30 de junio de 2006

EL JUICIO FINAL



Al entrar en casa, veía donde estaba cada cosa con ojos de estratega, registraba en mi memoria las diferentes posiciones de los objetos; luego miraba hacia adentro de mi cuerpo y verificaba, con el mismo frenesí, donde se ubicaba cada situación acontecida. Me sentía como mi propio oficial en jefe, revisaba las coordenadas del enemigo, tenía mi dedo sobre el botón y me preparaba a lanzar mi creación mortal, una bomba súper justificada que podría destruirlo todo, si yo quería. Siempre me detenía un minuto antes de apretarlo, descansaba mi dedo índice al lado del botón y allí siempre lo dejaba, como aguardando que las relaciones bilaterales se rompieran y lograra apretarlo primero que el enemigo. Soñaba con ese momento, la voz del enemigo destruido estallaba en mi cabeza diciendo: ¡me venciste! Ese procedimiento cotidiano me daba confianza, le otorgaba un matiz digno de alabanza a ese mundo traicionero donde había decidido residir.

Con el paso del tiempo, la casa donde habitaba se fue ampliando y para no sentir que se me escapaba de las manos, apliqué la misma maniobra de siempre, orden y control; en fin, reglas muy rígidas, el único mecanismo que “mete en cintura” a la gente, a la vida... al enemigo. Acaparé y ordené una pila de amigos, parejas, trabajos, proyectos, todo y cada uno de los aspectos y personas descansaban de manera prescrita sobre mi escritorio, muy bien señaladas y en espera de una nueva revisión. Cada pila representaba un ámbito dictaminado con mucha sutileza, nunca me permitía mezclar asuntos, todo ese orden tenía una razón específica evitar que las tareas ejecutadas o por formalizar se alocaran y pudieran volverse peligrosas, arrogantes e irrealizables. El orden sacaba de mi mente la idea del fracaso, la mantenía distante, ajena, así podía contemplar de lejos algo que nunca me pasaría: un desastre natural de consecuencias devastadoras para el alma. Había vivido hace mucho un gran cataclismo, las fuerzas de la madre tierra se habían ensañado contra mí y de manera irremediable habían dejado mi espíritu lleno de gritos, dolores, gente desaparecida, niños llorosos y muchos escombros.

Sin lugar a dudas, la aprensión es materia superior, así dicen en estos tiempos, todo es mejor si se previene, bien hacen mostrando por los periódicos que “guerra avisada no mata soldados”. Cuando tenía muchas cosas que resolver, le dedicaba un tiempo específico a cada pila, hoy me toca platicar con tal amigo y al minuto posterior lo llamaba; al día siguiente, veía la pila contigua a la anterior, hoy voy con ésta, me decía, veía que se trataba de una tarea de la universidad y la hacía. Mi actividad alrededor de las referidas pilas tenía una cadencia, un ritmo premeditado muy cautivador. Su manipulación me inducía una gran fascinación, porque al vivir en un presente controlado podía asegurarme a mí misma que el futuro arribaría sin ninguna máscara.


Durante años, las horas pasaron con un control extraordinario maniobrado por mí y sólo por mí, hasta que apareció el amor. El primer amor llegó sin aviso, apretaba duro mi dedo índice y, con ese gesto que no guardaba secretos, cautivó cada centímetro de mi piel haciéndome sentir un poco desorientada, ¡vaya qué plan! me dije. Todo parecía diferente y de momento habitaba en una casa tomada, los objetos anteriormente ordenados, emprendieron una resistencia desreglamentándose de una manera casi escandalosa, mientras gritaban alocados ¡chin pún! ¡chin pún! Yo no supe ni qué pensar al principio, quería que todo se quedara como estaba, pero despacito, despacito, el desbarajuste tomó visos amorosos y hasta me empezó a gustar. Algo aterrorizada confieso, solventé la desorganización arremetiendo contra aquellas pilas ordenadas sobre el escritorio, me dispuse a mantenerlas cautivas en el despacho, las dejé encerradas y a salvo de los nuevos contratiempos que trajo aquel amor.

