3 de diciembre de 2006

Seré

Al desconocido... que replanteó mi identidad
Café de la Selva, Condesa




Colgaba fuera de su cara, un colgajo de carne: su accesorio tal vez. Yo todo colgaba, era la mitad de su cara, me balanceaba por fuera de él, sin tapujos, sin vergüenza. No le molestaba, ni le producía dolor, simplemente me balanceaba. Cuando estaba sentado en un café, una vez allí, él pretendía que era igual a los otros, que yo no existía; en realidad no pretendía para esos tiempos, creía que era normal puesto que así había nacido: conmigo colgando fuera de su cara. Yo me sentía tan singular y él conmigo tan singular.
Quién soy y qué efecto tenía para él mi presencia, saberlo exactamente, me tenía sin cuidado, fue así hasta que ella apareció.
Él ya era un adolescente cuando eso y fue un golpe duro ver que yo asustaba lo que él deseaba, cuando los otros lo hacían, me daba igual, pero que ella se asustara... le había entrado en la mirada como una ráfaga de viento alegre y yo, tan colgante, tan hiriente.
Ella se tomaba su café con leche descremada. El ritual: pegaba la boca a la taza, soplaba, daba un sorbo, y luego ponía: ¡esa cara de gusto...cuanto le encantaba a él! Solía sentarse pegada a la pared con su libro, de cuando en cuando, cambiaba de posición como en una danza, para allá y para acá, siempre una nueva posición salía de improviso, y en cada una de ellas, simplemente: la bella de él con su libro.
Cada semana el miércoles a las seis, cuando apenas entraba la noche, me llevaba consigo caminando sobre nubes al café de ella, su café. Caminaba sin preocuparse por los cruces de las calles, volando, como pensaba en ella -que la vería pronto- se le volvía insignificante el detalle de los arrollamientos, pero a mí no: yo quería existir.
Meses en lo mismo, yo y él, ella y sus libros. Pero aquel día por fin lo vio de reojo mientras manipulaba su libro para leer la contraportada, la pillé que lo vio. Como no noté ningún gesto especial en ella -ese que hacen los que me notan en su cara- supe que había visto a través de él, como suele pasarle a los que leen, ven algo y de inmediato vuelven a la lectura.
Se cambió de mesa en un intento desesperado por hacer que ella lo notara, se le acercó, justo al lado de su mesa, sentadito y libro en mano, pidió su tercer té. No tomaba café, nunca lo ha hecho, quizás eso le disgustará a ella: tan tomadora de café; bueno si se lo hubiera pedido... tantos han intentado lo mismo pero por ella...
Tosió dos veces, no estaba enfermo, pero tosió duro, lo más duro. Nada. Colocó su libro justo en la orilla de la mesa, allí inestable, y luego con el codo disimuladamente paaaan le dio un golpe y lo aventó al piso. Ella nada. Se agachó a recogerlo y fue cuando...uy...le vio las piernas, las notó por primera vez, eran: blancas, lisitas y hermosas. Se incorporó en la silla y ya no podía sacarse sus piernas de las pupilas; yo mientras, sólo colgaba y me sentía -más que antes- siendo tan siendo.
Mientras él pensaba que haría para hablarle, ella pidió su cuenta, pagó y se fue. No, no, no... Menos mal que la siguió por entre las calles intrincadas, llenas de parques; de lejos y por detrás la veía caminando con ese movimiento de cadera, la verdad, en movimiento se veía aún mejor y él lo notó. Yo tenía miedo de lo que pasaría. Ahora no sólo era la danza en la silla a la que lo tenía acostumbrado, sino que se movía en pleno con toda ella moviéndose gozosa, lo disfrutaba mientras lo hacía.
A unas cinco cuadras del café se detuvo y tomó asiento en un banquito típico de los parques, esos de hierro forjado. Cruzó su pierna derecha maravillosamente blanca sobre la izquierda aún más maravillosa. Él se paró detrás de un árbol cercano y comenzó a verla. Pasó uno en una bicicleta casi encima de sus pies, por su cara el tipo se sorprendió más de verme a mí colgando que él de su bicicleta que casi lo atropella. No importó, porque él igual le habló a ella, sucedió.
Estrategias de cortejo, no sabía ninguna, pero igual... “hola” y yo: colgante. Ella le respondió “qué tal” y yo: más colgante y presente que nunca. Conversaron un ratito y ella me había notado desde su primer hola, ¿cómo no hacerlo? Me sentí de más, ¡haciéndoles daño!
Ella se sintió incómoda, así se sienten los que tratan de esquivarme y su mirada se les regresa a mi, sin poderlo evitar. Le dijo “oye estoy apurada”; cuando minutos antes estaba descansando al estilo tiempo me sobra. “Chao, mucho gusto”: ella; “está bien, adiós”: él. Nos quedamos allí, él sentado y yo colgante, contemplamos su espalda como cuando la seguimos al parque: nuevamente su espalda.
Todas las otras caras son iguales, normales, y yo colgante: en definitiva él no tiene una cara normal. A ver si algún día me mutila, me saca de su vida; quizás en unos años, cuando ya haya visto mil espaldas de bellas con libros, notará con un odio real que le sobro. Ese día, seré menos colgante y más yo: en el plato de aluminio de una sala de cirugías y sin colgar de nadie.

1° de dic el 2006, 10:38 a.m.

29 de noviembre de 2006

También yo

Nunca he sabido -de manera objetiva- por qué somos así los seres humanos: basta con que nos digan “última llamada” y todos corremos a realizar las tareas que podríamos haber hecho antes. ¿Desafío al tiempo? ¿Ejercer cierto control sobre la vida, practicarlo con descaro en el último momento sólo para demostrar que sí podemos? Un deseo de locura se instaura a través de lo no realizado, comenzamos a sentirnos como en una aventura donde si no nos apuramos quedamos por fuera. El miedo a no pertenecer al grupo que obtuvo lo que nosotros andamos postergando, eso da fuerzas, las da para alcanzar las metas más inusitadas y después vanagloriarse de ello.
Hice una fila larga y cuando digo larga es muuuuy larga, tenía cientos de personas delante de mí, estábamos allí para ver la exposición de Egipto en el Museo Nacional de Antropología. Efectivamente, había surgido una urgencia colectiva: a todos y al mismo tiempo, justo el día en que clausuraban la muestra. Tenía meses colocada en el museo, abierta, disponible, pero eso de tener la cosa disponible se vuelve más seductor cuando uno vislumbra, cuando al fin comprendes: “ellos sí y yo no”, y en ese mismo instante nace el deseo irrefrenable de igualarse.
Nosotros afuera y en fila, rostros humeantes a pleno día, al otro lado del acceso, los faraones en sus sarcófagos no se enteran que ya pasaron a otro nivel (desde cuando). Pienso que la momificación es una especie de engaño premeditado, finges que no te has ido para los que se quedan, pero en verdad ya lo hiciste: te fuiste.
Esa señora aquí atrás parece que no sabe dónde está; también a ella le nació la urgencia ¡qué cosas!: quién sabe si la impulsaron las mismas razones que a mí. Cara sonriente, paraguas rojo, zapatos de hechicera: toda ella una Mary Poppins. Comenzamos a hablar más para distraernos que por interés mutuo. Encendí mi cigarro, ella estornudó, supongo que el humo le cosquilleó la nariz, realmente me importó un comino y seguí con las bocanadas y la plática.
Su vida feliz en el restaurante, me la contó toda con lujo de detalles, al fin, teníamos tiempo, que si los manteles a cuadros, que si los floreros desgastados y hasta su esposo de muy buen parecer. Imaginaba su cara siciliana gritando por la ventanita que daba a la cocina donde estaba ella:
–¡Melanzane, mujerrrrrr, melanzane!
Ella sonriente, melanzanes van y melanzanes vienen, simplemente gozosa: una sonrisa por cada plato. El tipo seguro que le gritaba, seguro.
Se veía tranquila a pesar de la muchedumbre y las horas de espera, entendí que ya tenía entrenamiento en soportar. Yo, por mi parte, sí me considero una novata, creo que estoy en el estado larvario de la paciencia. A la hora, ya echaba chispas por la piel y estaba en pleno ataque de ansiedad ansiosa (bien vale la redundancia).
Dos horas, tres, cuatro, mis pies con rechinidos de puertas gastadas en cada paso; no crean que la fila se movía mucho, era un minipaso cada treinta minutos, secuencias lentas de minipasos. Yo en mis minipasos y Mary Poppins atrás con su carota sonriente; no sé que era más irritante, si su cara o mi inoportuna maña de ver el reloj.
Anunciaron por el parlante:
–Estimado público, les informamos que el museo cerrará el acceso en una hora, lamentablemente sólo pasarán a ver la exposición aquellas personas que estén formadas en el pasillo interno. Gracias.
Qué podía ser peor, la sentencia de último minuto y yo a diez minipasos de la puerta hacia el mentado pasillo. Diez minipasos, calculando según el recorrido anterior llevaba más de una hora ese trayecto; comenzaron a asfixiarme los cálculos, por qué no podía ser como ella, así: ¡una durmiente feliz!
Cada tanto añadía una parte a su anécdota; tal vez será un poco mitómana la mujer, pobre, quizás su marido sí la maltrataba y le atrofió el cerebro; y absolutamente sonríe, qué pecado, sonrisa, siempre sonrisa. No se puede gastar la vida sólo sonriendo, sonrisa, sonrisa, qué es eso; la fila avanza un minipaso, ya estoy más cerca y ella, sonrisa, sonrisa. Quería empezar a trepar gente, subirme a las cabezas de la gente, treparme por arriba, uno, otro, avanzar lugar y meterme a la fuerza. “Señor, arrímese que está estorbando”, me meto así no más, a lo bestia.
Bestia, sí, soy larva, ¡larva total! En capullo o espuma como los sapos, que ponen espuma, o capullo de mariposa tal vez. Le hablo a Mary, más vale que me distraiga sino explotaré; una larva explotando suena horripilante, mejor hablo.
–¿Y por qué cerró el restaurante señora?
–Ay, mija, enviudé, eso pasa.
Uy... ya metí la pata, metí mi pata de larva con patas, quién me manda a preguntar, mejor me quedo larva muda, mejor, pero no...
–Qué pena, señora, mil disculpas.
–No te preocupes, a esta edad ya no se repara en la muerte, simplemente se sabe que llega, uno sólo espera.
Y los que no sabemos esperar... ¿qué? ¿qué hay de las larvas que no saben esperar?
–Qué cosa... y venimos a ver muertos en el museo como si fuera un espectáculo, será que los egipcios la esperaban, digo a la muerte... ¿usted qué cree?
Ahí está otra vez sonríe, sonríe.
–Yo qué sé, yo vine para distraerme, cuando uno está sola, tiene que distraerse porque si no...
Mary volteó de momento, dejó la frase cortada... y ésta qué ve... ¿qué ve? Sonríe, qué será que vio. Yo miré con mi cara de larva impresionada, se calló la señora y yo miré hacia dónde ella miraba. La fila había avanzado mucho, sólo nos faltaban dos lugares para el pasillo de la fortuna. Había logrado distraerme con su historia del marido muerto y ya casi estábamos por entrar.
Revisión de bolsas, aparatos antimetales, vip, vip; del otro lado, finalmente: el pasillo interno. Mary se despidió y yo sentí mi capullo, la espuma, mi condición apremiante de larva.
Corrí hacia La Sala de los Sarcófagos, con el cuento del marido muerto, se me antojaba uno, verlo, aunque fuera producto de un engaño premeditado, sí, se engañaban, lo hacían, igual que ella, que si espera la muerte, que si distraerse, que su dichosa sonrisa.
Inscripciones egipcias traducidas al castellano, qué ocurrencias las del curador. Paso la mano por el sarcófago, la cuidadora de sala dice “por favor, no lo toques”. Yo larva, ella exige, con eso no se puede, seguro ella sí los toca cuando nadie la ve.
Me pongo en un ángulo discreto lejos de su mirada que se parece a la sonrisa de Mary: me obligan, ambas me obligan. Vuelvo a pasarle la mano...el deseo cumplido, la urgencia satisfecha. Logré estar, ya pertenezco a los que estuvimos; el marido muerto de Mary ya no me importa, ni su sonrisa. La cuidadora no me ve.
Ya no puedo esperar, sigo larva, larva hasta mañana: la siemprelarva. Decir que estuve como ellos, sólo espero mañana para decir que estuve, sí, yo: seré igual, igual a ellos: ¡qué sabroso! Tantas horas de minipasos... El esposo de Mary se ha ido al igual que ella y la cuidadora. Se irán los faraones, pero yo no, yo larva, sigo aquí, larva satisfecha y presente, ay mañana... cuando les diga: ¡yo también!



