30 de junio de 2006

SOBRE CIEGOS FELICES


La cándida niña, la de mi ojo derecho. Se me figura desorientada, a punto de cometer una locura. Quiero aconsejarla, alejarla del dolor que tu mirada infringe. Quiero desamarrarla, borrarle el recuerdo de tu cara jubilosa la noche de la luna. No se deja, es como una adolescente precoz que se entrega apasionada y quiere verte y verte. Tal vez ella haga lo que quiera y yo no pueda controlarla, tal vez quiera saltar fuera del ojo e irse contigo a pesar de tu verme, de tu verme empapado en dudas. Me quedaré sin mi niña, se quedará mi ojo derecho vacío y con fondo negro, mientras ella lejos de mi cuerpo trata de convencerse que tu mirada si la mira con amor, que tu mirada la contiene. Tal vez lo logre y te enamores, y cuando eso pase yo sienta que me perdí a la niña y a tu mirada, pero no pretendo seguir viendo con ambos ojos una amor inexistente, si ella quiere que se largue, que luche, ese es su problema, yo prefiero ser tuerta feliz que una visionaria optimista y hippie.

La niña se ha ido, ya se fue contigo y de vez en cuando me escribe, dice que ya la miras, que de vez en cuando tu ternura sale por tu ojo izquierdo. Tal vez la niña de tu ojo izquierdo venga hasta mí y no me encuentre, tú me robaste la mía y dejaré que la tuya siempre siga buscándome y así se quede sin encontrarme, quedarás tuerto como yo, seremos tuertos felices. Mi niña ya no está y la tuya me busca, mientras tanto aprendo a leer con mi niña izquierda que espero nunca encuentre el amor. Porque si es así y mi niña izquierda se enamora y se va también tendré que convencerme finalmente que el amor es ciego porque yo estaré ciega por culpa del amor, por tu culpa y la de las niñas persistentes. ¡Vaya ironía!

Se despide, la ciega feliz