8 de julio de 2006

Agosto


Los años de la familia transcurrían entre eventos católicos finamente programados y las vacaciones eran los únicos momentos de autonomía para los más jóvenes. A Paula le parecían payasadas toda esa rezadera y penitencias, la hostia sagrada y el bla bla bla religioso; sólo le interesaba la llegada del mes de agosto cada año. Sus padres le daban permiso para ir a la casa de su abuela en la playa. Había dispuesto un cuarto para Paula por la parte de atrás de la cocina, así le podía dar una estancia independiente a su nieta en plena pubertad.
Ella tenía quince años ese verano, ya gozaba de un cuerpo voluptuoso para gusto de los hombres que la miraban continuamente. Era virgen, pero quería dejar de serlo: todas sus amigas ya lo habían hecho menos ella. Su piel le pedía algo, pero tenía miedo de la petición y de sus consecuencias.
Las familias de Caracas venían cada año por la temporada de verano, el pueblo se llenaba de jóvenes. Todas las noches acostumbraban reunirse en el gran malecón a la orilla del mar, acudían con ropa bien ligera o traje de baño, estacionaban sus coches, ponían música a todo volumen y se tomaban muchos, muchos tragos.
A Paula le encantaba su grupo de amigos incondicionales durante la temporada, lo había construido con esfuerzo durante muchos años y se vanagloriaba de tenerlo. Se jactaba también de la relación con Simón, su novio clandestino; sus padres lo rechazaban porque decían que era una mala influencia para ella, aún así le gustaba y estaba muy enamorada.
Esta joven pareja hacía su agosto, porque sólo entonces podría decirse que era su mes, y alimentaba su enamoramiento en esos treinta días. Verse a menudo hubiera sido genial, Paula quería florecer el resto de los meses junto a él pero sus padres les temían a las relaciones antes del matrimonio y ella mucho más.
Aquella noche Paula y Simón hicieron lo mismo que todas las anteriores, bajaron al malecón caminaban abrazados uno detrás del otro como suelen hacer los adolescentes. Se alejaron de su grupo mientras sonaba una canción de moda y corearon: “yo lo que quiero es ponerte a ti...yo lo que quiero es ponerte a ti, en cuatro, en cuatro”, se rieron juntos y Paula bajó la mirada. Caminaron por la orilla de la playa para ver las estrellas sin las luces de los coches, se quitaron las sandalias para sentir la arena en los pies y Simón las sujetaba con su mano derecha porque en la otra retenía la mano de Paula. Acostados en la arena se abrazaron con ternura, Simón decía algo de la forma que hacían las estrellas al juntarse con una línea, las veía difusas por los efectos de la marihuana. Paula escuchaba el rugido del mar sin prestarle mucha atención al cielo y sin enterarse de que Simón estaba drogado. Distraídos, ensimismados cada uno en su asunto, no se fijaron que se acercaban dos policías caminando por la arena. Notaron su presencia cuando sintieron el linternazo en sus caras y la orden enérgica:
–¡Jóvenes, identificación!
–Nunca se lleva identificación a la playa en las noches, señor oficial, y menos cuando la casa está casi en frente –les dijo Simón a los policías, riéndose como loco –no estamos haciendo nada malo, sólo viendo las estrellas.
Paula abrazó a Simón, nunca le habían gustado los policías, si existía un policía honesto en un millón era porque la vida creaba exageraciones de manera natural.
Los policías se molestaron por la risa burlona de Simón, a Paula le pareció que ya lo conocían, pero se dijo –¡No, no es posible!–. Dijeron algo sobre actos inmorales en espacios públicos y se los llevaron detenidos; caminaron custodiados hasta un cuartel pequeño que se encontraba al final de la bahía. Su grupo estaba al otro extremo del malecón y les impidieron avisarle. A Simón lo encerraron en una pequeña celda, uno de los policías se despidió sonriente de su compañero y se fue caminando tranquilo por el malecón. El policía que se quedó con Paula le había hecho un gesto de “ya vete” al otro, un minuto antes de que se marchara, devolviéndole la sonrisa.
En el cuartel había dos espacios separados por una gruesa pared, la celda donde estaba Simón y la pequeña oficina, en la cual el policía le ordenó a Paula que se sentara en la silla frente a su escritorio; la alejó de su novio y ella sintió que uno de sus párpados adquirió autonomía, le temblaba solo.
