CASA PROPIA


Estaba metida en un frasco blanquecino con base cuadrada que subía hasta un cuello estrecho rematado en unos rebordes circulares, gruesos y fríos. La seguridad me aliviaba, pero se volvía un tanto limitante. Trataba de explicar las situaciones de mi vida desde una perspectiva conservadora que me negaba a mi misma. Pasado unos meses la botella se volvió dócil tirando a un color inestable de momentos azulado, era una masa de vidrio caliente que se deja modelar sin anticipar ninguna forma futura. La incertidumbre había aniquilado el antiguo espejismo de protección porque se tornó incompetente. El calor se mantuvo por mucho tiempo y necesitaba urgente una habitación con figura definida. Te encontré y nació la expectativa. Me viste y pensaste que esa forma alterable era un gran defecto, que no podrías poner nombre a aquello que disfrutas, que no sabías que me definía y seguiste de largo, no te detuviste, no te detuve. Deseaba tanto que alguien pudiera detener los cambios, paralizarlos, darme tranquilidad. No tenía más remedio que contemplarme mientras el tiempo pasaba, cada vez me divertía más al verme reflejada en esas paredes tan versátiles y dejé de sentir miedo porque mi casa no tenía forma. La botella comenzó a endurecerse sin que me diera cuenta, la habitación agarró una forma abombada con boca abierta y lucía un tono rojizo. Ahora resido en un magnífico frutero y me siento satisfecha, de vez en cuando me colman la casa de olores y texturas diferentes y entonces brinco de agrado, pero debo confesar que mi mayor felicidad se dará en la próxima temporada de mangos.

28/04/05


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