13 de noviembre de 2008

Mi Creador




















Quédate, cambiaré todas tus bellezas. Las moldearé con mis manos una a una, mezcladas con agua, hasta que dejes de ser bella. Mataré tu nombre cuando destruya tu hermosa boca. Cuando mi barro tape la palidez de tus labios. Con lo que quede de ti haré otra mujer que no sea bella. Una inteligente. Tus sobras se perderán dentro de mi nueva creación. Y cuando te extrañe, que seguro pasará, esparciré buscándote los sesos de ella.

© Nadir Chacín, 2009.
Todos los derechos reservados.

7 de octubre de 2008

Satisfacción femenina



El primero siempre con la bragueta abierta.
Me demostraba su amor, jadeando,
moviendo su cadera como perro.
Yo era demasiado frígida para él.
El siguiente me traía flores... ¡tan sensible!
Entonces le resulté una ninfómana cruel.
Con mi último hombre soy tan poco:
su única mujer.



© Nadir Chacín, 2009.
Todos los derechos reservados.

Imagen: "Transfusión", de Günther Brus

29 de mayo de 2008

Cósmicos





Por N y R

Somos sagradamente nosotros mismos. Posas tus manos sobre mis hombros, acercas mi cuerpo al tuyo en un abrazo sin tiempos ni espacios absolutos, lo que puede verse, tocarse, olerse desaparece. Surge lo no dicho de lo que se dice, lo oculto debajo de la tela celeste, la parte inasible del misterio. Para nosotros no hay diferencia entre el sueño y la vigilia, no existen ayeres ni mañanas: tú y yo siempre vida, siempre Uno.

© Imagen, archivo personal de la autora.
© Nadir Chacín, 2009.
Todos los derechos reservados.

15 de mayo de 2008

Mi Caribe


a Rodolfo


Entro a tu cama a mitad de la noche. Duermes flotando en el vaivén, desnudo. Me deslizo dentro de las sábanas sumergiéndome mientras mi cuerpo se acopla al tuyo, detrás de ti. Mis curvas coinciden con las tuyas, somos una ola que en su curva desea destrozarse contra las piedras. Porque en plena espuma, existimos en un cuerpo unido, tendido de costado, respirando al unísono, con ganas de no dormirse.
Mi lengua arremete contra tu cuello, tu sabor macerado unge mi boca. Concentrado entra tu olor por mi nariz y enciende cada poro, cada rincón, cada uno de mis puertos. Te muerdo y mis dientes grandes como velas arrastran tu piel dentro de mi boca, la succionan, sueltan sus amarras, para luego volver a controlarla. A veces aprieto duro mis dientes para dejar sobre ti la marca del viento que me mueve, encarnado en tu fuego me volteas bruscamente para dejar que mis nalgas descansen sobre tu pubis... quieres quemarme, prenderle fuego a mi universo. Me repites como el eco del camarote: clavas tus dientes en mi cuello. Tus fauces de tormenta quieren tragarme, eres tan fuerte mordiéndolo todo, ya no sólo experimentas mi cuello, mis partes sucumben ante ti. Me sujetas como quien se aferra a un timón, quieres navegarme el resto de tus días.
Me gusta que lamas mis labios, todos mis labios. Eliges los que se hunden por capas y hacia dentro, los mismos que te presumen la única sal que necesitas. Tus manos manejan mi cuerpo buscando posturas, modelas la poca arena húmeda que me queda, la compactas. Quedo de espaldas, tumbada frente a ti, clavas tu mirada para salvar tu vida dentro de mis ojos. ¡Clávame más!, te digo. Tu cabeza desciende para abrirme desde abajo, pero te detienes un momento. Tu deseo de traspasar, de entrar en mí te gana. Al fin, oyendo mis súplicas de ¡hazlo ya!, entras con fuerza sabiendo que no hay sino agua en mis entrañas, que por un instante nada en el mundo te detiene. Quieres atravesar mi cuerpo, quedarte adentro, hacerlo tuyo, tatuar la punta de tu pene en el ojo de mi útero.
Yo grito, mi voz retumba en tus oídos. ¡Muévete, destrózame! Quiero absorberte, que mi vagina te succione y seas pirata atrapado, parte de mí. Tres golpes, cuatro, mil golpes… tu hombría somete hasta a mis ovarios. Yo lo quiero, deseo que me violentes, que no queden rastros de algo que me pertenezca. Roba mi mercancía, que se me olvide lo valioso de mí. En uno de tus conocidos giros quedo cabalgando, empalada sobre tu espada. Lacera mis paredes, duele. Mis aguas calientes te bañan, sale tanta que tu ombligo se emposa. Nos van tragando las tempestades. No hay marinero más aguerrido que el que fluye ante el naufragio. Porque aún hay océanos inexplorados y damiselas que entregan todo su mar.

© Nadir Chacín, 2009.
Todos los derechos reservados.

