. Una carcajada estruendosa nos sacó del éxtasis a ambos, volteamos al lugar de dónde venía el sonido y allí estaba ella, mi amiga, con sus ojos ahora muy alegres viéndolo con amor. Se reconocieron y abrazados se besaron hasta que sus labios alcanzaron un rojo carmesí; entretanto yo seguía observándolos detenidamente sin que ellos lo notaran. Mi amiga había encontrado lo que deseaba, pero lo disfrutaba con el mismo hombre con el que yo había experimentado por primera vez el amor: ¡Qué lío! –me dije rabiosa a mí misma.

El Diablo se saboreó allá en las tinieblas y frotó sus manos una contra la otra, tenía todo arreglado, los encuentros eran un castigo, porque esperaba que cuando yo viera que el hombre de mi amiga era el mismo que yo amaba, me dejaría llevar por la ira y la mataría, así él habría ganado, porque, al menos, mi alma regresaría al Infierno.

Los designios de Dios y del Diablo se habían entrelazado mágicamente, ahora el desenlace sólo dependía del libre albedrío humano.

Medité por mucho tiempo observando como se amaban locamente, el arrebato se me fue pasando y consideré que estaba presenciando algo maravilloso. Mi amiga, mi única amiga, había encontrado lo que buscaba y finalmente yo también: ¡sentía al amor palpitando dentro de mí! Renuncié a él y a las óperas que vería abrazada a su cintura; me alejé de los Jardines sintiéndome muy feliz. Supe que ellos siguen juntos y eso me complace.

El amor genuino que yo sentía por mi amiga y por su enamorado nos había salvado a todos. Dios saltó de regocijo aquella vez y el Diablo, refunfuñando, tuvo que conformarse con las almas descarriadas de unos políticos ladrones.




30 de junio del 2005
Imágenes: Cuadros de Andrés Michelena, Colección Gustavo Chacín