28 nov 2006


26 de noviembre de 2006

Tradiciones

A mi hijo Nabil


La noche tiene un olor peculiar, huele a lluvia, a humedad, no hay casi ruido en la calle, me gusta cuando eso pasa, parece que se detuvieran los movimientos y que sólo importara... Siempre he pensado que las noches son una bendición, se puede meter uno en su oscuridad, deambular por los recuerdos y escoger uno para revivirlo y revivirlo.

Cuando era niña me gustaba encerrarme en el closet a jugar, pensaba que ese espacio tan estrecho era un gran mundo sólo para mí, lleno de mis juegos y fantasías. Allí nadie me decía qué hacer ni me limitaba, podía ser el personaje que yo quisiera; mi cuerpo hacía cualquier tipo de movimiento, esos que afuera serían imposibles, allí en ese espacio... todo era tan fluido.
Ese mundo tan grande construido con varios mundos diferentes dentro de él. En la esquina derecha estaba la casa de mis muñecas, siempre despelucadas porque me daba por cortarles el pelo según dizque para que estuvieran a la última moda (las pobres quedaban terribles); a mí me parecía súper exótico tener muñecas diferentes a las de las otras niñas, las mías tenían mi sello particular, tan raras como mi mundo: como yo.

Del lado izquierdo estaba el mundo animal, tirados por doquier - con cierto orden - estaban animales que jamás hubieran convivido juntos en la naturaleza, los veía conversando, disfrutando del buen clima e incluso hasta procreando raras especies (un poco mutantes); el pequeño elefante que le arranqué la cabeza y le puse la de la gallina: era un "elefanllina" y así. Acontecían disecciones en mi closet, vaya que sí, y el compartir partes entre los animales (lindo gesto de su parte), nacían a cada instante proles tan originales como mis muñecas “posmodernas”.
Encima de mí colgaba unas cuerdas que hacían las veces de los cables de un teleférico, en él se transportaban mis seres de un lado al otro del closet en una gavetita especial, se transportaban también mis fantasías y a veces (la mayoría) yo misma. Era un viaje por un mundo alegre, lleno de posibilidades, sin etiquetas.
Este teleférico era una versión local y muy mía del gran teleférico que se veía desde la ventana de mi cuarto, ese que une la ciudad de Caracas con la cima del gran cerro. Mi closet se conectaba con la montaña de manera mágica; algunas veces, cuando mis pequeños animales o mis muñecas se disponían a viajar del lado izquierdo al lado derecho de mi closet y yo con ellos (y se daba la magia) podía sentir en mi nariz el fuerte olor del pasto salvaje y de los pinos del Ávila.
Siempre metía un envase con agua dentro del closet, para darle unos chapuzones bien ricos a mis animales; podían respirar bajo el agua igual que yo, sí, yo respiraba en el agua cuando era niña ¡maravilloso!, cuando crecí perdí mi don. En aquel momento sí podía hacerlo y como yo podían mis muñecas y mis animales.
Crecí y regalaron todos mis juguetes a una prima más chica, su mamá los había puesto en su closet y un día me dijo que, mientras ella dormía, mis juguetes hacían mucho ruido y no la dejaban dormir bien. Yo le dije “prima, hazles un teleférico, ponles un envase con agua, córtales el pelo a las muñecas porque no les gusta tenerlo así normal sabes como las otras, seguro les creció mucho”. También le recomendé meterse un rato cada día en su closet y cerrar la puerta (uno puede recomendar ciertas cosas cuando tiene la experiencia).
Así lo hizo y pudo dormir bien los días siguientes: ella me lo dijo y yo le creo, aún le creo. Tenía 15 años cuando pasó, cuando me lo confesó, de alguna forma ese momento marcó un comienzo. Entendí que seguiría la tradición familiar que nació conmigo (para eso son las nuevas generaciones); me reconforta saber que he existido para algo tan digno.

Desde entonces cuando llueve y la noche adquiere un olor peculiar, me parece que se detuvieran los movimientos y sólo importara pertenecer a mi familia. Veo el closet de mi habitación, sonrío y simplemente: pertenezco.
28/09/05

1 de noviembre de 2006

21 de junio



A su merced, JE

Era solsticio de verano cuando el sol brotó por entre las nubes. La cita estaba acordada desde la semana anterior y ambos esperaban ansiosos el día del encuentro. Ella llegó arregladita, olorosa e insinuante a su oficina, había idealizado ese día deteniéndose en las formas de besar, en los olores que se desprenderían al abrazarlo, simplemente deseaba sentirlo. No sabía que pasaría, pero su corazón latía muy fuerte cuando arribó a la puerta. Estaba abierta porque un vecino salía, decidió pasar y, cuando llegó al primer escalón, ya él venía bajando con su mirada esquiva. Llegaron arriba, ingresaron a la oficina y de momento el hombre de sus fantasías la agarró por el cuello y la besó, dejándose llevar por su locura. Ella se sorprendió porque él siempre había mantenido la distancia, pero ese día, al parecer, simplemente su cuerpo lo dejó en evidencia, lo traicionó. Ella se sonrió tímidamente, se sentó en una silla y dejó que todos sus sentidos se conectaran con los de él. Lo recorría con su mirada, trataba de tatuarlo dentro de sus ojos y, entre tanto, él le leía sus primeros poemas. ¡Qué escena tan romántica! –pensó. Quería escuchar, sentir y sentir, no poner ningún límite a aquella pasión que hace mucho guardaba dentro de su alma.
Se acercaron luego de la lectura y comenzaron a besarse, de momento todo era apasionado y luego los acercamientos adquirieron toques de una ternura irresistible. Se besaron como queriéndose tragar uno al otro, los olores se despertaron y entraron en contacto. Ya estaba grabada la particularidad del encuentro se quedó impregnada en la memoria, es algo imborrable –recapacitó espantada. Sus pasiones siempre le habían traído problemas y ahora tenía delante de ella al hombre que innumerables veces había acariciado en su mente, con la diferencia de que esta vez era real, estaba sucediendo.
Él estaba nervioso caminaba por toda la habitación buscando más libros de poemas, hablaba excesivamente, deseaba contarle todo lo que hasta ese día había mantenido en silencio. Ella quería dejarse llevar, sentir profundamente y lo hizo, se sintió un poco nerviosa, torpe, pero aún así siguió besándolo, compartiéndole su alma en cada toque de sus labios. Sabía que era un hombre prohibido, siempre lo supo, sin embargo, le gustaban las emociones fuertes, las intensas, aunque por eso había sido señalada y abandonada muchas veces. Esta vez quería sentirse viva, sin importar las secuelas. Algunos hombres no resistían su apasionada proximidad y simplemente huían temerosos, pese a eso, él sólo estaba allí, con miedo o no, pero allí junto a ella. Durante el encuentro se trató de controlar, tampoco era su idea entregarlo todo en la primera cita, si bien no le faltaron ganas de hacerlo. Él estaba impetuoso, quería comerla a punta de besuqueos, desnudarla y hacerle el amor en cualquier sitio de la oficina. Los latidos de su corazón podían oírse fuera del pecho, todo ella palpitaba. Hace tanto que no sentía eso –rumió para sí misma dentro de su cabeza –era un buen momento para volver a sentirse electrificada.
Pasaron las horas y él tenía una cita de trabajo, se despidieron sin querer dejarse, pero no había más nada que se pudiera hacer. Ella salió de la oficina con una gran sonrisa y se la pasó recordando ese momento y soñando con repetirlo. Puede que él se disculpe, que no la llame más, que diga “todo esa locura fue un error”, pero su piel ya lo tenía incorporado. Se la pasó durante el día pensando y pensando, reviviendo la escena como en una película, la divina y suculenta escena.
Cuando llegó la hora del atardecer sintió pena, se despediría del sol que estaba agonizando. Prefirió no saber si él la escogería a ella. Pensó en sus besos que aún le oprimían la punta de la boca, sintió miedo de perderlo, de no verle más. La sola idea desquició su cuerpo por completo y conjuró un fuerte hechizo gritando hacia el cielo: “De hoy en adelante estaré muerta, sólo renaceré cada solsticio de verano y viviré apasionadamente hasta que las horas de luz se sofoquen detrás de los volcanes del Distrito Federal”. Su deseo fue tan fuerte que se evaporó con el primer asomo de oscuridad.
Él la buscó afanosamente en los meses siguientes, pero nunca la encontró, estaba desconcertado y se marchó a París. Cada 21 de junio de los años sucesivos aconteció un terrible desencuentro. Él se sentaba en una banca de los Jardines de Luxemburgo y la recordaba con cada poro de su cuerpo mientras que ella, al otro lado del atlántico, lo esperaba con la boca húmeda en su antigua oficina.

