26 de abril de 2008

Tuya, María




Mi esposa me amaba con locura. Cada día perdía trozos de su cuerpo. Al ser partes de la mujer que amo, claro, las fui recolectando. Decía que para qué tener dos manos o diez dedos, que era una repetición innecesaria. Yo sabía que lo hacía por mí, aunque nunca lo aceptó públicamente.
Un día al salir a mi trabajo allí estaba una de sus últimas partes junto a mi billetera. Descansaba junto a una humedecida nota: “Para que no me extrañes en el trabajo, mi amor”. Mojada de rojo, pensé, entrega total.
Soy el coleccionista de María: la mujer que lo dio todo por su hombre.