Estaba dentro de un pozo oscuro, en un país ajeno. Tenía paredes babosas y muy erguidas. Al principio pensé que era la única criatura que lo habitaba, pero poco a poco fui familiarizándome con sus moradores. Había animales de muchos sitios: unos venían de muy lejos, otros de cerca y algunos habían nacido allí. Yo quería saber qué pasaba con su situación, metidos en ese pozo, porque yo no estaba feliz y me sentía atrapada. Comencé a conocerlos y a realizar una pequeña encuesta de opiniones, que de antemano sabía incómoda. Lo sabía porque a nadie le gusta el exilio.
Al primero que conocí fue al cara de niño. Era un ser diminuto y oriundo del lugar, pero tenía un problema: producía fobias en los otros. En su vida anterior, fuera del pozo, vivía con miedo a decepcionar. Por fuera aparentaba una gran seguridad disfrazada de intelecto; por dentro, los miedos lo paralizaban. Quería ser un bicho lúcido, pero lo tomaban por irresponsable, impuntual y algo apático. Vivió así mucho tiempo, hasta que sintió que no podía remediarlo y que lo mejor era ausentarse y vivir en el exilio, en el pozo.
Todos los que llegan allí se creen solos, como yo. Poco a poco se reconocen acompañados en sus circunstancias y hasta escuchan chismes de otros animales que han podido salir. Eso los anima. Eso sí: hay compañías que inspiran y otras que derrotan.
Mi segunda entrevistada fue una mariposa que, insólitamente, vivía en su tercera crisálida dentro del pozo. A todos les gustaba su compañía porque retozaba, jugaba y hacía reír, pero al rato se volvía demandante y egoísta. Quería la atención de todos. No había asumido que ya podía volar. ¿Cuántas crisálidas le harían falta para entenderlo?
Yo estuve muchos años unida con un cordón a su crisálida y, como ella precisaba cuidados y yo necesitaba darlos, permanecimos juntas mucho tiempo. Ya no lo estamos. Se mudó a otro lado del pozo y no la extraño, la verdad.
El tercer entrevistado fue el buen camaleón, creativo y nervioso, de esos reptiles que o los amas o los odias. Usaba su carisma y su mimetismo para agradar. Le gustaba ser gustado. Se sentía frágil y se metía en muchos aprietos; siempre contaba sus penurias, quizás para ser oído, quizás para espantar su inestabilidad.
También había una saltamontes que me impresionaba: entraba y salía a rebotes del gran hoyo. A veces nos acompañaba unos días, pero siempre lograba salir. Decía que tenía afuera motivaciones muy fuertes, y le creo. Un buen día no regresó más. Era vivaracha y ocurrente. Me gustaba su compañía y la recuerdo con cariño.
Luego conocí a la mantis religiosa, ser curioso de patas largas, de aspecto frágil e ingenuo. Siempre sonreía. Vivía en el pozo, pero algo en ella la hacía creer que estaba afuera. Nunca lo entendí. Solo sé que sigue ahí y aún sonríe. Su sonrisa me resulta amenazante: me recuerda que se puede nadar en las orillas sin conocer las profundidades, algo que yo hice muy bien en mi tierra natal.
Un mosquito giraba siempre en el aire, mareado. Cuando se acercó, me dijo que ya no quería vivir en el pozo, pero no sabía cómo salir. Extrañaba la buena sangre y llevaba tiempo conformándose con la de una chinche que sabía muy mal. Lo animé a volar hacia la luz: en lo más alto del pozo siempre veíamos amanecer y atardecer.
Supe que el viejo cigarrón se fue porque se cansó del exilio. Dicen que volvió a su granja y que está muy feliz.
Así pasé de entrevista en entrevista, de cara en cara. Trataba de no mirar a las cucarachas ni a las moscas; no quería interrogarlas. Estaban ahí siempre, criticando y ruidosas.
Al fondo del pozo estaba un gran coco. Un ser que estaba y no estaba, como un fantasma. Sufría mucho y por eso tenía una cara larga y seria. A veces lo veía, a veces no. Quizás a los demás les pasaba lo mismo, pero nunca les pregunté. Antes de llegar al pozo lo vi muchas veces, abrazado a una ranita roja. Creo que ella logró zafarse y ahora juguetea en una selva muy verde.
Con el tiempo entendí que del territorio de origen no depende el lugar que se decide habitar. En el pozo convivían distintos gentilicios y conflictos.
Quise comunicarme con la saltamontes o con el cigarrón para preguntarles cómo habían salido. Grité, pero no me oían. Entonces decidí que, si yo era una araña patona, podía tejer una tela fuerte que me sirviera de trampolín. Me tomó tiempo decidirme. ¿Quién me aseguraba que no caería en otro hoyo?
Sentía tristeza por dejar a muchos habitantes, incluso al cara de niño, a quien nunca tuve fobia. Corrí a decirle que no me daba miedo y que, si quería saltar conmigo, tendría que ayudarme. Hacía tiempo que no tejía y se me había olvidado cómo. Él venció su desconfianza y aceptó. Entre dos fue más sencillo. Tardamos dos días. Saltamos fuerte y no caímos en ningún otro pozo.
Ahora somos libres.
Yo tejo lindas telarañas y las disfruto.
El cara de niño vive en un jardín hermoso y ha logrado ser un bicho más seguro, trabajador y sonriente. Justo lo que quería.
Como dicen:
“una es más feliz cuanto más se parece a lo que quiere de sí misma”.
Nadir Chacín
Primero conocí al cara de niño. Diminuto, oriundo del lugar, y sin embargo capaz de infundir miedo en los demás. Antes del pozo vivía con miedo a decepcionar; por fuera parecía seguro, pero por dentro los temores lo paralizaban. Quería ser lúcido, pero lo tomaban por irresponsable. Cuando sintió que no podía cambiarlo, se refugió en el pozo.
Luego apareció la mariposa, en su tercera crisálida. Alegre, juguetona, capaz de encender sonrisas, pero también demandante y egoísta. Necesitaba cuidados, y yo necesitaba dárselos. Durante años permanecimos unidas por un cordón invisible. Hasta que se mudó, y ya no la extraño.
El camaleón era creativo y nervioso, carismático, siempre buscando agradar. La saltamontes entraba y salía a rebotes, motivada por fuerzas invisibles, y un día desapareció para no volver. La mantis religiosa parecía siempre a punto de escapar, con su sonrisa frágil e ingenua. Un mosquito giraba en el aire, mareado, deseando volar hacia la luz. Todos coexistían, algunos con dolor, otros con esperanza, algunos ausentes pero presentes.
Al fondo, el gran coco: fantasmal, abrazado a una ranita roja que ya había escapado. No sabía si estaba allí o no. Era el misterio del pozo.
Decidí que podía tejer una tela fuerte, un trampolín. Sentí miedo por dejar atrás a tantos, pero corrí al cara de niño y le dije: si quiere saltar conmigo, tendría que ayudar. Entre los dos fue más fácil. Dos días después, saltamos juntos. Libres.
Ahora tejo mis telarañas y disfruto del jardín donde vive el cara de niño: seguro, sonriente, trabajador. La libertad no depende del lugar donde estás, sino de cómo decides saltar y con quién decides hacerlo.
Nadir Chacín

Comentarios
Publicar un comentario