21 de junio del 2005
Obra de Vlady, tomada de:

Pleonasmo suicida

Se trataba de una noche de curación en que pretendía curarse, el cura-lo-todo lo miraba y él lo hacía de regreso con sus propios ojos. Eran unos ojos de suicida que veían su propia muerte en los ojos del otro, la muerte que sus propios ojos deseaban en su deseo más profundo. Si él tuviera las manos blancas, si tuviera en los labios las palabras correctas, si fuera mujer, sí, sí sí…le decía rumiando como vaca, su cerebro de bovino rumiante. El cura-lo-todo puso sus manos sobre ese cuerpo moribundo al que le traería la suerte, mientras su paciente de ojo trastornado veía en sus uñas, miles de pezuñas hirientes. Últimamente todo era una película barata, su vida era aquel pedazo de fierro que se le clavaría metálico en el pecho, aquella pastilla somnífera que le traería el sueño definitivo, la soga en la viga que no se rompería con su peso que no es el peso de una soga: el ratón-mascota muriendo en su caja como un presagio de muerte. Eso explicaría después a sus dolientes familiares su dolor herido, el por qué del adiós del suicida sin carta de despedida.

3 dic 2005
No merece foto porque ese tampoco

30 de octubre de 2006

Certeza


“Quisiera ver venir el mar
estas permanencias que me habitan”
Freddy Fernández


A mi madre, dulce madre

Sólo hay una
la que me abraza
con sus miradas
la que quiere que crezca protegida
la que me desea feliz
y se lo creo

Amor sin límite
del que abre los brazos y da
sin pasar facturas
sin esperar recompensas

Despiértate
en el deseo
mirar los colores
sentir con la piel
llenarte de ese amor
que trepida y salva

Nueva oportunidad
la de tus ojos llenos
de situaciones insospechadas
la que se quita la máscara
y deja a su cara ser sentida

Hoy celebro que te tengo
tu alma existe
porque no hay otra válida
sino la tuya

La que sin afanes
convierte visitas
en música
para mis oídos

Ahora soy capaz de verte
estar contigo finalmente

Eres algo más que tu nombre
eso que soy
con matices muy propios

Es corto el papel
necia la palabra
eres vida
amor del bueno

Me prefiguré
el día en que naciste
celebro tu venida
y la mía
de tus profundidades

Mar en movimiento
con retornos seguros
eres una certeza
que me ocupa


11.08.05

Nabil



A mi amado de trece



Te regalo mis carcajadas
fruto de mi amor que te agasaja

Me detengo en el recuerdo
de tu mirada
capaz de reverdecer
mis dichas

Transito
los espacios cotidianos
de mi vida

Ellos me abrazan
Susurrándome
que tú estás cerca de casa

La casa que ocupas
La que yo ocupo junto a ti

La que habito
la que tú habitas junto a mi

La casa
del amor correspondido
y eterno

Un año más,
¿Cuántos
se han ido?

Celebro
la poesía en mi vida
cada dos de junio

La aplaudo todos los días
los que fueron, son y serán

Mientras anhelo tus abrazos
a cada paso del segundero

2 junio 2005

Hijo












N o le temo a la distancia que nos separa, mi amor
A nímate! sabes que mis dulces
B esos viajan sobre alas de mariposa, cuando los recibes
I luminan tu sonrisa, te acompañan,
L ogran acercarnos.

G rande, muy grande, es mi alegría de tenerte, este
I nmenso amor que me trae tu
R ecuerdo. Cuando te pienso, llega hasta México el
O lor divino de tu niñez, de tu personita,
N o estoy soñando despierta,
E res tú a mi lado. Todos los domingos te
S iento cerca cuando escucho tu voz.

C olócame cerca de tu alma, atesora en tu mente el
H ogar que compartimos
A ños atrás, siente
C omo sigue vivo, y si te
I ntriga ¿por qué no me extrañas?, es porque
N o me ido, habito dentro de ti.




2 junio 2002

A su bajeza

A Javier Castellanos


A un paso / desde tu cintura y más debajo de ella / se encuentra una sabana / seguida de sendas montañas que entre mis manos / parecen frutas deliciosas / degustaciones míticas / de esas que producen idilios / tus rodillas / como final de esas calles que son tus piernas / aquéllas que se encargan de llevarte hasta mi / sí, son tus pies / de una largura exquisita donde te apoyas / desde tu cintura atrás y hacia arriba / la explanada de suertes donde me abrazo / es tu espalda con surco profundo / que simplemente enloquece / con cierto disimulo / camino al cielo / pero seguro / se despliega tu cuello / cuna de mis deseos perversos / escondido detrás de tu cabello batiente / latigazos primitivos / marco y escenario a la vez de tu hermoso rostro / lleno de partes sutiles / son tus lindos ojos / vientre fecundo donde renace tu mirarme / Nadir en los ojos de Javier / de líneas rectas y finales angulosos / cercanos a tus sienes / por allí y hacia delante / dejo que me hipnoticen / dulce encanto de sabor a mango son tus labios / refugio de esas palabras que no se dicen sino con la boca cerrada / quedarse atónito / sentir el te quiero anhelado / divino hallazgo / bajo hacia tu pecho mi lengua / una vez allí se estremecen tus pezones esperando una dosis casi aletargante de placeres / me resbalo camino a tu ombligo / a la locura que es detenerme en tu regazo / allí me anclo / me deslizo hasta tu pubis / manjar tan recordado / todo mi cuerpo se deja arrastrar / para encontrarse con tu piel ébano rozando mis palideces / postre de consistentes contrastes / una luz tenue / ambientación inevitable de un encuentro / donde tus siempres me leen y yo te leo.

De maléfica
5/09/2000

1 de octubre de 2006

Las historias de Chimal

En la página http://www.lashistorias.com.mx encontrarán el concurso que hace mi profesor Alberto Chimal sobre minificciones. Todos los meses coloca una foto para que el participante cree una historia sobre ella y luego se someten todas a concurso. Les coloco acá mis participaciones (cuatro cuentitos), pero igual los remito a la página de mi maestro por si quieren leer las historias de los demás que vayan concursando.
Salu2



MI UNICA MANO
Mis manos eran incomparables, podría decirse que pertenecían a dos personas diferentes. La izquierda pronto se cansó, cedió, temía jalarte y jalarte sin ningún éxito hasta que se rindió. No hizo más nada, simplemente accedió a perderte irremediablemente. La derecha, en cambio, urdió el plan, consiguió los hilos y las agarraderas, los entrelazó formando la herramienta que te detendría, ya no podrías irte de mi, alejarte. Al principio sólo conseguía inmovilizarte, ese era el propósito, pero en la práctica encontró más formas de tenerte, una de ellas muyyyyy efectiva desde su creación. Movía los hilos y tú te movías con ellos, te hacía bailar, comer, caminar, eso la divertía. Una ocasión, la más importante de todas, logró que te golpearas con tus propias manos y se esmeró, practicó y practicó, y te golpeabas y te golpeabas hasta que se volvió una maestra en el arte de los hilos y tus autogolpes. No te has ido de mi lado y ya no te irás: un hombre desconfiado de sí mismo es más útil como pareja. Confieso que mi mano derecha llegó a gustarme tanto que me amputé la izquierda.
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MODERNIDAD

Nuestras manos ya no son suficientes, la revolución industrial nos dejó mal acostumbrados.

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EL RECLAMO

Oye Gulliver… nuestras únicas dos hamacas por favor… ¡para qué te las llevaste! Dejarnos solamente las cuerdas…¡Vaya plan! Te mandaremos ya mero a nuestros cuates de Brobdingnag.

Firman
Los habitantes de Lilliput
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JUSTIFICACIÓN ORACULAR

La tarotista me dijo que la imagen original de la carta mostraba una mujer domando a un león, su significado: someter al bestialismo interno, en otras palabras, doblarle las rodillas a las bajas pasiones que ciegan la razón. Me pregunto si la nueva herramienta que inventé servirá para dejar de desearte, reprimir mis ganas de besar los más oscuros rincones de tu cuerpo. Con el artefacto en mi mano derecha sujeté mi deseo con dos cables de metal, tiré de las agarraderas, lo mantuve un momento casi cohibido, pero a pesar de mi invento la bestia no se contuvo. Amagó su retroceso seguido de unos fuertes tirones, finalmente se soltó y yo tuve que buscarte, acorralarte contra la pared y hacer que te desvistieras. Te salté encima, bien podría decirse que parecía un felino atacando a su presa. Una vez consumido el acto volví con la tarotista para reclamarle mi dinero, sin lugar a dudas, era una charlatana.