El policía no le quitó la mirada de encima mientras se acomodó en la silla del otro lado del escritorio: un rey hizo posesión de su merecido trono. Se dirigió a Paula con un tono culpabilizante que le recordó su ambiente familiar:
–Lo que hicieron estuvo muuuuy mal, muy mal... ahora tienes que portarte bien.
Paula se mordió el labio sin querer y se sacó sangre. El policía agregó:
–Tienes la manera de que esta noche termine de la mejor forma posible... –seguía sonriendo mientras hablaba, alternaba risa y palabra –¿quieres eso, no, que ya termine?
–Pero si nosotros no hicimos nada, señor oficial, sólo veíamos las estrellas.
Los poros de su piel comenzaron a sudar incontrolablemente, el policía le ordenaba quitarse la camisa para revisar si tenía drogas escondidas en alguna parte.
–No puedo quitármela –le dijo angustiada al policía –¡Abajo sólo cargo traje de baño, señor!–. Su novio le había prestado una de sus camisas mangas largas y había acudido así al malecón.
El oficial tenía una pistola, su uniforme lucía desgastado y la panza se le desbordada fuera del cinturón. Uno de sus ojos estaba todo negro, le faltaba la parte blanca, le había tocado un policía tuerto. De nuevo, afirmaba que sus exageraciones no eran de ella, sino que eran caprichos de la vida.
–Un policía tuerto, hazme el favor –se repetía en su cabeza.
–Mira niña, mejor es que colabores, no vaya a ser que se te dañe la noche más de lo que está –añadió el policía –la pasabas bien con tu novio hace un rato, por qué no arreglamos este problema. Mira, él está encerrado y no saldrán de aquí hasta la mañana, tenemos tiempo.
Paula comenzó a hablar sin parar ni un segundo, de cuando en cuando el policía le decía –cállate, hablas mucho– pero seguía... su boca hablaba sola y ella no podía mantener el mando de la situación. Ya no podía dejar de hacerlo, hablaba y hablaba. De repente le entró la conciencia de su boca y la controló, comenzó a preguntarle sosegada si tenía hijos.
–Seguramente tiene una hija como yo, de mi edad –le dijo.
–Cállate, cállate, carajo –respondió el policía molesto.
Colocó la punta de su pistola en la rodilla de Paula y comenzó a deslizarla hacia arriba por su muslo. Ella saltó de la silla como si le hubieran quemado el trasero con una plancha caliente y volvió a hablar rápido, cada vez hablaba más, más y más rápido.
–Cállate, te dije, coño, cállate, sssch, ssch.
Al otro lado de la pared se escuchaban las patadas que Simón le pegaba a la reja para tratar de abrirla, gritaba muy duro y Paula se angustiaba más.
–Ojalá dejara de gritar –se decía.
–¡Si le haces algo te mato, te lo juro que te mato! –gritaba Simón lo más duro que podía.
El policía comenzó a desesperarse como Paula, los gritos de Simón lo desquiciaban. Asomó la cabeza hacia la celda y dijo:
–Cállate, cabrón, que tú estás hasta el cuello, maldito drogo de mierda.
Agarró su brazo y la arrastró hacia fuera del cuartel, la sentó a la fuerza en un murito que separaba la pared del cuartel de la arena de la playa. Recapacitó en la frase que había dicho el policía, “el maldito drogo de mierda” se le repitió en el oído como un eco.
–El mar tiene vista al cuartel –pensó después viendo la playa, igual que mi casa en Caracas, un hermoso condominio con vista al barrio marginal.
El policía reclinó su cuerpo y se sentó junto a ella con ademán amistoso. Su cuerpo de hombre parecía confiado de recibir lo que tanto necesitaba. Paula quería huir, pero tuvo miedo, podía matarla mientras corría o matar a Simón cuando se hubiera escapado. Ya le había echado un vistazo al arma del policía, lucía brillante y muy capaz de matarla.
Clavó su mirada reconociendo cada detalle de la pistola, el policía la movía dentro de su funda nerviosamente y rozaba el centro de su entrepierna con el cañón.
–Mira, ¿que tal si nos divertimos un rato? luego olvidamos todo y se van a casa.
La boca de Paula asumió la coordinación nuevamente, y sin que ella pudiera hacer nada para silenciarla, le habló de Dios al policía. Había estudiado toda su vida con las monjas y su cuerpo había interiorizado el discurso aunque su mente no lo creía.
