15 de mayo de 2008

Mi Caribe


a Rodolfo


Entro a tu cama a mitad de la noche. Duermes flotando en el vaivén, desnudo. Me deslizo dentro de las sábanas sumergiéndome mientras mi cuerpo se acopla al tuyo, detrás de ti. Mis curvas coinciden con las tuyas, somos una ola que en su curva desea destrozarse contra las piedras. Porque en plena espuma, existimos en un cuerpo unido, tendido de costado, respirando al unísono, con ganas de no dormirse.
Mi lengua arremete contra tu cuello, tu sabor macerado unge mi boca. Concentrado entra tu olor por mi nariz y enciende cada poro, cada rincón, cada uno de mis puertos. Te muerdo y mis dientes grandes como velas arrastran tu piel dentro de mi boca, la succionan, sueltan sus amarras, para luego volver a controlarla. A veces aprieto duro mis dientes para dejar sobre ti la marca del viento que me mueve, encarnado en tu fuego me volteas bruscamente para dejar que mis nalgas descansen sobre tu pubis... quieres quemarme, prenderle fuego a mi universo. Me repites como el eco del camarote: clavas tus dientes en mi cuello. Tus fauces de tormenta quieren tragarme, eres tan fuerte mordiéndolo todo, ya no sólo experimentas mi cuello, mis partes sucumben ante ti. Me sujetas como quien se aferra a un timón, quieres navegarme el resto de tus días.
Me gusta que lamas mis labios, todos mis labios. Eliges los que se hunden por capas y hacia dentro, los mismos que te presumen la única sal que necesitas. Tus manos manejan mi cuerpo buscando posturas, modelas la poca arena húmeda que me queda, la compactas. Quedo de espaldas, tumbada frente a ti, clavas tu mirada para salvar tu vida dentro de mis ojos. ¡Clávame más!, te digo. Tu cabeza desciende para abrirme desde abajo, pero te detienes un momento. Tu deseo de traspasar, de entrar en mí te gana. Al fin, oyendo mis súplicas de ¡hazlo ya!, entras con fuerza sabiendo que no hay sino agua en mis entrañas, que por un instante nada en el mundo te detiene. Quieres atravesar mi cuerpo, quedarte adentro, hacerlo tuyo, tatuar la punta de tu pene en el ojo de mi útero.
Yo grito, mi voz retumba en tus oídos. ¡Muévete, destrózame! Quiero absorberte, que mi vagina te succione y seas pirata atrapado, parte de mí. Tres golpes, cuatro, mil golpes… tu hombría somete hasta a mis ovarios. Yo lo quiero, deseo que me violentes, que no queden rastros de algo que me pertenezca. Roba mi mercancía, que se me olvide lo valioso de mí. En uno de tus conocidos giros quedo cabalgando, empalada sobre tu espada. Lacera mis paredes, duele. Mis aguas calientes te bañan, sale tanta que tu ombligo se emposa. Nos van tragando las tempestades. No hay marinero más aguerrido que el que fluye ante el naufragio. Porque aún hay océanos inexplorados y damiselas que entregan todo su mar.

© Nadir Chacín, 2009.
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