18 de septiembre de 2006

Voluntad



Las esquinas estaban formadas por dos líneas unidas en un mismo punto. Cuando miraba el recorrido de cada línea alejándose del punto de su encuentro, notaba que ésta se unía con otra al final del recorrido formando otra esquina. Cada esquina era tan igual a la anterior y así y así, que su terquedad me repugnaba a la vista, sin embargo había algo que me hermanaba con este habitáculo conformado de esquinas. Me parecía familiar.
La atracción por lo que creía una dinámica de las esquinas me empujaba a pensar en ellas de manera constante, agudizaba el análisis centrando mi meta en hallar las causas y las consecuencias de su supuesta organización.
¿Qué podría ser más interesante?, sabiendo que se repetirían las esquinas las unas a las otras -eso no necesitaba explicación, era un hecho absoluto- entonces, sólo me restaba conocer de dónde venía tanta persistencia y qué pasaría después con su obcecada repetición.
¿Las esquinas serían capaces de mantenerse así con el paso del tiempo, fijas, ecuánimes? ¿Permanecerían un tiempo grande o su condición era algo temporal? Reflexionaba en que la estabilidad del sistema es algo vivo aunque no cambie su apariencia, es la única manera de mantenerse permanente. Ver una esquina que sigue a otra por ejemplo, cómo “algo” que ya pasó te da una experiencia y así, anticipando muy seguro la esquina siguiente o esperando el embate de ese destino vivo y creativo, me reía del desenlace: comprobar que no hay innovación, sino un patrón ya sabido por mi mente. ¿Mi pensamiento le inyectaba vida a las esquinas o tenían vida propia? ¿Ese habitáculo no tenía tanta vida como yo creía, algo en él había muerto o estaba muriendo por más que mi cabeza tratara de revivirlo?
Estas incógnitas implicaban un acto de sabiduría de mi parte, sacar de toda esa agonía monótona algo que valiera la pena, algo por qué luchar, un reto, una hilacha de vida vibrante aunque sea estática o no. Alguna palpitación de vida podría estárseme pasando por alto. Caminaba con sigilo por toda la dimensión del habitáculo, captando su esencia y buscando, siempre buscando “algo” que me permitiera revivirlo, que me diera fortaleza y le diera solidez también al habitáculo. La búsqueda, sí, cada parte de mi pensamiento en desespero incesante.
De tanto análisis tropecé con una de tantas esquinas sin poder evitarlo, noté que se me habían arrugado los dedos dentro de los zapatos debido al choque. Por más desconocidos que me parecieran estaban ahí, no eran parte del entorno ni del habitáculo, tenían una vida independiente: mis dedos se estaban moviendo, en efecto, se movían.
La vida de ellos estaba trazada con otras reglas y, por más que los zapatos los definieran y los limitaran, tenían vida “sin lugar a dudas”. Estaban vivos y separados del habitáculo, no seguían las directrices de las necias esquinas ni siquiera las limitaciones impuestas por las hormas de mis zapatos. ¿A qué obedecía este imprevisto o, mejor dicho, este descubrimiento? ¿Por qué habría vida en mis pies si el habitáculo agonizaba?
Mi cabeza estaba ahora en un nuevo escenario, descubrirme con unos pies vivos dentro de un habitáculo más grande agonizante y que moriría si yo no pensaba en la permanencia de sus esquinas. Moví entonces cada parte de mi pie con cautela, primero uno, luego el otro, me separé de la esquina. Comencé a centrarme en la tendencia de mis dedos, eran libres, se movían para allá y para acá, en un despilfarro de movimientos sin consecuencias fatales, nada de lo conocido se arruinaba por su comportamiento. El habitáculo seguía allí a pesar del movimiento de mis pies, no había un futuro nefasto causándome preocupación.
Vino el razonamiento que era lógico en estas circunstancias, ¿qué soy de mis pies? Cuando retomé el habitáculo, cuando me percaté de que seguía ahí después de mi pregunta, ya nada era lo mismo. No me interesaba su agonía ni sus esquinas, ni siquiera me interesaba la recién descubierta libertad de mi pies, sólo me interesaba chocarme con las esquinas y sentir mis pies independientes.
Repetidas veces choqué y me pregunté ¿qué soy de mis pies? En una de tantas preguntas, surgirá la respuesta, estaba seguro.
Se volvió incansable el mecanismo y justo antes de caer en la rutina o destrozarme más las puntas de mis pies, surgió la respuesta a tiempo. Apareció un segundo antes de hacer que mis pies chocaran con la siguiente esquina. Los dedos de mis pies comenzaron a encogerse sobre sí mismos, no habían chocado con nada y sin embargo se retorcían y yo gritaba aturdido. Traté de estirarlos y luego de unos minutos dolorosos se relajaron.
¿Yo era parte de mis dedos y de mis pies?, sí lo era. El habitáculo estaba separado de mí y yo de él, así de contundente. No dependía de sus esquinas ni del choque adictivo, porque mis pies tenían una vida separada, libre. Me di cuenta que siempre fue así, me di cuenta, siempre fueron libres mis pies, agarré valentía y salí del habitáculo.
Terminó la experiencia. Fuera del habitáculo, no me aventuré a pensar que más podía ser yo, sabes, más allá de mis dedos y de mis pies libres, el nuevo impulso no dio para tanto en aquel momento.
Con el tiempo, mi nueva condición de ser fue el comienzo de más revelaciones acerca de mi cuerpo. No lo sabía de antemano, pero poco a poco busqué destrozarme los pies en cada nuevo evento fuera del habitáculo y, un día como hoy, finalmente dejé de identificarme con ellos por voluntad propia.


Caracas, 5 Septiembre 2006
Imagen en contexto original, Foto de Luis E. Andrade

8 de julio de 2006

Agosto


Los años de la familia transcurrían entre eventos católicos finamente programados y las vacaciones eran los únicos momentos de autonomía para los más jóvenes. A Paula le parecían payasadas toda esa rezadera y penitencias, la hostia sagrada y el bla bla bla religioso; sólo le interesaba la llegada del mes de agosto cada año. Sus padres le daban permiso para ir a la casa de su abuela en la playa. Había dispuesto un cuarto para Paula por la parte de atrás de la cocina, así le podía dar una estancia independiente a su nieta en plena pubertad.
Ella tenía quince años ese verano, ya gozaba de un cuerpo voluptuoso para gusto de los hombres que la miraban continuamente. Era virgen, pero quería dejar de serlo: todas sus amigas ya lo habían hecho menos ella. Su piel le pedía algo, pero tenía miedo de la petición y de sus consecuencias.
Las familias de Caracas venían cada año por la temporada de verano, el pueblo se llenaba de jóvenes. Todas las noches acostumbraban reunirse en el gran malecón a la orilla del mar, acudían con ropa bien ligera o traje de baño, estacionaban sus coches, ponían música a todo volumen y se tomaban muchos, muchos tragos.
A Paula le encantaba su grupo de amigos incondicionales durante la temporada, lo había construido con esfuerzo durante muchos años y se vanagloriaba de tenerlo. Se jactaba también de la relación con Simón, su novio clandestino; sus padres lo rechazaban porque decían que era una mala influencia para ella, aún así le gustaba y estaba muy enamorada.
Esta joven pareja hacía su agosto, porque sólo entonces podría decirse que era su mes, y alimentaba su enamoramiento en esos treinta días. Verse a menudo hubiera sido genial, Paula quería florecer el resto de los meses junto a él pero sus padres les temían a las relaciones antes del matrimonio y ella mucho más.
Aquella noche Paula y Simón hicieron lo mismo que todas las anteriores, bajaron al malecón caminaban abrazados uno detrás del otro como suelen hacer los adolescentes. Se alejaron de su grupo mientras sonaba una canción de moda y corearon: “yo lo que quiero es ponerte a ti...yo lo que quiero es ponerte a ti, en cuatro, en cuatro”, se rieron juntos y Paula bajó la mirada. Caminaron por la orilla de la playa para ver las estrellas sin las luces de los coches, se quitaron las sandalias para sentir la arena en los pies y Simón las sujetaba con su mano derecha porque en la otra retenía la mano de Paula. Acostados en la arena se abrazaron con ternura, Simón decía algo de la forma que hacían las estrellas al juntarse con una línea, las veía difusas por los efectos de la marihuana. Paula escuchaba el rugido del mar sin prestarle mucha atención al cielo y sin enterarse de que Simón estaba drogado. Distraídos, ensimismados cada uno en su asunto, no se fijaron que se acercaban dos policías caminando por la arena. Notaron su presencia cuando sintieron el linternazo en sus caras y la orden enérgica:
–¡Jóvenes, identificación!
–Nunca se lleva identificación a la playa en las noches, señor oficial, y menos cuando la casa está casi en frente –les dijo Simón a los policías, riéndose como loco –no estamos haciendo nada malo, sólo viendo las estrellas.
Paula abrazó a Simón, nunca le habían gustado los policías, si existía un policía honesto en un millón era porque la vida creaba exageraciones de manera natural.
Los policías se molestaron por la risa burlona de Simón, a Paula le pareció que ya lo conocían, pero se dijo –¡No, no es posible!–. Dijeron algo sobre actos inmorales en espacios públicos y se los llevaron detenidos; caminaron custodiados hasta un cuartel pequeño que se encontraba al final de la bahía. Su grupo estaba al otro extremo del malecón y les impidieron avisarle. A Simón lo encerraron en una pequeña celda, uno de los policías se despidió sonriente de su compañero y se fue caminando tranquilo por el malecón. El policía que se quedó con Paula le había hecho un gesto de “ya vete” al otro, un minuto antes de que se marchara, devolviéndole la sonrisa.
En el cuartel había dos espacios separados por una gruesa pared, la celda donde estaba Simón y la pequeña oficina, en la cual el policía le ordenó a Paula que se sentara en la silla frente a su escritorio; la alejó de su novio y ella sintió que uno de sus párpados adquirió autonomía, le temblaba solo.
El policía no le quitó la mirada de encima mientras se acomodó en la silla del otro lado del escritorio: un rey hizo posesión de su merecido trono. Se dirigió a Paula con un tono culpabilizante que le recordó su ambiente familiar:
–Lo que hicieron estuvo muuuuy mal, muy mal... ahora tienes que portarte bien.
Paula se mordió el labio sin querer y se sacó sangre. El policía agregó:
–Tienes la manera de que esta noche termine de la mejor forma posible... –seguía sonriendo mientras hablaba, alternaba risa y palabra –¿quieres eso, no, que ya termine?
–Pero si nosotros no hicimos nada, señor oficial, sólo veíamos las estrellas.
Los poros de su piel comenzaron a sudar incontrolablemente, el policía le ordenaba quitarse la camisa para revisar si tenía drogas escondidas en alguna parte.
–No puedo quitármela –le dijo angustiada al policía –¡Abajo sólo cargo traje de baño, señor!–. Su novio le había prestado una de sus camisas mangas largas y había acudido así al malecón.
El oficial tenía una pistola, su uniforme lucía desgastado y la panza se le desbordada fuera del cinturón. Uno de sus ojos estaba todo negro, le faltaba la parte blanca, le había tocado un policía tuerto. De nuevo, afirmaba que sus exageraciones no eran de ella, sino que eran caprichos de la vida.
–Un policía tuerto, hazme el favor –se repetía en su cabeza.
–Mira niña, mejor es que colabores, no vaya a ser que se te dañe la noche más de lo que está –añadió el policía –la pasabas bien con tu novio hace un rato, por qué no arreglamos este problema. Mira, él está encerrado y no saldrán de aquí hasta la mañana, tenemos tiempo.
Paula comenzó a hablar sin parar ni un segundo, de cuando en cuando el policía le decía –cállate, hablas mucho– pero seguía... su boca hablaba sola y ella no podía mantener el mando de la situación. Ya no podía dejar de hacerlo, hablaba y hablaba. De repente le entró la conciencia de su boca y la controló, comenzó a preguntarle sosegada si tenía hijos.
–Seguramente tiene una hija como yo, de mi edad –le dijo.
–Cállate, cállate, carajo –respondió el policía molesto.
Colocó la punta de su pistola en la rodilla de Paula y comenzó a deslizarla hacia arriba por su muslo. Ella saltó de la silla como si le hubieran quemado el trasero con una plancha caliente y volvió a hablar rápido, cada vez hablaba más, más y más rápido.
–Cállate, te dije, coño, cállate, sssch, ssch.
Al otro lado de la pared se escuchaban las patadas que Simón le pegaba a la reja para tratar de abrirla, gritaba muy duro y Paula se angustiaba más.
–Ojalá dejara de gritar –se decía.
–¡Si le haces algo te mato, te lo juro que te mato! –gritaba Simón lo más duro que podía.
El policía comenzó a desesperarse como Paula, los gritos de Simón lo desquiciaban. Asomó la cabeza hacia la celda y dijo:
–Cállate, cabrón, que tú estás hasta el cuello, maldito drogo de mierda.
Agarró su brazo y la arrastró hacia fuera del cuartel, la sentó a la fuerza en un murito que separaba la pared del cuartel de la arena de la playa. Recapacitó en la frase que había dicho el policía, “el maldito drogo de mierda” se le repitió en el oído como un eco.
–El mar tiene vista al cuartel –pensó después viendo la playa, igual que mi casa en Caracas, un hermoso condominio con vista al barrio marginal.
El policía reclinó su cuerpo y se sentó junto a ella con ademán amistoso. Su cuerpo de hombre parecía confiado de recibir lo que tanto necesitaba. Paula quería huir, pero tuvo miedo, podía matarla mientras corría o matar a Simón cuando se hubiera escapado. Ya le había echado un vistazo al arma del policía, lucía brillante y muy capaz de matarla.
Clavó su mirada reconociendo cada detalle de la pistola, el policía la movía dentro de su funda nerviosamente y rozaba el centro de su entrepierna con el cañón.
–Mira, ¿que tal si nos divertimos un rato? luego olvidamos todo y se van a casa.
La boca de Paula asumió la coordinación nuevamente, y sin que ella pudiera hacer nada para silenciarla, le habló de Dios al policía. Había estudiado toda su vida con las monjas y su cuerpo había interiorizado el discurso aunque su mente no lo creía.
–Dios todo lo ve, ahora nos está viendo– le dijo.
El policía se paró de la banqueta sobresaltado, caminó tres pasos lejos de ella dándole la espalda, se volteó bruscamente y colocó el cañón del arma sobre su cachete.
–¿Estás loca, de qué hablas? Dios no existe, pendeja.
–¿Y si existiera? ¿No nos estaría viendo?
–Mejor ya cállate o te amordazo, has lo que te digo, quítate la camisa, sólo quiero verte.
Paula se le quedó mirando y usando su razón retomó el control sobre su boca volviendo al tema de los hijos:
–Seguro que tiene una hija como yo, imagine que uno de sus compañeros le dijera que se quitara la camisa.
–¡Qué mierda, qué dices, pues sí tengo una hija... a ti que te importa!
–Sólo estoy conversando sobre los hijos– añadió Paula calmada mientras miraba a ninguna parte y pensaba si Dios existía de verdad como afirmaban sus padres y las monjas.
–No sé que tienes tú, carajita del carajo, mejor no me busco rollos. Tu novio es un dañado y seguro que tú también.
El policía jaloneó a Paula hacia adentro del cuartel, abrió la puerta de la celda para soltar a Simón y Paula lo abrazó tan fuerte que le sacó el aire. Le extrañaron las confesiones del policía, pero ella nunca había visto a Simón drogarse.
–Te hizo algo –le dijo Simón.
–Estoy bien –respondió –sólo estábamos conversando.
El policía sintió una punzada en el ojo bueno, recordó que le habían prohibido acercársele a su hija desde hacía 5 años. Notó con rabia que ya no tenía la erección de hacía cinco minutos.
–Cuento tres y no los veo, más vale que corran rápido, porque puedo arrepentirme y matarlos –les gritó el policía.
Salieron corriendo muy rápido hacia el sitio donde antes estaban sus amigos con los coches. Ya no había nadie conocido, unas personas les explicaron que se los habían llevado a la Delegación del pueblo. Caminaron hacía allá y cuando llegaron, los metieron presos, porque según los policías eran los que se habían fugado del cuartel. Estaban todos juntos, presos pero juntos, eran diez en total.
–No seremos fuertes, pero somos muchos –dijo Simón mientras abrazada a Paula del lado de adentro de los barrotes y se sonreía, parecía muy acostumbrado al ambiente.
–Hay que denunciar al tuerto de la playa –le dijo Paula –apenas vengan por nosotros.
Simón la miró y se quedó callado. Recordó los coches que se había robado y las drogas que les vendía a los amigos que tenían en común, incluso a los policías. La idea de Paula no le agradó.
Salieron de la Delegación casi a la madrugada del día siguiente, un vecino le avisó al papá de Simón y llegó con sus identificaciones. Paula le contó a su suegro lo que había pasado con aquel policía tuerto en la playa y él fue a quejarse de inmediato con el Prefecto. Ella nunca se lo hubiera contado a sus padres, porque seguro la castigarían o podría terminar en un convento. Pasado un tiempo, Paula fue donde su suegro para ver qué había pasado, ya estando frente él le preguntó:
–¿Suegro, qué le dijo el Prefecto?
Dijo, –tomaré en cuenta la denuncia, pero en este pueblo no hay ningún tuerto y menos entre mis policías... ¿Señor, la tal noviecita de su hijo no estaría drogada?
–¿Habías fumado, mijita? porque Simón no usa drogas –le dijo el suegro mirándola con el rabillo del ojo.
Paula se sintió culpable no sabía de qué: la escena se le hacía conocida, explicar y explicar mil veces sin que le creyeran. Le dolía el cuerpo y el arrepentimiento de algo que no había hecho. Buscó a Simón durante muchos días, según su criada nunca estaba en casa. Se enteró que le habían prohibido verla; sus amigos incondicionales ahora la miraban raro. Todos en el pueblo decían que ella era la “manzana podrida” del verano.
–¿Será que Dios sí existe?– se preguntó Paula mientras se encerró en el cuarto independiente de casa de su abuela. Añoró tanto los rituales religiosos de casa, rezó a solas por primera vez pidiendo que agosto se acabara pronto. Deseaba con todas su fuerzas que sus padres le prohibieran ir a la playa el próximo verano. Planeó robar las hostias consagradas en el colegio para lograrlo.


