1 de noviembre de 2006

21 de junio



A su merced, JE

Era solsticio de verano cuando el sol brotó por entre las nubes. La cita estaba acordada desde la semana anterior y ambos esperaban ansiosos el día del encuentro. Ella llegó arregladita, olorosa e insinuante a su oficina, había idealizado ese día deteniéndose en las formas de besar, en los olores que se desprenderían al abrazarlo, simplemente deseaba sentirlo. No sabía que pasaría, pero su corazón latía muy fuerte cuando arribó a la puerta. Estaba abierta porque un vecino salía, decidió pasar y, cuando llegó al primer escalón, ya él venía bajando con su mirada esquiva. Llegaron arriba, ingresaron a la oficina y de momento el hombre de sus fantasías la agarró por el cuello y la besó, dejándose llevar por su locura. Ella se sorprendió porque él siempre había mantenido la distancia, pero ese día, al parecer, simplemente su cuerpo lo dejó en evidencia, lo traicionó. Ella se sonrió tímidamente, se sentó en una silla y dejó que todos sus sentidos se conectaran con los de él. Lo recorría con su mirada, trataba de tatuarlo dentro de sus ojos y, entre tanto, él le leía sus primeros poemas. ¡Qué escena tan romántica! –pensó. Quería escuchar, sentir y sentir, no poner ningún límite a aquella pasión que hace mucho guardaba dentro de su alma.
Se acercaron luego de la lectura y comenzaron a besarse, de momento todo era apasionado y luego los acercamientos adquirieron toques de una ternura irresistible. Se besaron como queriéndose tragar uno al otro, los olores se despertaron y entraron en contacto. Ya estaba grabada la particularidad del encuentro se quedó impregnada en la memoria, es algo imborrable –recapacitó espantada. Sus pasiones siempre le habían traído problemas y ahora tenía delante de ella al hombre que innumerables veces había acariciado en su mente, con la diferencia de que esta vez era real, estaba sucediendo.
Él estaba nervioso caminaba por toda la habitación buscando más libros de poemas, hablaba excesivamente, deseaba contarle todo lo que hasta ese día había mantenido en silencio. Ella quería dejarse llevar, sentir profundamente y lo hizo, se sintió un poco nerviosa, torpe, pero aún así siguió besándolo, compartiéndole su alma en cada toque de sus labios. Sabía que era un hombre prohibido, siempre lo supo, sin embargo, le gustaban las emociones fuertes, las intensas, aunque por eso había sido señalada y abandonada muchas veces. Esta vez quería sentirse viva, sin importar las secuelas. Algunos hombres no resistían su apasionada proximidad y simplemente huían temerosos, pese a eso, él sólo estaba allí, con miedo o no, pero allí junto a ella. Durante el encuentro se trató de controlar, tampoco era su idea entregarlo todo en la primera cita, si bien no le faltaron ganas de hacerlo. Él estaba impetuoso, quería comerla a punta de besuqueos, desnudarla y hacerle el amor en cualquier sitio de la oficina. Los latidos de su corazón podían oírse fuera del pecho, todo ella palpitaba. Hace tanto que no sentía eso –rumió para sí misma dentro de su cabeza –era un buen momento para volver a sentirse electrificada.
Pasaron las horas y él tenía una cita de trabajo, se despidieron sin querer dejarse, pero no había más nada que se pudiera hacer. Ella salió de la oficina con una gran sonrisa y se la pasó recordando ese momento y soñando con repetirlo. Puede que él se disculpe, que no la llame más, que diga “todo esa locura fue un error”, pero su piel ya lo tenía incorporado. Se la pasó durante el día pensando y pensando, reviviendo la escena como en una película, la divina y suculenta escena.
Cuando llegó la hora del atardecer sintió pena, se despediría del sol que estaba agonizando. Prefirió no saber si él la escogería a ella. Pensó en sus besos que aún le oprimían la punta de la boca, sintió miedo de perderlo, de no verle más. La sola idea desquició su cuerpo por completo y conjuró un fuerte hechizo gritando hacia el cielo: “De hoy en adelante estaré muerta, sólo renaceré cada solsticio de verano y viviré apasionadamente hasta que las horas de luz se sofoquen detrás de los volcanes del Distrito Federal”. Su deseo fue tan fuerte que se evaporó con el primer asomo de oscuridad.
Él la buscó afanosamente en los meses siguientes, pero nunca la encontró, estaba desconcertado y se marchó a París. Cada 21 de junio de los años sucesivos aconteció un terrible desencuentro. Él se sentaba en una banca de los Jardines de Luxemburgo y la recordaba con cada poro de su cuerpo mientras que ella, al otro lado del atlántico, lo esperaba con la boca húmeda en su antigua oficina.

21 de junio del 2005
Obra de Vlady, tomada de: