2 de julio de 2006

Parpadeo

A la Mina

Aquellas sabanas me quedaron cortas, quise salir a conocer el resto del mundo, los otros animales decían que hay más tierras, que si corría hacía allá vería nuevos paisajes, nuevos animales y un horizonte que cuando te acercas se aleja más y más. Me gustaba la idea, me pareció un reto. Me gustaban los nuevos estímulos, es como tener el cerebro siempre funcionando y funcionando, alejado de la flojera y de las rutinas que tanto me aburren.
Tenía algo de sueño y pestañeé, de momento corría sobre el agua tan rápido, crucé el Atlántico y no me hundía, corría, lo increíble es que nunca me paré de correr, pude correr mucho y siempre a la misma velocidad, increíble, me dije increíble para una chita como yo. Llegué a las nuevas tierras era un sitio maravilloso, había abundancia de alimentos, de agua, todos los animales se la llevaban bien y vivían en armonía, aunque había depredadores muy peligrosos, así era todo muy natural. El espacio era amplio nadie tenía que vivir hacinado ni pelear con el otro por un poquito de tierra, había de todo para todos, un lugar apacible donde vivir, allí quise quedarme y me quedé.

Los años pasaron y yo seguía corriendo, aprendiendo de lo nuevo que veía, de las nuevas costumbres de los animales de esta tierra que luego me parecían tan familiares; pestañeé y empecé a cambiar la forma de mi cuerpo, me hice más pequeña, más delicada y menos salvaje. Por estos lados era más útil ser así. Mis grandes colmillos se cambiaron por unos más discretos, mi cara y mi cuerpo de chita se redujeron y con ese sólo pestañeo me convertí en una hermosa gata doméstica. Los terrenos nuevos eran más apacibles ahora, vivía en una casa grande, más bien en su jardín, me gustaba vivir así, ella venía y me ponía mi comida, a veces me daba unas croquetas de salmón y otros días una comida algo más húmeda y de extracto de res. Siempre tenía a dónde treparme porque hay árboles por todas partes, pero ya nadie me perseguía ni había otros depredadores que estuvieran dando lata a cada rato. Ese patio era una sabana grande sólo para mí, una sabana controlada, acá soñaba con mis largas carreras persiguiendo gacelas, pero desde la seguridad de mi caja de arena y de mi plato lleno de comida tres veces al día. Cero estrés, pues.

Anoche estaba sobre el buró y pestañeé, me fui inflando, inflando, era un globo enorme, sí una chita que se volvió gata que se volvió globo y de un hermoso color rojo. Me gustó ser llevada por el viento, hacía cosquillas, me llevaba y traía, un dulce paseo sin apuros, sólo la velocidad del viento y el destino que él había elegido para mí. Me paseó sobre Europa y le dije que allí se detuviera, casi instantáneamente frenó, si fuera un barco diría que me anclé en puerto seguro. Desde la tranquilidad de la brisa ligera con ninguna posibilidad de tormenta, divisé a mi hermano y a su familia, a mis amigos casi hermanos, a mis antiguos amores, todos estaban ahí haciendo sus vidas, seguían con sus vidas mientras yo los veía desde lo alto. Deseé visitarlos y pestañeé. Parada en sus puertas en mi versión humana veía como se mezclaban la sorpresa y la alegría, así en las caras de ellos, sólo viéndome en la puerta: parada y satisfecha. La gran familia, tener una gran familia es un serendipity, ¡el hallazgo más afortunado del mundo!

Luego de haberlos visto a todos, pestañeé, volví a ser globo y regresé al buró de mi dueña, lo único que había cambiado era mi posición, ahora sólo descansaba con las patas abiertas y hacia arriba, ella me hacía cosquillas en mi peluda panza, diciendo: ¡much, much, much, tan linda much!
Era bueno que mi vida corría a ritmos diferentes, de repente una quietud, luego un viaje muy pasional seguido de una quietud y así. ¿Quién se podría aburrir? Ya comí, hice mis necesidades y las tapé con la arena. Sacudí fuerte mis patas, no me gustan los granos de arena atascados entre los cojinetes. Corrí al árbol que daba a la azotea y debajo de la sombra me acosté a descansar, no sin antes corretearme un poco la cola y quedar exhausta.
Entre un pestañeo y otro, me vi frente a un gato...¡miau! un súper gato galán, siamés de ojos azules y pelambre grisáceo que me lamía tan divinamente. ¿Cuántos gatitos vamos a hacer? le dije. Me contestó con un sólo ¡miau!, pero qué ¡miau! tan sexy. Su pata se colocó sobre la mía y, en otro de mis pestañeos, ya éramos una pareja hermosa, dos hijos y una casa: humanos en una vida de humanos un tanto diferente. Éramos humanos integrados, necesito explicarte eso, a ver, a ver, ajá ya sé, cada uno estaba integrado al cuerpo del otro, también éramos parte de los cuerpos de nuestros hijos, éramos las paredes, los pisos y hasta los techos de la casa, metidos, inmersos, siendo parte de ella, de ellos, de todo. Eso era lo que yo siempre había llamado una integración duradera.

Pestañeé y sentí que su pata dejaba la mía, se la chupaba con tanto gusto, que me dio envidia y también me chupé toda. Al día siguiente mi dueña llegó con una caja de arena más grande, una camita para dos gatos y un nuevo plato de comida que decía Rufus. Con el tiempo descubrí que Rufus solía ser globo y volar, tenía el hábito de vivir como humano y sentir, frecuentaba aquella integración de casa, pareja y familia; pero lo sorprendente no es que hiciera todo eso, si no que deseara hacerlo conmigo. Eso nos hizo pestañear muy fuerte a los dos, pá que te decimos que no si sí.

13/09/05
J.E.T.M.