Creado 8 de junio del 2006 (corrección luego del taller: 10 de junio 2006)
Imagen en contexto original

5 de julio de 2006

El amor que cura (qué cura)



El amor qué cura
 

En vez de sangre corría miedo por sus venas. Algo perpetuo, como un gran tsunami que la ahogaba desde adentro hacia afuera. Era un sentimiento nefasto, decía que ya no era ella, andaba escondiéndose todo el tiempo, revisando las esquinas que dejaba atrás con cada paso, a veces se despertaba con sobresalto, ¡sus pesadillas eran tan genuinas!

Su mal se extendía, ya no le hacía falta estar dormida para sentir miedo, su cerebro no distinguía si las imágenes eran reales, sólo hacían que el cuerpo se le erizara. Había inventado miles de cosas: parches de pasiflorina con tila, remedios florales que cambiarían su estado de ánimo, masajes antiestrés, clases de yoga y karate en una estéril alternancia, puedo decir que lo intentó todo, hasta los extremos más placenteros: someternos a dosis altas de erotismo que nos dejaban relajados por tan sólo un segundo.

Lo único cierto es que los años pasaron y el miedo no se le fue. Empecé a preguntarme si yo era el espejo de su miedo o si se trataba de un mal congénito: bien dicen los galenos que la genética es irreversible. Una mañana abrió sus ojos acostada junto a mí y todavía tenía la imagen de aquel tipo extraño masturbándose en los asientos del cine me dijo, trataba de huir mientras él sostenía su brazo con fuerza y le decía jadeando – ¡dame un segundo…ya casi acabo! El sabor amargo seguía en su boca al levantarse de la cama mientras gritaba, cepilló sus dientes tan duro que le sangraron las encías. 5 a.m. de la madrugada y yo peleándome con ella sin saber si finalmente se había ido el tipo o seguía persiguiéndola, nunca supe bien que le pasó.

Me declaré incompetente, sin salida. Ya no habían diferencias, ni matices, ella se convirtió en un lugar oscuro e inhabitable donde yo no cabía. Solía sostener que si algo podía curarla era mi amor, pero terminé dudando de su certeza. El psicoanalista decía que su miedo era débil porque no la paralizaba, en efecto nunca dejó de tocar.

Cada día movía sus manos con más lentitud sobre el chelo, pero aún así, las melodías salían volando como siempre. La música le proporcionaba lo que yo no supe darle, una trinchera donde esconderse. La noche de ese día tocó un concierto de Dmitry Shostakovich, pensaba que estaba dedicado a mi pero luego me di cuenta que todo lo hacía para ella misma; por las cuerdas comenzaron a resbalar gotas de sangre y sus dedos tenían ranuras como la tierra recién arada, –sólo somos una herida profunda– me dijo mientras la veía lastimarse.


El amor que cura
 

Estoy rodeada de la espuma del Mar Rojo de la playa de Hurghada, él la trajo sólo para mí…viene seguido a verme. Las paredes están suavecitas por todas partes, llenas de espuma y está tan calentito aquí. Parece que se hicieron colchones alrededor de mí con tanta espuma.

En cada visita le digo que su amor me curó, me dio la tranquilidad que hace tiempo no lograba. Él sólo me mira con los ojos llenos de lágrimas: ¡es que me quiere tanto! Cuando lo tengo en frente sólo llora, antes nunca lo había visto hacerlo, por eso digo que ahora me quiere más y yo a él por haberme curado. Ya no vivimos juntos, porque duermo sola en esta habitación de espuma maravillosa, él dice que así lo decidimos los dos para estar mejor y yo le creo porque de hecho estamos mejor ahora. Siempre pensé que no soportaría más, le tenía miedo a todo y me ponía muy nerviosa estar enamorada de él. Fue una bendición que me tocara una pareja tan amorosa, por fin pude curarme.

22 nov 2005

2 de julio de 2006

Parpadeo

A la Mina

Aquellas sabanas me quedaron cortas, quise salir a conocer el resto del mundo, los otros animales decían que hay más tierras, que si corría hacía allá vería nuevos paisajes, nuevos animales y un horizonte que cuando te acercas se aleja más y más. Me gustaba la idea, me pareció un reto. Me gustaban los nuevos estímulos, es como tener el cerebro siempre funcionando y funcionando, alejado de la flojera y de las rutinas que tanto me aburren.
Tenía algo de sueño y pestañeé, de momento corría sobre el agua tan rápido, crucé el Atlántico y no me hundía, corría, lo increíble es que nunca me paré de correr, pude correr mucho y siempre a la misma velocidad, increíble, me dije increíble para una chita como yo. Llegué a las nuevas tierras era un sitio maravilloso, había abundancia de alimentos, de agua, todos los animales se la llevaban bien y vivían en armonía, aunque había depredadores muy peligrosos, así era todo muy natural. El espacio era amplio nadie tenía que vivir hacinado ni pelear con el otro por un poquito de tierra, había de todo para todos, un lugar apacible donde vivir, allí quise quedarme y me quedé.

Los años pasaron y yo seguía corriendo, aprendiendo de lo nuevo que veía, de las nuevas costumbres de los animales de esta tierra que luego me parecían tan familiares; pestañeé y empecé a cambiar la forma de mi cuerpo, me hice más pequeña, más delicada y menos salvaje. Por estos lados era más útil ser así. Mis grandes colmillos se cambiaron por unos más discretos, mi cara y mi cuerpo de chita se redujeron y con ese sólo pestañeo me convertí en una hermosa gata doméstica. Los terrenos nuevos eran más apacibles ahora, vivía en una casa grande, más bien en su jardín, me gustaba vivir así, ella venía y me ponía mi comida, a veces me daba unas croquetas de salmón y otros días una comida algo más húmeda y de extracto de res. Siempre tenía a dónde treparme porque hay árboles por todas partes, pero ya nadie me perseguía ni había otros depredadores que estuvieran dando lata a cada rato. Ese patio era una sabana grande sólo para mí, una sabana controlada, acá soñaba con mis largas carreras persiguiendo gacelas, pero desde la seguridad de mi caja de arena y de mi plato lleno de comida tres veces al día. Cero estrés, pues.