–Dios todo lo ve, ahora nos está viendo– le dijo.
El policía se paró de la banqueta sobresaltado, caminó tres pasos lejos de ella dándole la espalda, se volteó bruscamente y colocó el cañón del arma sobre su cachete.
–¿Estás loca, de qué hablas? Dios no existe, pendeja.
–¿Y si existiera? ¿No nos estaría viendo?
–Mejor ya cállate o te amordazo, has lo que te digo, quítate la camisa, sólo quiero verte.
Paula se le quedó mirando y usando su razón retomó el control sobre su boca volviendo al tema de los hijos:
–Seguro que tiene una hija como yo, imagine que uno de sus compañeros le dijera que se quitara la camisa.
–¡Qué mierda, qué dices, pues sí tengo una hija... a ti que te importa!
–Sólo estoy conversando sobre los hijos– añadió Paula calmada mientras miraba a ninguna parte y pensaba si Dios existía de verdad como afirmaban sus padres y las monjas.
–No sé que tienes tú, carajita del carajo, mejor no me busco rollos. Tu novio es un dañado y seguro que tú también.
El policía jaloneó a Paula hacia adentro del cuartel, abrió la puerta de la celda para soltar a Simón y Paula lo abrazó tan fuerte que le sacó el aire. Le extrañaron las confesiones del policía, pero ella nunca había visto a Simón drogarse.
–Te hizo algo –le dijo Simón.
–Estoy bien –respondió –sólo estábamos conversando.
El policía sintió una punzada en el ojo bueno, recordó que le habían prohibido acercársele a su hija desde hacía 5 años. Notó con rabia que ya no tenía la erección de hacía cinco minutos.
–Cuento tres y no los veo, más vale que corran rápido, porque puedo arrepentirme y matarlos –les gritó el policía.
Salieron corriendo muy rápido hacia el sitio donde antes estaban sus amigos con los coches. Ya no había nadie conocido, unas personas les explicaron que se los habían llevado a la Delegación del pueblo. Caminaron hacía allá y cuando llegaron, los metieron presos, porque según los policías eran los que se habían fugado del cuartel. Estaban todos juntos, presos pero juntos, eran diez en total.
–No seremos fuertes, pero somos muchos –dijo Simón mientras abrazada a Paula del lado de adentro de los barrotes y se sonreía, parecía muy acostumbrado al ambiente.
–Hay que denunciar al tuerto de la playa –le dijo Paula –apenas vengan por nosotros.
Simón la miró y se quedó callado. Recordó los coches que se había robado y las drogas que les vendía a los amigos que tenían en común, incluso a los policías. La idea de Paula no le agradó.
Salieron de la Delegación casi a la madrugada del día siguiente, un vecino le avisó al papá de Simón y llegó con sus identificaciones. Paula le contó a su suegro lo que había pasado con aquel policía tuerto en la playa y él fue a quejarse de inmediato con el Prefecto. Ella nunca se lo hubiera contado a sus padres, porque seguro la castigarían o podría terminar en un convento. Pasado un tiempo, Paula fue donde su suegro para ver qué había pasado, ya estando frente él le preguntó:
–¿Suegro, qué le dijo el Prefecto?
Dijo, –tomaré en cuenta la denuncia, pero en este pueblo no hay ningún tuerto y menos entre mis policías... ¿Señor, la tal noviecita de su hijo no estaría drogada?
–¿Habías fumado, mijita? porque Simón no usa drogas –le dijo el suegro mirándola con el rabillo del ojo.
Paula se sintió culpable no sabía de qué: la escena se le hacía conocida, explicar y explicar mil veces sin que le creyeran. Le dolía el cuerpo y el arrepentimiento de algo que no había hecho. Buscó a Simón durante muchos días, según su criada nunca estaba en casa. Se enteró que le habían prohibido verla; sus amigos incondicionales ahora la miraban raro. Todos en el pueblo decían que ella era la “manzana podrida” del verano.
–¿Será que Dios sí existe?– se preguntó Paula mientras se encerró en el cuarto independiente de casa de su abuela. Añoró tanto los rituales religiosos de casa, rezó a solas por primera vez pidiendo que agosto se acabara pronto. Deseaba con todas su fuerzas que sus padres le prohibieran ir a la playa el próximo verano. Planeó robar las hostias consagradas en el colegio para lograrlo.


Creado 8 de junio del 2006 (corrección luego del taller: 10 de junio 2006)
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