Los años siguieron llegando y mi existencia se mantuvo escindida, la casa y el despacho, el despacho y la casa, nunca, nunca, la casa-despecho. Un buen día, me harté de ver la puerta del despacho que mantenía la risa de un lado y la tristeza del otro, como si esas emociones fueran expresiones de dos rostros ajenos a mi persona. Renuncié, deserté en medio de aquella batalla de bandos contrarios y me fui a buscar una casa nueva y otra vida, no sin antes asegurarme de que aquel amor se mantendría innegable, distante pero innegable. Ese amor me regocijó a la distancia porque ya no podía controlarlo.

Cuando por fin encontré otra casa que ordenar y ya había colocado mi fabuloso botoncito detonante, apareció el segundo y último amor; ¡uy! ni me dio tiempo de descanso. Se repitió el mismo mecanismo: aparición repentina, advertencia de ataque y estrategia defensiva. Esta vez sucedieron algunas maniobras diferentes; luego de la despedida no subsistió ningún sentimiento afectuoso, debido a un precedente que fue muy determinante: ¡el segundo amor sí tenía secretos! De manera vertiginosa, se convirtió en un enemigo íntimo y mi defensa se incrementó; comencé a arreglarlo todo de manera más obsesiva y era capaz de percibir hasta el mínimo cambio en las coordenadas cotidianas de los objetos y las emociones. Era tan asertiva al señalarle cada desacato a las reglas, siempre conseguía que se cumplieran y las cosas no se salieran del riel.

Poco a poco, el segundo amor emprendió la retirada y se metió en una pequeña trinchera dentro de mi casa, estaba blindado hasta los dientes. Entendí con el tiempo que nunca atacaría ni saldría de allí; mi táctica de guerra estaba bien instituida y finalmente yo iba ganando... La trinchera empezó a desdibujarse dentro de mi casa y la verdad ni supe dónde quedó. Me confié. Un día fatal, cuando estaba casi a punto de entrar en el baño, divisé un objeto extraño, rojo y brillante sobre mi escritorio, sí mi escritorio...entré en cólera porque había bajado la guardia y, justo en mis narices, se estaba llevando a cabo una sublevación. Me agazapé en el baño, pensé en la manera de salir victoriosa de tal situación. Hice recuento de mis armas y me di cuenta que en el baño no había ni una solita arma escondida, craso error. Arrebatada por la ira, descubrí que tenía mi boca y mi lengua, las palabras mortales podían abrirse paso entre mis dientes y convertirse en armas blancas. Me alegré y planeé a puerta cerrada todo lo que diría. Al otro lado de la maciza puerta, estaba el segundo amor, insurrecto, independiente y amenazante, hasta podía imaginarme su pérfida risita. Transcurrió un instante así, tenso, como sin circulación de aire. Creo que hasta se detuvo mi respiración y de pronto, ¡pin poj! me cayó la puerta encima sin ninguna ordenanza preestablecida, sólo apachurró el baño entero y me desnucó.

El segundo amor se emancipó, rompió las cadenas que lo ataban dentro de aquella trinchera, decidió pelear por su libertad y se adueñó de toda mi casa, ahora su casa. Yo llegué a mi nuevo hogar, acá nada del entorno es “organizable”. No puedes tocar las cosas porque te queman, las normas vienen de “Abajo” y no puedes dejar de cumplirlas, porque si lo haces, te castigan horrendamente. Cuando habitas en este lugar sólo tienes tu cuerpo, porque el alma ya no te pertenece. Yo siempre aborrecí las caras desorganizadas y con partes faltantes, me parecían feas, eso lo conocía de antemano el miserable viejo que me trajo acá cuando me mató el amor.

Ya lo sabrán ustedes, pero igual les explico: ¡más sabe el Diablo por viejo que por Diablo! El maldito, me amenazó con chamuscarme las pestañas si no seguía sus políticas internas, así que dadas las intimidaciones no discutí, no peleé por un espacio para mis confiables pilas ni para mi escritorio. Me he portado como el Diablo exige, soy una triunfadora y mi cara, al menos, seguirá siendo ordenadamente mía por los siglos de los siglos, Amén.

20 de junio del 2005