Anoche estaba sobre el buró y pestañeé, me fui inflando, inflando, era un globo enorme, sí una chita que se volvió gata que se volvió globo y de un hermoso color rojo. Me gustó ser llevada por el viento, hacía cosquillas, me llevaba y traía, un dulce paseo sin apuros, sólo la velocidad del viento y el destino que él había elegido para mí. Me paseó sobre Europa y le dije que allí se detuviera, casi instantáneamente frenó, si fuera un barco diría que me anclé en puerto seguro. Desde la tranquilidad de la brisa ligera con ninguna posibilidad de tormenta, divisé a mi hermano y a su familia, a mis amigos casi hermanos, a mis antiguos amores, todos estaban ahí haciendo sus vidas, seguían con sus vidas mientras yo los veía desde lo alto. Deseé visitarlos y pestañeé. Parada en sus puertas en mi versión humana veía como se mezclaban la sorpresa y la alegría, así en las caras de ellos, sólo viéndome en la puerta: parada y satisfecha. La gran familia, tener una gran familia es un serendipity, ¡el hallazgo más afortunado del mundo!

Luego de haberlos visto a todos, pestañeé, volví a ser globo y regresé al buró de mi dueña, lo único que había cambiado era mi posición, ahora sólo descansaba con las patas abiertas y hacia arriba, ella me hacía cosquillas en mi peluda panza, diciendo: ¡much, much, much, tan linda much!
Era bueno que mi vida corría a ritmos diferentes, de repente una quietud, luego un viaje muy pasional seguido de una quietud y así. ¿Quién se podría aburrir? Ya comí, hice mis necesidades y las tapé con la arena. Sacudí fuerte mis patas, no me gustan los granos de arena atascados entre los cojinetes. Corrí al árbol que daba a la azotea y debajo de la sombra me acosté a descansar, no sin antes corretearme un poco la cola y quedar exhausta.
Entre un pestañeo y otro, me vi frente a un gato...¡miau! un súper gato galán, siamés de ojos azules y pelambre grisáceo que me lamía tan divinamente. ¿Cuántos gatitos vamos a hacer? le dije. Me contestó con un sólo ¡miau!, pero qué ¡miau! tan sexy. Su pata se colocó sobre la mía y, en otro de mis pestañeos, ya éramos una pareja hermosa, dos hijos y una casa: humanos en una vida de humanos un tanto diferente. Éramos humanos integrados, necesito explicarte eso, a ver, a ver, ajá ya sé, cada uno estaba integrado al cuerpo del otro, también éramos parte de los cuerpos de nuestros hijos, éramos las paredes, los pisos y hasta los techos de la casa, metidos, inmersos, siendo parte de ella, de ellos, de todo. Eso era lo que yo siempre había llamado una integración duradera.

Pestañeé y sentí que su pata dejaba la mía, se la chupaba con tanto gusto, que me dio envidia y también me chupé toda. Al día siguiente mi dueña llegó con una caja de arena más grande, una camita para dos gatos y un nuevo plato de comida que decía Rufus. Con el tiempo descubrí que Rufus solía ser globo y volar, tenía el hábito de vivir como humano y sentir, frecuentaba aquella integración de casa, pareja y familia; pero lo sorprendente no es que hiciera todo eso, si no que deseara hacerlo conmigo. Eso nos hizo pestañear muy fuerte a los dos, pá que te decimos que no si sí.

13/09/05
J.E.T.M.

Sobrevivientes




A los viajeros

Traía mucho tiempo libre aquella vez, pero no tenía ganas de disfrutarlo. Había tanta gente, caminaban para allá y para acá –Puta estaba aturdida, la neta ¡me engenté! Estoy mejor ahora, me siento mejor, pero a veces me atrapa la nostalgia o no sé que chingadera y de repente ya estoy en algo oscuro de nuevo–.
Ese día entré a la librería para huir del desmadre. Las librerías siempre me han gustado, recuerdo que en mi casa cuando era niña, había libros por todas partes y mis padres siempre estaban leyendo. En aquella época me parecían aburridísimos, pero ahora me laten, me late ser una lectora compulsiva. Leer es una rutina que me gusta, hay rutinas que no son tan malas, más bien creo que hasta las necesito.
–¡Ah! por cierto, ese día me compré un libro de poesías con mis últimos ahorros, ¡guao! no sabes qué libro pá bueno. Eugenio Montejo escribe como los dioses–.
Subí a la cafetería a tomarme algo, yo sola con mi libro nuevecito, como la mayoría del tiempo: yo y mis libros. Es curioso parece que entre los libros y yo hay un mundo de cosas que decirnos, me complace que yo los escucho, quizás parezca de locos, pero así soy. No había quedado con nadie, estaba yo sola y mis reflexiones. Empecé a escribir a la par que leía, en la mesa junto a mí estaba una chica bien rara, leía también y de momento pensé –¡Somos igualitas!–.
El poema me gritó duro muy duro y volví mis ojos al libro: “Cuerpo lleno de barcos que se alejan no sabemos adónde. El temor al silencio que viene de las islas y al desamparo de los horizontes cuando ya no hay adiós sino naufragio”. ¡Vaya! respiré hondo, me faltaba como el aire, la miré y se voltio como si intuyera mi mirada. Clavó sus ojos en mí, espero un momento y luego me dijo –No hay problemas, así es esto–. Me quedé impresionada, qué querría decir. En fin, sólo me sonreí y ya; estaba yo otra vez con esa cara de quién entiende, la misma mía, sí esa, la que ya has visto.
Me puse a pensar en qué onda con el pasado, ¿sería qué naufragó, quedó por allí desvencijado, perdido, tirado por las orillas de mi vida? Lo que sí hubo fueron sobrevivientes, esa era yo: ¡una sobreviviente! Revisé el barco antes de alejarme, todavía había cosas oportunas. Me dispuse a descubrirlas, sí en su utilidad y, en un tono casi romántico, me enamoré del naufragio de mi vida después de las olas altas y de las encalladas.
Tenía el libro semiabierto con algunos de mis dedos en aquel poema, señalando la página. Un recordatorio del naufragio, esos eran mis dedos señalando el aquí pasó de forma marcada y a la vez difusa, se parecía a las imágenes de todo lo vivido. Sólo me llevé las cosas útiles, eso hice. Seguí con mis dedos dentro del libro, bajé y salí a la calle. Estaba en la parada del pesero, con mi libro aún marcado. Sentí que se acercó alguien y me tocó el hombro; ¡pinche susto! ya sabes que esta ciudad está peligrosa. Era ella, aquella chica, con su mirada de libro, viéndome de esa forma como ven los que han sobrevivido a un naufragio. Me reconocí en la intensidad de sus ojos. Sentí un impulso muy fuerte y solté la página del libro de forma instantánea: solté mi naufragio. La chica se alejó, pero me dejó el efecto oportuno de las mareas: lo cambiante y su misterio.

24/08/05
Imagen en contexto original

INSTRUCCIONES PARA EL EXCESO DE SUSPIROS












A José

Después del viernes me quedé con una sobredosis de suspiros- quisiera poder regalártelos dentro de una caja- sacarlos de mí para que los tengas tú - cuando quieras la abres los escuchas y sueñas que me tienes finalmente. Te pienso a cada rato y me la paso suspira y suspira yo solita- ya no sé puede vivir así- quizás me quede sin aire- por precaución es mejor que los empaque y te los mande rápidamente- revisarás tu buzón y mantendrás esa parte de mí cerca de tu risa de tu mirada- así se sentirán en buena compañía. Acá estoy en una parada de bus- sigo con mi exceso de suspiros- todos me miran porque salen de mi boca teñidos de rojo- dicen que nunca habían visto semejante reacción química y yo me pregunto si me vieran cuando te beso y me pongo con piel roja- alma roja- corazón rojo- pelo rojo- eso sí que los impresionaría.
Acabo de mandarte el envío- más veloz que yo nadie- espero que lo abras- tal vez se escuche el estruendo de mis suspiros hasta Caracas o tal vez desencadene en ti algo maravilloso y te pase lo mismo- aquello del exceso de suspiros- si es así agarra una caja empácalos y me los mandas rápidamente. Revisaré mi buzón y mantendré esa parte de ti cerca de mi risa de mi mirada- colocaré tus suspiros en mi boca y cuando vuelva a suspirar demasiado y sienta la acostumbrada sobredosis de los ahora mis suspiros antes tuyos espero que ya no hayan más cajas en esta ciudad ni más envíos y que podamos suspirar uno frente al otro- así cuando se consigan nuestros suspiros finalmente sabrán que ya se buscaban desde antes tú y yo felices y nuestros suspiros felices que más podemos pedir. Reflexión profunda del cinco de diciembre del año en curso lo que es igual al dos mil cinco el mismísimo día en que por suspirar en exceso olvidé mi identificación y los signos de puntuación adecuados y tú por lo mismo te perdiste en tu propia colonia.
Te adoro- suspiro- y te adoro- y suspiro otra vez- vaya cosa sobrenatural esta suspiradera.

5.12.2005
Pintura de nombre "Suspiro", Jennifer Balkan
www.jenniferbalkan.net


LA TRADICIÓN


Isabel acababa de llegar a la casa de María cuando la observó corriendo hacia el patio trasero. Alcanzó a distinguir que una de sus mejillas estaba roja y malherida. Allí se quedó parada frente a José que yacía como si nada frente a su mesa de carpintería. Isabel llamó la atención de José diciéndole con voz suave y como si ya conociera del tema:
–No seas malito, cuando le pegues a María, pégale una cachetada en una mejilla y luego pégale una más fuerte en la otra mejilla. Así cuando todo haya pasado, yo podré decirle algo que la consuele.
–¿Qué le dirás? –preguntó José entre molesto y curioso.
Isabel hizo una pausa y añadió con tono compasivo:
–Le diré... Manita, ¡qué buena onda que no somos ateas, si no...!