26 de abril de 2008

Tuya, María




Mi esposa me amaba con locura. Cada día perdía trozos de su cuerpo. Al ser partes de la mujer que amo, claro, las fui recolectando. Decía que para qué tener dos manos o diez dedos, que era una repetición innecesaria. Yo sabía que lo hacía por mí, aunque nunca lo aceptó públicamente.
Un día al salir a mi trabajo allí estaba una de sus últimas partes junto a mi billetera. Descansaba junto a una humedecida nota: “Para que no me extrañes en el trabajo, mi amor”. Mojada de rojo, pensé, entrega total.
Soy el coleccionista de María: la mujer que lo dio todo por su hombre.

20 de abril de 2008

Estar en las nubes


Él llegó con los mortales sin algunas costillas y con unas vértebras que poco a poco empezaron a torcerse.
Los galenos le dijeron que a su cuerpo le urgía un fierro recto que enderezara su columna. Ellos lo dicen en un idioma complicado, pero la verdad es que se había caído del cielo igual que yo.
Lo operaron para colocarle un dispositivo donde engranar sus nuevas alas.
El tiempo se encargó de integrar alma y metal.
Está listo para partir, yo también. Todo está preparado.
Iremos a casa en nuestro próximo encuentro.


29 de marzo de 2008

Atrevimiento


Vivir apasionadamente el desamor
es como quitarse un curita:
dolor inevitable,
buscar el tirón masoquista
de forma voluntaria
y saber que la herida ya sanó.
Hoy comparto contigo.
Tal vez mañana
la caída de este nuevo amor
sangre mis rodillas ¿y qué?
Cuando el amor y el desamor son pasionales
requieren del mismo atrevimiento.


11 de febrero de 2008

Pulp-DF


El amor lo conquista todo.
Virgilio


I.
Laura mira a su madre. Tiene un ojo morado y el labio inferior casi desprendido. Su madre le dice: tu padre me desea.

II.
Jaime odia su pesero, odia el pasaje que se sube, odia que le pidan la parada. A Laura la seduce su ira. Muchos actos de amor. Se muda con él.
Jaime regresa a casa luego de lidiar con el tráfico, grita como acostumbra. Ella siente que la ama. Un segundo después Jaime le pide perdón. Llega la noche, cogen apasionadamente y Jaime saca a Laura de sus casillas con un te amo.
Ella se muda al cuarto de Tomás en la misma vecindad, un estudiante de enfermería que receta a todos, incluso a Jaime.

III.
Al día siguiente, Laura gira el grifo del lavabo de la casa de Tomás. Nada sale. Bajo el espejo hay un botiquín de primeros auxilios. Husmea. Está vacío.
Cenan. Yo salvo vidas, le grita Tomás a Laura masticando los chilaquiles, ¿qué haces tú?
Laura friega los trastes. Friega. Deja la cocina reluciente. Se va a la azotea. Cuelga unas toallas húmedas en el tendedero. Desea tener hijos. Eso quiere hacer.
Tomás la manda al hospital dos veces por semana.

IV.
Quince días después Laura sonríe mientras recalienta el desayuno. Esta vez tiene la nariz rota. Es única para alguien. Ella está contenta pero no es suficiente.
La gente siempre obtiene lo que desea.

V.
Pasa un mes. La relación se apaga. Hoy no hay guardias nocturnas en el hospital.
Laura reniega. Tomás se va a beber con sus amigos. Seguro habrá una golpiza en el bar. Él llegará a dormir en plena madrugada habiendo malgastado su rabia. ¿Y ella qué? ¿Quién la deseará esa noche?
Jaime toca a la puerta. Laura lo extraña. Espera que Tomás regrese rápido y que Jaime la patee frente a él hasta su antiguo nido de amor. Quiere contarle a su madre. Pero Tomás siempre llega tarde y Jaime besa sus cicatrices, las que Tomás le regaló cuando aún la deseaba.


*Pulp-DF se publicó en la revista Eje Central, núm. 29 (Pornografía y libertad), México DF, 2009. Agradezco a Luis Ramaggio y a Rodrigo Ayala.

4 de febrero de 2008

14 de febrero

14 de febrero en la noche, la llamada de Manuel todavía no llega. Un gesto guerrero de la mano de Ana y un regalito con moño va a dar bruscamente a la basura.
Ella sale de su casa y camina descontrolada; con suficientes municiones en su boca y maquinando lo que promete ser una batalla sanguinolenta, se acerca con resolución a la trinchera del enemigo.
Toca el timbre, apenas Manuel abre la puerta de su casa, ella le atropella con su cuerpo e irrumpe hasta la mitad de la sala.
Como estrategia, Ana ataca primero:
“Manuel, se nota que no te importo, ni siquiera HOY fuiste capaz de hablarme”, le grita.
Él sólo dice: “¿Por qué, qué día es hoy?”.
Cuando el enemigo no está a tu altura las guerras son tan repugnantes.