9 de junio del 2005


CASA PROPIA


Estaba metida en un frasco blanquecino con base cuadrada que subía hasta un cuello estrecho rematado en unos rebordes circulares, gruesos y fríos. La seguridad me aliviaba, pero se volvía un tanto limitante. Trataba de explicar las situaciones de mi vida desde una perspectiva conservadora que me negaba a mi misma. Pasado unos meses la botella se volvió dócil tirando a un color inestable de momentos azulado, era una masa de vidrio caliente que se deja modelar sin anticipar ninguna forma futura. La incertidumbre había aniquilado el antiguo espejismo de protección porque se tornó incompetente. El calor se mantuvo por mucho tiempo y necesitaba urgente una habitación con figura definida. Te encontré y nació la expectativa. Me viste y pensaste que esa forma alterable era un gran defecto, que no podrías poner nombre a aquello que disfrutas, que no sabías que me definía y seguiste de largo, no te detuviste, no te detuve. Deseaba tanto que alguien pudiera detener los cambios, paralizarlos, darme tranquilidad. No tenía más remedio que contemplarme mientras el tiempo pasaba, cada vez me divertía más al verme reflejada en esas paredes tan versátiles y dejé de sentir miedo porque mi casa no tenía forma. La botella comenzó a endurecerse sin que me diera cuenta, la habitación agarró una forma abombada con boca abierta y lucía un tono rojizo. Ahora resido en un magnífico frutero y me siento satisfecha, de vez en cuando me colman la casa de olores y texturas diferentes y entonces brinco de agrado, pero debo confesar que mi mayor felicidad se dará en la próxima temporada de mangos.

28/04/05


FLORECEN LAS PRIMAVERAS




A Francisco Belaunzarán Zamudio





UN PISTILO DE MI ALMA
LE DIO CABIDA
A TU POLEN



8/02/2000

30 de junio de 2006

EL JARDIN ENCANTADO


A Alberto Campuzano, mi compadre


Érase una vez un castillo hermoso donde vivían felices una pareja de enamorados. En los parajes llenos de verde que rodeaban al castillo había un pequeño jardín, cercado por un muro que tenía una puerta de madera. En el centro del jardín había una estructura que sostenía un columpio donde la dueña solía mecerse rodeada de flores dejándose encantar. Un día, ella resbaló del columpio y murió. Su esposo no pudo soportar su pérdida, clausuró el jardín y nunca más quiso que se abriera, trataba de olvidarlo. Su pena conjuró un hechizo provocando que el jardín se mantuviera como muerto al igual que él. Sus plantas pasaron años esperando una primavera que nunca llegaba y así transcurrieron las demás estaciones mientras los tallos se resistían por dentro. La sobrina del desdichado viudo llegó al castillo porque su madre la había abandonado, ella también estaba triste y su tío se ausentaba mucho, solamente regresaba al castillo cada invierno. La niña descubrió la llave de la puerta que daba al jardín clausurado, decidió que sería su secreto y lo cuidó con amor, sembró nuevas flores y puso todas sus esperanzas en la llegada de la siguiente primavera. El cielo comenzó a verter lluvias finalmente y las plantas del jardín volvieron a reverdecer llenándose de flores. Ella estaba a punto de dormir y deseó con todo su corazón que su tío regresara pronunciando las palabras mágicas– ¡Jardín encantado, tráelo de vuelta! El tío dormía en su otra residencia lejos de la niña y en sueños vio a su amada esposa sentada en el columpio mientras le decía– ¡Amor, estoy aquí en el jardín con la niña! Se levantó alterado, saltó de la cama y decidió volver de inmediato al castillo. La niña estaba sentada en el columpio, se mecía con fuerzas y reía. Su tío arribó al castillo en su carruaje y con gran curiosidad corrió hacia el jardín y entró, al ver lo que la niña había hecho, se enterneció. Ella había conseguido que el jardín volviera a sonreír, logró neutralizar el hechizo sin quitarle su encantamiento. Su tío corrió hacia ella y la abrazó, se abrazaron. El castillo recuperó las antiguas monotonías de la verdadera dicha y su amo adoptó a la niña. A partir de ese momento, el jardín encantado floreció cada primavera fruto de la magia que sólo posee el amor definitivo. Ya había olvidado cuando estuvo hechizado y sus flores bromeaban cantando Colorín Colorado, este cuento se ha acabado.


29 de mayo del 2005


LA CURA


Quería zafarse de todos sus males, pero sus órganos le cobraban facturas que lo podrían por dentro. Recordaba su pasado como se ve el álbum de fotos de un extraño. Ya no podía saber si su vida era suya o le pertenecía a ese frío juego de frascos sobre el buró. Las inútiles horas sobrevenían con apatía desde que su vida desentonaba entre una dosis y la siguiente. La enfermedad era su único problema, recapacitaba, sin ella sería nuevamente un hombre feliz. Todo cuanto le interesaba de su vida, había pasado a segundo plano y ahora sólo le urgía curarse. Cada uno de sus intentos parecían no moverle, es como cuando el otoño se detiene y las hojas ya no caen. La desesperación vivía a su lado, era lo único que no lo había abandonado hasta ahora. Su casa tenía un ambiente triste, su mujer se había ido, su perro se salió un buen día y no hizo nada por encontrarlo, las plantas en el jardín agonizaban igual que él. Arruga la cara con horror y lo invade el pánico. Mientras piensa en su enfermedad, sus brazos comienzan a transfigurarse, ya no los siente, se mueven hacia dentro, como un calcetín que muestra la otra cara. Alterado corre hacia el espejo quien no le reconoce, sale de su cuarto y con sus manos viradas trata de tocar su rostro. Su cuerpo se retuerce de dolor y él casi desmayado, consigue regresar al buró y quiere beber todos sus frascos. Se mortifica antes de conseguirlo y pierde la noción del tiempo, se precipita en una caída estrepitosa. Se despierta aturdido, no sabe cuanto tiempo ha pasado así, su cuerpo parece transformado, se siente mejor. Corre de nuevo al espejo, ahora con más fuerzas y ve su cara en el reflejo, era como un otro y entretanto era él. Interroga cada parte de su cara, busca la verdad, sólo consigue saberse el mismo hombre, pero sin sufrimientos. Sale a la calle y tira la puerta, decidido a hermanarse con el mundo, llega a la esquina y trata de alejar los pensamientos de siempre de su mente. Las ideas como en estampida, regresan y regresan. Ahora sabe que se ha curado y camina como cualquier hombre sobre la banqueta. Disfruta su paseo, su sonrisa alumbra su cara y la avenida. Siente que la vida le ha regalado una oportunidad de sentirse saludable, mueve sus brazos, brinca y corre, luego vuelve a brincar y no se cansa. Su nueva vida le abre muchas puertas y quiere saber cual decidirá tomar, finalmente la elección siempre conduce a una renuncia. Los castigos se han ido y la culpa retrocede frente a esta sensación alegre que ya casi había olvidado. Retorna gozoso a casa y de tanto pensar en su nuevo cuerpo, se agota un poco y se duerme. Amanece como si nada, como si este evento fuera automático y no hubiera que ordenárselo a nadie. ¿Qué hacer con todo el tiempo por delante, es como miles de páginas sin escritura, esperando la tinta ansiosamente? - se interroga insistente antes de mover sus pies fuera de la cama. Esta sensación de historia a punto de comenzar le produce agotamiento y se mete en él. Comienza a incomodarse de estar abatido y del lienzo en blanco que es su vida. La casa sigue igual, nadie ha regresado y sigue solo. Ahora ya no le duele el cuerpo, le duelen los espacios vacantes y las cosas regadas por la habitación, las cosas de siempre, sus cosas. El otro lado de la cama lo mira con ojos iracundos, como quien reclama ser invisible. Se enreda en las sábanas que no lo dejan huir. Se exaspera y la respiración le golpea en el pecho. Desespera y su cuerpo le responde. Corre por toda la casa advirtiendo una amenaza recurrente y trata de evadir el espejo que lo investiga de lejos. Mientras, sus brazos se encorvan.

28/02/05


EL POZO



A mi familia de México: mis amigos
A Javier Castellanos


Estaba dentro de un pozo oscuro en un país ajeno, tenía paredes babosas y muy erguidas. Al principio pensé que era la única criatura que habitaba ese pozo, pero poco a poco fui familiarizándome con sus moradores. Había animales de muchos sitios, unos venían de muy lejos, otros de cerca y algunos habían nacido allí. Yo quería saber que pasaba con su situación metidos en ese pozo, porque yo no estaba muy feliz y me sentía atrapada. Comencé a conocerlos y realizar una pequeña encuesta de opiniones, que de antemano sabía que resultaría incómoda para ellos. Lo sabía porque a nadie le gusta el exilio.

Al primero que conocí fue al cara de niño, era un ser diminuto y oriundo del lugar, pero tenía un problema, producía fobias en los otros. En su vida anterior fuera del pozo, vivía con miedo porque no quería decepcionar a los demás, por fuera aparentaba una gran seguridad disfrazada de intelecto, pero por dentro los miedos lo paralizaban. Estaba contrariado porque quería ser un bicho lúcido, pero la gente lo tomaba por irresponsable, impuntual y algo apático. Su vida transcurrió así mucho tiempo, hasta que sintió que no podía remediar lo que le pasaba y que lo mejor que podía hacer era ausentarse y vivir en el exilio, en el pozo. Todos los que llegan a ese pozo se creen solos como yo, poco a poco se reconocen acompañados en sus circunstancias y hasta escuchan chismes de otros animales que han podido salir, eso los anima. Eso sí, hay compañías que inspiran y otras que derrotan.

Mi segunda entrevistada fue una mariposa que insólitamente vivía en su tercera crisálida dentro del pozo, a todos le gustaba su compañía porque retozaba, jugaba y hacía reír, pero luego de un rato se ponía demandante y egoísta, quería la atención de todos y sentía una necesidad casi humana de cuidados, en fin no había asumido que ya podía volar, ¿cuántas crisálidas le harían falta a la pobre para entenderlo? Yo estuve muchos años unida con un cordón a su crisálida y como ella precisaba cuidados y yo necesitaba darlos, permanecimos unidas por mucho tiempo. Ya no estamos unidas, se mudó a otro lado del pozo y no la extraño, la verdad.

El tercer entrevistado fue el buen camaleón, creativo y nervioso, era de estos reptiles que o los amas o los odias. Usaba su carisma y su mimetismo para agradar a la gente, le gustaba ser gustado, pero se sentía frágil y se metía en muchos aprietos, siempre contaba sus penurias, quizás para ser oído o quizás para espantar su inestabilidad.

También había una saltamontes que me impresionaba entraba y salía a rebotes del gran hoyo, a veces nos acompañaba un rato, vivía allí por unos días, pero siempre lograba salir, decía que tenía afuera motivaciones muy fuertes y lo creo. Un buen día, ya no regresó más, era vivaracha y ocurrente, me gustaba su compañía y la recuerdo con cariño.

Ella me recuerda la quinta audiencia, fue con la mantis religiosa, ser curioso de patas largas, de aspecto frágil e ingenuo. Siempre con una actitud desvalida acompañada de una gran sonrisa. Vivía en el pozo, pero algo en ella la hacía pensar que estaba afuera, nunca entendí, lo único que sé es que sigue ahí y aún sonríe. Su sonrisa es amenazante para mí, me recuerda que se puede nadar en las orillas y en la superficie sin conocer las profundidades, algo que hice muy bien en mi tierra natal.

Un mosquito siempre estaba girando en el aire, parecía mareado, esperé que se estacionara cerca de mí, para interrogarlo. Me decía que ya no quería vivir en el pozo, pero no sabía como salir, extrañaba la buena sangre y tenía tiempo conformándose con la sangre de una chinche que sabía muy mal. Lo animé a volar hacia la luz, porque en lo más alto del pozo siempre veíamos amanecer y atardecer.

Me enteré que el viejo cigarrón se fue del pozo porque se cansó de estar en el exilio, dicen que se devolvió a su granja y que está muy feliz.

Así pasé de entrevista en entrevista, de cara en cara, trataba de no ver a las cucarachas y a las moscas, a ellas no quería interrogarlas, pero estaban ahí siempre criticando y ruidosas.

Al fondo del pozo, pero no por eso menos importante, estaba un gran coco, era un ser que estaba y no estaba, era como un fantasma de coco, sufría mucho y por eso tenía una cara larga y seria. Creo que estaba y no estaba porque yo a veces lo podía ver y a veces no. Quizás a todos los demás bichos les pasaba lo mismo, pero nunca les pregunté si lo veían. Antes de llegar al pozo lo vi muchas veces y trataba de alejarme, estaba abrazado a una ranita roja, creo que ella ahora no está porque logró zafarse y ahora juguetea en una selva verde muy verde.

A medida que avanzaba en mis entrevistas me quedó muy claro que del territorio de origen no depende el lugar donde se decide habitar, finalmente en el pozo convivían diferentes gentilicios y conflictos.

Quería comunicarme con el buen cigarrón o con la saltamontes alegre y decirles que hicieron para poder salir de aquí. Grité para ver si me escuchaban, pero parecía que no me oían. Decidí que si yo era una araña patona podía tejer una fuerte tela que me sirviera de trampolín, así lo hice, luego de mucho pensarlo, lo confieso, ¿quién me asegura que no caería en otro hoyo? Sentía tristeza porque dejaría en el pozo a muchos habitantes, incluso al cara de niño, a quien nunca le tuve fobia. Recuerdo que corrí a decirle que no me daba miedo y que si quería saltar conmigo tendría que ayudarme con mi trampolín, hace tiempo no tejía nada y se me había olvidado. Él venció su desconfianza y quiso que nos ayudáramos. La verdad entre dos es más sencillo, nos tardamos dos días, y quedó tan bien, para qué describirlo, sólo puedo decirles que saltamos duro y que no caíamos en ningún otro pozo, ahora somos seres libres. Yo me dedicó a tejer lindas telarañas y a disfrutarlo y el cara de niño vive en un jardín hermoso y ha logrado ser un bicho más seguro, trabajador y sonriente, justo lo que quería.

Como dicen: “uno es más feliz mientras más se parece a lo que quiere de sí mismo”.

3/02/05
Imagen en contexto original

EL JUICIO FINAL



Al entrar en casa, veía donde estaba cada cosa con ojos de estratega, registraba en mi memoria las diferentes posiciones de los objetos; luego miraba hacia adentro de mi cuerpo y verificaba, con el mismo frenesí, donde se ubicaba cada situación acontecida. Me sentía como mi propio oficial en jefe, revisaba las coordenadas del enemigo, tenía mi dedo sobre el botón y me preparaba a lanzar mi creación mortal, una bomba súper justificada que podría destruirlo todo, si yo quería. Siempre me detenía un minuto antes de apretarlo, descansaba mi dedo índice al lado del botón y allí siempre lo dejaba, como aguardando que las relaciones bilaterales se rompieran y lograra apretarlo primero que el enemigo. Soñaba con ese momento, la voz del enemigo destruido estallaba en mi cabeza diciendo: ¡me venciste! Ese procedimiento cotidiano me daba confianza, le otorgaba un matiz digno de alabanza a ese mundo traicionero donde había decidido residir.

Con el paso del tiempo, la casa donde habitaba se fue ampliando y para no sentir que se me escapaba de las manos, apliqué la misma maniobra de siempre, orden y control; en fin, reglas muy rígidas, el único mecanismo que “mete en cintura” a la gente, a la vida... al enemigo. Acaparé y ordené una pila de amigos, parejas, trabajos, proyectos, todo y cada uno de los aspectos y personas descansaban de manera prescrita sobre mi escritorio, muy bien señaladas y en espera de una nueva revisión. Cada pila representaba un ámbito dictaminado con mucha sutileza, nunca me permitía mezclar asuntos, todo ese orden tenía una razón específica evitar que las tareas ejecutadas o por formalizar se alocaran y pudieran volverse peligrosas, arrogantes e irrealizables. El orden sacaba de mi mente la idea del fracaso, la mantenía distante, ajena, así podía contemplar de lejos algo que nunca me pasaría: un desastre natural de consecuencias devastadoras para el alma. Había vivido hace mucho un gran cataclismo, las fuerzas de la madre tierra se habían ensañado contra mí y de manera irremediable habían dejado mi espíritu lleno de gritos, dolores, gente desaparecida, niños llorosos y muchos escombros.

Sin lugar a dudas, la aprensión es materia superior, así dicen en estos tiempos, todo es mejor si se previene, bien hacen mostrando por los periódicos que “guerra avisada no mata soldados”. Cuando tenía muchas cosas que resolver, le dedicaba un tiempo específico a cada pila, hoy me toca platicar con tal amigo y al minuto posterior lo llamaba; al día siguiente, veía la pila contigua a la anterior, hoy voy con ésta, me decía, veía que se trataba de una tarea de la universidad y la hacía. Mi actividad alrededor de las referidas pilas tenía una cadencia, un ritmo premeditado muy cautivador. Su manipulación me inducía una gran fascinación, porque al vivir en un presente controlado podía asegurarme a mí misma que el futuro arribaría sin ninguna máscara.


Durante años, las horas pasaron con un control extraordinario maniobrado por mí y sólo por mí, hasta que apareció el amor. El primer amor llegó sin aviso, apretaba duro mi dedo índice y, con ese gesto que no guardaba secretos, cautivó cada centímetro de mi piel haciéndome sentir un poco desorientada, ¡vaya qué plan! me dije. Todo parecía diferente y de momento habitaba en una casa tomada, los objetos anteriormente ordenados, emprendieron una resistencia desreglamentándose de una manera casi escandalosa, mientras gritaban alocados ¡chin pún! ¡chin pún! Yo no supe ni qué pensar al principio, quería que todo se quedara como estaba, pero despacito, despacito, el desbarajuste tomó visos amorosos y hasta me empezó a gustar. Algo aterrorizada confieso, solventé la desorganización arremetiendo contra aquellas pilas ordenadas sobre el escritorio, me dispuse a mantenerlas cautivas en el despacho, las dejé encerradas y a salvo de los nuevos contratiempos que trajo aquel amor.

Los años siguieron llegando y mi existencia se mantuvo escindida, la casa y el despacho, el despacho y la casa, nunca, nunca, la casa-despecho. Un buen día, me harté de ver la puerta del despacho que mantenía la risa de un lado y la tristeza del otro, como si esas emociones fueran expresiones de dos rostros ajenos a mi persona. Renuncié, deserté en medio de aquella batalla de bandos contrarios y me fui a buscar una casa nueva y otra vida, no sin antes asegurarme de que aquel amor se mantendría innegable, distante pero innegable. Ese amor me regocijó a la distancia porque ya no podía controlarlo.

Cuando por fin encontré otra casa que ordenar y ya había colocado mi fabuloso botoncito detonante, apareció el segundo y último amor; ¡uy! ni me dio tiempo de descanso. Se repitió el mismo mecanismo: aparición repentina, advertencia de ataque y estrategia defensiva. Esta vez sucedieron algunas maniobras diferentes; luego de la despedida no subsistió ningún sentimiento afectuoso, debido a un precedente que fue muy determinante: ¡el segundo amor sí tenía secretos! De manera vertiginosa, se convirtió en un enemigo íntimo y mi defensa se incrementó; comencé a arreglarlo todo de manera más obsesiva y era capaz de percibir hasta el mínimo cambio en las coordenadas cotidianas de los objetos y las emociones. Era tan asertiva al señalarle cada desacato a las reglas, siempre conseguía que se cumplieran y las cosas no se salieran del riel.

Poco a poco, el segundo amor emprendió la retirada y se metió en una pequeña trinchera dentro de mi casa, estaba blindado hasta los dientes. Entendí con el tiempo que nunca atacaría ni saldría de allí; mi táctica de guerra estaba bien instituida y finalmente yo iba ganando... La trinchera empezó a desdibujarse dentro de mi casa y la verdad ni supe dónde quedó. Me confié. Un día fatal, cuando estaba casi a punto de entrar en el baño, divisé un objeto extraño, rojo y brillante sobre mi escritorio, sí mi escritorio...entré en cólera porque había bajado la guardia y, justo en mis narices, se estaba llevando a cabo una sublevación. Me agazapé en el baño, pensé en la manera de salir victoriosa de tal situación. Hice recuento de mis armas y me di cuenta que en el baño no había ni una solita arma escondida, craso error. Arrebatada por la ira, descubrí que tenía mi boca y mi lengua, las palabras mortales podían abrirse paso entre mis dientes y convertirse en armas blancas. Me alegré y planeé a puerta cerrada todo lo que diría. Al otro lado de la maciza puerta, estaba el segundo amor, insurrecto, independiente y amenazante, hasta podía imaginarme su pérfida risita. Transcurrió un instante así, tenso, como sin circulación de aire. Creo que hasta se detuvo mi respiración y de pronto, ¡pin poj! me cayó la puerta encima sin ninguna ordenanza preestablecida, sólo apachurró el baño entero y me desnucó.

El segundo amor se emancipó, rompió las cadenas que lo ataban dentro de aquella trinchera, decidió pelear por su libertad y se adueñó de toda mi casa, ahora su casa. Yo llegué a mi nuevo hogar, acá nada del entorno es “organizable”. No puedes tocar las cosas porque te queman, las normas vienen de “Abajo” y no puedes dejar de cumplirlas, porque si lo haces, te castigan horrendamente. Cuando habitas en este lugar sólo tienes tu cuerpo, porque el alma ya no te pertenece. Yo siempre aborrecí las caras desorganizadas y con partes faltantes, me parecían feas, eso lo conocía de antemano el miserable viejo que me trajo acá cuando me mató el amor.

Ya lo sabrán ustedes, pero igual les explico: ¡más sabe el Diablo por viejo que por Diablo! El maldito, me amenazó con chamuscarme las pestañas si no seguía sus políticas internas, así que dadas las intimidaciones no discutí, no peleé por un espacio para mis confiables pilas ni para mi escritorio. Me he portado como el Diablo exige, soy una triunfadora y mi cara, al menos, seguirá siendo ordenadamente mía por los siglos de los siglos, Amén.

20 de junio del 2005